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Ciencia

Karl Landsteiner, el hombre que descifró la sangre

📅 🕐 hace 4 min🔗 Fuente: TenemosNoticias.com🕑 6 min de lectura
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Estamos a finales del siglo XIX. Un paciente sufre una hemorragia masiva y los médicos, en un intento desesperado por salvarlo, deciden transferirle sangre de un donante sano. En ocasiones, el paciente se recuperaba de forma milagrosa; en muchas otras, sufría dolores espantosos, orinaba de color negro y moría en cuestión de horas. La transfusión sanguínea era una ruleta rusa médica, un misterio indescifrable que costaba miles de vidas.

Todo cambió gracias a la obsesión de un médico y patólogo austríaco: Karl Landsteiner. Al introducir el rigor de la química en el campo de la medicina forense y la inmunología, Landsteiner no solo resolvió el enigma de por qué la sangre mezclada a veces se destruía, sino que sentó las bases de la medicina transfusional moderna, un avance que ha salvado millones de vidas.

De las aulas de Viena a la revolución de la serología

Karl Landsteiner nació en Baden, cerca de Viena, el 14 de junio de 1868. Hijo de un reconocido periodista y doctor en derecho, el joven Karl se inclinó tempranamente por las ciencias naturales. Se graduó en medicina por la Universidad de Viena en 1891, pero su enfoque difería del de los médicos de su época: estaba convencido de que los secretos de la patología y la anatomía humana debían buscarse a través de la química.

Para perfeccionar sus conocimientos, pasó los años siguientes estudiando bioquímica en Zúrich, Wurzburgo y Múnich bajo la tutela de algunas de las mentes más brillantes de Europa. Al regresar a Viena, se incorporó como asistente al Instituto de Higiene, dirigido por Max von Gruber, donde comenzó a obsesionarse con los mecanismos de la inmunidad y la naturaleza de los anticuerpos.

(Foto: Wikimedia Commons)

1901: El año que redefinió la medicina moderna

A finales de 1900, mientras trabajaba en el departamento de anatomía patológica de la Universidad de Viena, Landsteiner observó un fenómeno peculiar. Cuando mezclaba el suero sanguíneo de un individuo con los glóbulos rojos de otro, en ocasiones las células se agrupaban formando grumos visibles. Este proceso, conocido como aglutinación, había sido descartado por otros investigadores como una simple reacción patológica, un error del organismo enfermo.

Sin embargo, la genialidad de Landsteiner radicó en pensar de manera diferente. ¿Y si la aglutinación no era una enfermedad, sino una manifestación de las diferencias químicas normales entre individuos sanos?

Para comprobarlo, extrajo muestras de sangre de sus colaboradores de laboratorio —e incluso la suya propia— y separó meticulosamente los glóbulos rojos del suero. Al realizar combinaciones cruzadas entre todas las muestras, descubrió un patrón predecible. En 1901, publicó sus hallazgos en la revista Wiener Klinische Wochenschrift, donde propuso que la humanidad podía dividirse en tres grupos sanguíneos basándose en la presencia de antígenos específicos en la superficie de los glóbulos rojos. Él los llamó originalmente A, B y C (este último rebautizado más tarde como O, del alemán ohne, que significa «sin», o considerado como un cero). Poco después, sus colaboradores Alfred von Decastello y Adriano Sturli identificarían el cuarto y más raro de los grupos: el AB.

Este descubrimiento revolucionario reveló que la incompatibilidad sanguínea no era una lotería, sino una reacción inmunológica. Si un paciente del grupo A recibía sangre del grupo B, los anticuerpos de su suero atacaban los glóbulos rojos del donante, provocando la temida aglutinación y la posterior destrucción celular (hemólisis). Las transfusiones pasaron, de la noche a la mañana, de ser un peligro mortal a convertirse en un procedimiento rutinario y seguro.

Más allá de los grupos sanguíneos: el virus de la polio y los haptenos

El impacto de Landsteiner en la historia de la ciencia es tan vasto que su descubrimiento de los grupos ABO —por el que recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1930— a menudo eclipsa otros logros extraordinarios de su carrera.

En 1908, en colaboración con el médico Erwin Popper, Landsteiner logró un avance crítico en la lucha contra una de las peores plagas del siglo XX: la poliomielitis. Al demostrar que la enfermedad podía transmitirse a primates mediante el filtrado de material de la médula espinal de niños infectados, demostró que la polio no era causada por una bacteria, sino por un virus invisible para los microscopios de la época. Este hallazgo sentó los cimientos para el desarrollo de la vacuna décadas más tarde.

Asimismo, acuñó el concepto de haptanos: moléculas pequeñas que, por sí solas, no provocan una respuesta inmune, pero que al unirse a una proteína transportadora se vuelven antigénicas. Este descubrimiento revolucionó la química inmunológica, permitiendo comprender cómo el cuerpo humano reacciona a los fármacos y a las alergias químicas.

El exilio en Nueva York y el factor Rh

Tras las devastadoras consecuencias económicas y sociales de la Primera Guerra Mundial en Austria, Landsteiner se vio obligado a buscar mejores condiciones para su investigación. Tras un breve paso por los Países Bajos, aceptó en 1922 una invitación para unirse al prestigioso Instituto Rockefeller para la Investigación Médica en Nueva York.

Fue allí donde, ya en la etapa final de su vida y en colaboración con Alexander Wiener, realizó su segundo gran aporte a la hematología: el descubrimiento del factor Rhesus (Rh) en 1940. Al identificar este nuevo antígeno (llamado así por los macacos Rhesus utilizados en los experimentos), la ciencia médica pudo explicar y prevenir la enfermedad hemolítica del recién nacido, una afección en la que los anticuerpos de una madre Rh-negativa atacan los glóbulos rojos de su propio feto Rh-positivo.

El último aliento en el laboratorio

Karl Landsteiner era descrito por sus contemporáneos como un hombre meticuloso, reservado, con una capacidad de trabajo inagotable y un profundo desdén por la fama. Su verdadera pasión no eran los honores, sino las preguntas sin responder que aguardaban en las placas de Petri y los tubos de ensayo.

Fiel a su estilo de vida, la muerte lo encontró trabajando. El 24 de junio de 1943, sufrió un ataque al corazón mientras sostenía una pipeta en su laboratorio del Instituto Rockefeller. Falleció dos días después, el 26 de junio, a los 75 años.

Fuente de TenemosNoticias.com: noticiasdelaciencia.com

En la sección: Ciencia Amazings® / NCYT®

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