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Economía y Finanzas

¿Cuánto nos costará la IA cuando ya no podamos trabajar sin ella?

📅 🕐 hace 4 min🔗 Fuente: eleconomista.es🕑 7 min de lectura
¿Cuánto nos costará la IA cuando ya no podamos trabajar sin ella?
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¿Cuánto estaremos dispuestos a pagar cuando la Inteligencia Artificial nos tenga enganchados? La respuesta es muy fácil: todo lo que nos pidan, cueste lo que cueste. No hace falta consultarlo a ChatGPT. Más pronto que tarde, el Primer Mundo considerará la IA un recurso de primera necesidad, como el agua, la luz o Internet. Posiblemente media humanidad mostrará síntomas de adicción ante la mayor revolución tecnológica del siglo. El cautiverio será compartido por empresas y particulares, de todos los sectores de actividad y escalafones profesionales. Semejante panorama podría formar parte de un hipotético escenario distópico o, en el peor de los casos, amenaza con afectar a millones de personas y organizaciones. ¿A cuánto ascenderá el coste? ¿Quién decidirá las tarifas? ¿El precio estará sujeto a las reglas del libre mercado o, por el contrario, dependerá del arbitrio de cuatro grandes proveedores? La respuesta a todo lo anterior se resume en una frase: pagaremos mucho, todo lo que decida el puñado de jugadores que domina la industria en régimen de oligopolio. Y el crecimiento del coste será tanto como la prisa que tengan los dueños del cotarro por rentabilizar las salvajes inversiones comprometidas.

Para mayor dolor sistémico, las empresas y particulares no podrán cambiarse de proveedor de IA -como pueden hacerlo con sus compañías energéticas o de telecomunicaciones-, ya que, cuando se planteen hacerlo, encontrarán que han confiado a un único jugador todos sus documentos, procesos, contraseñas, datos personales e historial online, desde lo más insignificante hasta lo más sensible y profundo. Así será. Un negocio global, huérfano de competencia y polarizado entre EE. UU. y China, con Europa pretendiendo regular algo que ni produce, ni diseña ni desarrolla. Malos tiempos para los que confíen en la bondad de estos monstruos.

Las empresas han probado el pastel y podrían ofrecer síntomas de dependencia. Quien más y quien menos se ha acostumbrado en pocos meses a funciones tan elementales para la IA como traducir textos, corregir la ortografía o transcribir audios. También a hacer resúmenes de reuniones o a encontrar palabras para ese folio en blanco cuyo terror hace tiempo que ha desaparecido gracias a la magia del algoritmo. Y lo mismo sucede con quienes se dedican a programar, generar contenidos o diseñar creaciones. Lo sintético convive con lo artesano sin que existan fronteras entre ambos.

Ese becario tan bien mandado que se llama agente de IA ha demostrado su capacidad, velocidad y eficacia para realizar miles de tareas, perfectamente patronizables. Y las ocupaciones que resulten más difíciles de encasillar, poco a poco pasarán por el arco de la IA gracias a la capacidad de la propia arquitectura cognitiva de aprender el comportamiento de las personas. Y cuando la máquina aprenda al dedillo cada uno de los movimientos de las personas frente a una pantalla, el humano será perfectamente prescindible. Si eso ocurre, adiós a las nóminas, las cotizaciones sociales, la pausa para el café de media mañana o las bajas por enfermedad. También a las vacaciones estivales, al descanso dominical o al receso una vez superadas las 40 horas semanales. Estos agentes seguirán trabajando con la luz apagada las 24 horas del día, sin muestras de cansancio o desconcentración.

Ahora el agente de IA se ha sentado virtualmente frente a la pantalla, ha memorizado las interacciones habituales de las personas con apariencia inofensiva y ha aprendido a ejecutar sin necesidad de preguntar. Cuando llegue el momento, ese compañero silente de oficina podría ocupar el espacio donde antes existía una silla. Ese mobiliario de oficina podría llegar a extinguirse, como ocurre en las empresas sin empleados. Las sociedades unipersonales (solopreneurs) comienzan a operar como empresas tradicionales gracias a la automatización y al trabajo de los agentes de IA y plataformas SaaS, sin contratar personal fijo.

