Entre guitarras, tambores, trombones y sintetizadores, Juan Pablo Vega ha encontrado un estilo personal que se parece a muchas cosas y, a la vez, no se parece a nada. Este cantautor, productor y arreglista colombiano es conocido por navegar entre diferentes ritmos musicales, desde el reggae, el bolero y la salsa, hasta el hiphop, el R&B y el rock. Su marca es precisamente esa capacidad de fusionar una multiplicidad de géneros e interpretarlos con su característica voz.
En 2013, su primer álbum, ‘Nada personal’, lo posicionó como un artista revelación de la música colombiana y al año siguiente fue nominado al Latin Grammy en la categoría mejor nuevo artista. Desde entonces, ha recibido múltiples nominaciones, y entre ellas, ganó el Latin Grammy al mejor álbum cantautor en 2016 por producir ‘Manuel Medrano’.
Tras hacer discos como ‘Juan Pablo Vega’, ‘Despídeme de Todxs’ y de los EP ‘Vicio’ y ‘Las Olas’, en noviembre lanzó su álbum ‘Cachacoleto’. En este último, le hace un homenaje a Bogotá, a los ritmos que la habitan, a los migrantes que dejan huellas en la ciudad y a las influencias musicales que la componen. En entrevista con EL TIEMPO, habló del proceso creativo de ‘Cachacoleto’ y de una búsqueda musical inquieta que explora y crea junto a otros artistas.
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¿Qué elementos de Bogotá quiso capturar en el álbum?
Al ser bogotano, me pregunté cuál es la raíz de ser bogotano. Chabuco, con quien he colaborado, conoce muy bien cuál es el erario vallenato y conoce los juglares, entonces hay una percepción de esa raíz. Igualmente, Alexis Play, uno de los grandes conocedores de los golpes del Pacífico.
Pero, como bogotano, me preguntaba cuál es mi raíz. Me siento identificado con toda la música que ha convergido en Bogotá gracias a los migrantes que han dejado acá un eco de su música y de su raíz.
Se escucha el reggae, el rock, la salsa, ritmos del Pacífico, ritmos del Atlántico, del llano, todos los golpes de la movida nariñense. Uno, como bogotano, se deja permear de todas estas cosas y ‘Cachacoleto’ es el resultado de toda esa gente que ha traído su raíz a Bogotá.
Este disco no es un ejercicio regionalista por el hecho de que se llame ‘cachaco’, sino todo lo contrario: es reconocer a toda la gente que ha llegado a la ciudad. Además, este disco fue grabado por muchísima gente de otros lugares: de Pasto, Magdalena, Arauca, Villavicencio, entre otros.
En 2016, ganó el Latin Grammy en la categoría «mejor álbum cantautor» por producir ‘Manuel Medrano’. Foto:Juan Francisco Herrera
Creció en una casa con mucha música y con un padre melómano, ¿cuáles de esas influencias se sienten en ‘Cachacoleto’?
En realidad, no hay muchas influencias latinas dentro de mi crianza. En mi casa nunca se escuchó música tropical… o, bueno, fue muy poca. Ni mi papá ni mi hermano eran salseros, a tal punto que en los primeros 15 años de mi vida no me gustaba la salsa. Tuve una crianza de música gringa e inglesa: Queen, los Beatles, The Rolling Stones en la parte gringa; Stevie Wonder, James Taylor. Incluso, lo latinoamericano entró por Argentina: Charly García, Fito Páez, Sui Generis, Serú Girán, La máquina de hacer pájaros, y todo eso.
Siempre estoy cambiando de género porque no me gusta encasillarme. Realmente sería muy aburrido si siempre tocara una balada pop, creo que ya ni siquiera estaría sacando música
¿Cómo fue, entonces, que llegó a los géneros más tropicales?
Por allá a mis 15 o 16 años. Antes, en el transporte público de Bogotá ocurría algo súper interesante porque los conductores ponían lo que les daba la gana y ponían mucha salsa. En los buses sonaba ‘El ratón’ de Cheo Feliciano, ‘Mujer divina’ de Joe Cuba, ‘Las tumbas’ de Ismael Rivera y ‘Triste y vacía’ de Héctor Lavoe, por ejemplo. Ahí conocí la salsa y nació una inquietud: “esta vaina me gusta mucho”.
¿Qué sucedió para que de ese interés pasara a construir el universo Cachacoleto?
Empecé a tocar en bares y duré casi nueve años así, y la manera de sobrevivir dentro de ese ecosistema de música en vivo era tocando música tropical. Luego dejé los bares y saqué mi música, que originalmente era mucho más popera y melancólica.
Pero hace aproximadamente cuatro años, empecé a gestar ‘Cachacoleto’. Quería cambiar la narrativa, no solamente de letras, sino también de ritmos. A través de los años, la gente se ha dado cuenta de que siempre estoy cambiando de género, de que no me gusta encasillarme.
