‘La actuación ha sido mi medicina, mi mejor terapia, mi cura’

En los últimos años, a Constanza Duque el mundo se le vino encima: su esposo y compañero de vida falleció en el 2022, dejándola sumida en un profundo duelo del que se ha repuesto con mucha dificultad; después, se sometió a un procedimiento quirúrgico aparentemente sencillo, que se complicó y la llevó a la UCI por varios días; de ahí salió, según los médicos, ‘gracias a un milagro’. Cuando su vida parecía colapsar, la actuación fue, como siempre, su tabla de salvación.
Hace mas de una década que no se para en un escenario, pero Constanza jamás ha dejado de actuar en las pantallas o en privado, para sus amigos y conocidos. «Yo digo, que si Mahoma no va a la montaña, que la montaña vaya a Mahoma. Es muy difícil que haya papeles para uno, que los escriban. Esta industria está llena de muchos clichés y de alguna manera me cansé del tema abuelita», dice la actriz en charla con EL TIEMPO, a propósito de su personaje en la obra ‘La cuerda floja’, que se estrena el viernes 8 de agosto, en la Sala Arlequín de Casa E, en Bogotá.
El montaje es una idea original de ella, junto a Ana María Toro, que falleció en 2022, fue escrito por Johan Velandia y dirigido por Juan Carlos Mazo. José Manuel Ospina, Conny Ucros y Cristian Ruíz completan el elenco. Constanza, la inolvidable mamá de la Gaviota en la telenovela ‘Café’, nos contó los retos que enfrentó para regresar a las tablas, los orígenes de este montaje y la ansiedad que siente a horas del estreno.
Constanza Duque tiene 74 años. Foto:Néstor Gómez / EL TIEMPO
Esta obra rescata el alma de los actores y su ocaso, en algunos casos obligado.
Hacía muchos años que tenía en mente el tema del circo, de estos personajes de bajo fondo, que tienen como unas vidas difíciles, oscuras. Es un tema que siempre me ha llamado la atención. Bueno, Ana María Toro, es una persona que hizo cine, pues ya no está, y con ella alcancé a esbozar un guion, teníamos una empresa e hicimos ‘La gallina ciega’, son montajes inspirados en mujeres nuestras y en entrevistas que hemos hecho. Y esto del circo estaba en el tintero hace rato, hablamos con mujeres desplazadas, estoy hablando de una cosa que viene gestándose por ahí desde hace ocho años. Y después vinieron los procesos de paz, cuando hubo tanto material, empezamos a hablar de unos personajes de un circo. Porque aquí hay gente que se muere, que no tiene sitio fijo, que son desplazados permanentemente. Imagínate esto, además en Colombia, en un circo pobre, que no es el Circo del Sol precisamente.
Un circo de pueblo…
Exacto. Con la situación de orden público, pues, si llegan a algún pueblo y hubo una toma, hubo algún problema de orden público, ellos están por allá varados, sobreviviendo, y ya el circo se fue desbandando. Esta mujer que es mayor, se llama Magali, y todo el mundo la conoce como ‘La faraona’, porque ella era la reina de la cuerda floja. La obra es la historia de ella, por qué llegó al circo, cómo llegó, hay toda una historia de abusos, que son contados como en unos sueños que tiene ella, porque ya hoy en día no se puede subir a la cuerda floja, aunque ella sueña con eso. Entonces la obra es como unir y venir de lo que fueron sus sueños y de lo que es su realidad.
Cuéntenos de los demás personajes.
En total, son cuatro personajes, Magali, que soy yo; Zoro, que es el hombre del circo, que es más joven que ella, es el dueño y es como el hombre fuerte; una jovencita que llega, y un tigre humanizado, que es interpretado por un actor que habla, los actores no lo oyen, los personajes, pero el público sí. Es como el coro, va narrando todo lo que ha pasado, la historia de estos cuatro personajes, que son unos sobrevivientes de todas las situaciones que les han tocado, de estar en un circo que ya no existe, en lugares donde los animales están prohibidos, entonces el tigre está escondido, es clandestino, y a través de ellos hablamos también de cosas como envejecer en este oficio, de envejecer en el arte, en una industria que no tiene compasión con la edad; hablamos de la situación de Colombia, sin decir nunca cosas concretas del país, pero es un lugar difícil.
¿Cuándo se une Johan Velandia para escribir la obra?
Cuando Ana María falta, yo quedo con todo esto, y digo, no, yo lo quiero sacar, así que busqué a Johan Velandia, que es un dramaturgo maravilloso, director, actor, y le conté todas las ideas, que tenía, le mostré los apuntes y le pedí que nos hiciera una obra por encargo. Y desde hace años tenía también en mi cabeza que el director fuera Juan Carlos Mazo, que es de estos jóvenes talentos, que ha dirigido teatro, yo lo conocí allí y me encantó, y ahora es el director de telenovelas exitosísimas como ‘Rigo’ y ‘Darío Gómez’. Y además tiene una particularidad, y es que estudió teatro musical.