Tan desolador futuro acecha a los empleados de cuello blanco, es decir, a las personas que pasan la jornada de trabajo con las manos sobre un teclado y la mirada clavada en una pantalla. Pero el siguiente movimiento de los dueños de los algoritmos consistirá en replicar el modelo de los oficinistas con los trabajadores de mono azul, los operarios.

Y ahora llega el momento de la IA física

Se conoce como la IA física, es decir, la nueva generación de robots dotados de inteligencia artificial generativa y capacidades agénticas. Basta con encargar una tarea y ponerse a un lado para ver cómo obedece a pies juntillas. Donde antes había media docena de humanos, ahora habrá otro tanto de bípedos con microchips y engranajes en lugar de cerebro y músculos.

El mejor ejemplo lo protagoniza Hyundai, automovilística que el pasado junio adquirió la totalidad de Boston Dynamics, referente global en robótica, con el evidente objetivo de sustituir a los empleados de las fábricas en las cadenas de montaje. Y esos mismos robots fabricarán otros robots con inquietante economía de recursos una vez que los costes laborales se limiten a los gastos de mantenimiento. Si acaso, habrá algún empleado de carne y hueso para pastorear a estos abnegados trabajadores de aluminio. La empresa china de robótica Unitree se proyecta como uno de los ejemplos más nítidos de robots que producen placas solares y coches eléctricos como churros.

Los que conocen el embrujo de encontrar respuesta a todo lo que se pregunta y de ejecutar todos los encargos pueden llenarse de razones para pasar por el aro tarifario de la IA. Y por mucho que suban los tokens, las cuentas siempre irán saliendo. Este mismo periódico ya informó días atrás de que los agentes resultan actualmente 300 veces más económicos que las personas. «El coste medio de un trabajador para su empresa ronda los 25 euros a la hora, entre salarios, cotizaciones y demás. En ese espacio de tiempo, una persona podría responder alrededor de una veintena de emails complejos, igual que un agente en pocos segundos con un coste de 40.000 tokens. Esos recursos, a razón de 0,002 euros por cada mil tokens, la referida hora sintética cuesta ocho céntimos de euro. Lo dicho, unas 300 veces menos.»

La ausencia de gobernanza de la IA, pese al vano interés de los gobiernos por meter la tecnología en vereda, dejará los planes de precios de los LLM (modelos grandes de lenguaje) en manos de cuatro jugadores, en una oligarquía capaz de influir en los sistemas de producción del planeta. Parece ingenuo que los supervisores nacionales de los mercados puedan imponer sanciones a los dueños supranacionales de los LLMs, acostumbrados a concertar tarifas, si acaso condicionadas a los sistemas de medición de rendimiento frente a sus iguales (benchmark).

Cómo estimar los costes de la IA

Esta incertidumbre en el futuro precio de los tokens ha activado la señal de alarma en las empresas tentadas a sustituir empleados por agentes de IA. ¿Y si pasado mañana se encarece extraordinariamente el precio de los tokens y ya he reducido las plantillas a su mínima expresión? Los planes de negocio, con sus hojas de cálculo construidas sobre gastos previsibles, saltarán por los aires con cada incremento caprichoso del coste de los tokens, unidad de facturación basada en los pequeños trozos de palabras, de tres o cuatro letras, que habitan bajo el capó de todos los generadores de IA. ¿Cómo resistirse a pagar por una tecnología que ha demostrado su fortaleza, eficacia, productividad y eficiencia de costes sin parangón? Los gigantes de los modelos de IA dirán que esto es lo que hay. De forma castiza se resume con el consabido chantaje de «estas son lentejas, las tomas o las dejas».

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Fuente de TenemosNoticias.com: www.eleconomista.es

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