Realmente sería muy aburrido si siempre tocara una balada pop; creo que ya ni siquiera estaría sacando música. Afortunadamente, el público entiende ese gesto editorial que tengo. En ‘Cachacoleto’ está exacerbado porque hay otros tipos de ritmos afrocubanos y antillanos.
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Habla de esta transformación como su “gesto editorial”, ¿pero hay algo que se mantenga constante en su proyecto musical?
Mi voz y mi manera de producir. Con el paso de los años, uno se da cuenta del manojo de trucos que tiene, que finalmente se vuelven la firma personal. La gente dice: “esto lo produjo Juan Pablo Vega”, porque hay un estilo y una repetición de los recursos que tengo.
¿Qué Juan Pablo está detrás de este disco?
Quizás un Juan Pablo más situado en su vida real. Uno menos onírico, porque este disco es justamente el Juan Pablo civil, el ciudadano que tiene que pagar planilla, que tiene que tener actualizado el RUT, también el que está inmerso en un oficio que cada vez está más precarizado. Este disco tiene la particularidad de hablar de esos temas, de meterse con el lado social.
Vega es conocido por navegar entre ritmos como el reggae, el bolero, la salsa, el hiphop y el rock. Foto:Juan Francisco Herrera
En ‘1985’, el año en que nació, también ocurrió la toma y retoma del Palacio de Justicia. ¿Cómo fue trasladar esa memoria histórica, emocional y personal a una canción?
‘1985’ originalmente es una canción que hice para un corto de mi esposa, Estefanía, que aborda la toma y retoma del Palacio de Justicia. La inspiración venía innegablemente de un año doloroso para la historia colombiana. Quería retratar toda esta nostalgia de una herida abierta y busqué un pasillo por la memoria que tengo de escuchar pasillos en la casa de mis abuelos. De eso va ‘1985’; se siente una especie de melancolía, como un dolor viejo que todavía está ahí.
Frente a ‘Las Canas de mi amor’, ¿cuál fue el mayor reto al producirla?
La canción está hecha dentro de un ritmo que se llama el yambú, que es un golpe afrocubano. El eje central de la canción son los tambores; los tocó Fabio Ortiz, él es uno de los mejores percusionistas de Latinoamérica. Pero quise también intervenir con sintetizadores, texturas y arpegios para meterla dentro del universo ‘Cachacoleto’. El resultado es una de mis canciones favoritas.
Este disco tiene la particularidad de meterse con el lado social
¿Alguna composición lo sacó especialmente de su zona de confort?
Quizás ‘Envidia’. Teníamos el reto de hacer una canción con Alexis Play y no quería entrar en lugares comunes con él, por ejemplo, poniendo una marimba de chonta. Entonces, los dos nos incomodamos e hicimos esta canción que se podría enmarcar dentro de un espectro de hiphop. Quise cantar distinto; no diría rapeado, pero sí un poco más enfocado en el texto que en cantar. Eso me retó a preguntarme: “¿Qué voy a decir? ¿De qué manera lo voy a decir?”
¿Ya se imagina la puesta en escena de este álbum?
Sí, de hecho estamos viendo qué vamos a hacer, pero innegablemente sí toca cambiar el formato. Van a estar tres percusionistas: campana, conga y timbal, y quitaremos la batería. Los vientos van a ser dos trombones y una trompeta. No veo la hora de mostrar esto. Siempre he sido muy guitarrero y la guitarra se ha convertido en una especie de escudo. Entonces, será un reto soltarla.
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Aparte de la música, ¿qué otras influencias están presentes en este proyecto musical?
Me gusta la moda y no quería que la imagen de este disco fuera con una camisa de flores. No quería entrar en esa lógica, sino todo lo contrario; quería disrupción. Por ejemplo, ahora tengo un capul y, si la gente me ve, no pensaría que voy a cantar salsa o yambú. Es una reivindicación de la noción de la tropicalidad.
¿Hay algún sueño musical que le quede pendiente?
Haber hecho el disco ‘Cachacoleto’ es un sueño hecho realidad. Para mí, era muy importante hacer música de manera justa, dándole crédito a los músicos, y ese sueño lo estoy viviendo en este momento. No enfoco mis sueños en la masividad, como en llenar un Movistar Arena. O sea, sería una chimba, pero también soy consciente de las cosas que hago, como el compromiso de salirme de todos los géneros e inventar cosas nuevas, eso ahora no genera masividad.
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Esa masividad ocurre, sobre todo, a través de TikTok y de fragmentos de canciones que se vuelven virales en redes. ¿Cuál es su postura frente a esta dinámica de la industria musical?
No tengo ningún problema con la generación de contenidos, hay unos muy buenos. Los algoritmos premian esa recurrencia y yo no tengo la energía de hacer un video todos los días y publicar en TikTok. Realmente no me interesa, pero también se debe a que estoy sentado en un privilegio: el de ser productor. La paz de lo artístico proviene de que realmente vivo de ser productor. A otros artistas, amigos y colegas que solamente se dedican a ser artistas, les toca mantener su algoritmo vivo.