Foto:Néstor Gómez / EL TIEMPO
Este es su regreso a las tablas, pero usted jamás ha dejado de actuar.
Estuve parada sin hacer teatro un buen rato, pero no quiere decir que yo no haya vuelto a actuar, mis amigos me dicen que nunca he parado de actuar, y es cierto, para no estarme quieta, yo me invento todo el tiempo unos personajes. A mí me invitan a un almuerzo, a una comida, a un evento, y yo llevo una maletica en la que llevo accesorios para ese evento. Pero no me digan que hay fiesta de disfraces porque no sabría de qué me voy a disfrazar.
Pero son como unos performances que me estoy haciendo, inventándome temas, eso me parece muy interesante. Pero era una necesidad mía hacer teatro, y finalmente ahora vuelvo a las tablas, ha sido un reto en todo sentido.
¿Cómo ha sido el acondicionamiento físico para su personaje?
Como la veía venir hace rato, empecé a prepararme. Fue cuando llegó el problema de salud, el año pasado, pero quedé otra vez bien. Yo estaba entrenando, primero clases de canto con Natalia Bedoya, maravillosa profesora, maravillosa artista. Y con un bailarín que se llama Alberto Barrios, de la primera tanda del Colegio del Cuerpo, que me estaba dando clases de danza, era un entrenamiento más para teatro. Yo sentía que necesitaba prepararme para esto; aunque tengo muy buen estado físico, ya soy mayor (74 años), ya estoy en el séptimo piso, y todos son mucho más jóvenes, pero les da risa que porque dicen que estoy mejor que ellos. Es que me toca tirarme al piso, revolcarme eso sí con rodilleras, porque me empezaron a doler las rodillas y me las tengo que cuidar; y cantar, entonces a cuidarme mucho la garganta.
‘La cuerda floja’ es una tragedia con humor, y sobre todo con música.
Esa es una cosa de la obra que es divina, que la música es compuesta especialmente para el montaje. Ese era otro de los sueños, si era el relato de un circo que fuera un musical. Y los últimos musicales de los que yo tengo noticias, pues son montajes de obras que ya existen, adaptaciones, se compran los derechos y tal, pero esto tiene su composición original. Estamos muy contentos y yo estoy muy orgullosa de este proceso.
La obra habla de envejecer siendo artista y de lo duro que hacerse viejo en un país como Colombia.
Es como una inseguridad en todo sentido, como voy a estar, cómo voy a sostenerme, si yo me enfermo, cómo ando en mis últimos años. Mi personaje sueña con volver a subirse a la cuerda floja, pero ya no tienen dónde caerse muertos; sin embargo, también es entender que a estos personajes, los ha salvado el circo, si esta mujer no hubiera tenido el circo, hacía rato que no estaba, y yo digo lo mismo con la actuación. La actuación ha sido mi medicina, mi mejor terapia, mi cura, de verdad, yo sin esto, no sé si estaría contando el cuento. Y tengo una profesión que, afortunadamente, me permite estar activa a esta hora, me estoy inventando un proyecto. Mucha gente a los 60 ya ha terminado de trabajar, y están esperando a que un hijo los acoja, o sea, como vivir un poco de la caridad. Yo tengo una profesión para la cual no hay edad. Me gustaría eso sí que se contaran más historias de gente mayor, de ancianos, de viejos, de feos, de gordos, de de flacos, de blancos, de negros, aquí desafortunadamente, seguimos mucho con el cliché de los bonitos, relatos que se construyen a partir de una pareja de jóvenes; es muy raro que le apunten a una historia de adultos mayores. Aquí es muy difícil el negocio, y yo hasta el último día voy a estar actuando, y si no me llaman, me invento algo, a pesar de que tengo que confesar que también me había desconectado de la televisión, por mi duelo hace tres años,. Mi mánager me ofrecía casting y a mí no me provocaba nada, me podría haber llamado Pedro Almodóvar, y yo no tenía energía. Tenía que reconstruirme primero yo.
Hace 12 años que la actriz no hacía teatro. Foto:Néstor Gómez / EL TIEMPO
¿Pero al final aceptó algo?
Sí. Hice una cantidad de casting y ya me resultó una cosa que todavía no se puede contar, pero termino toda la temporada de teatro y me voy a enganchar en un proyecto de televisión muy interesante. Entonces, estoy muy agradecida de que volví, porque es que por proyecto hay 20 jóvenes y una abuela, una tía solterona o una viejita (se ríe).
Usted de viejita, la verdad, poco…
A mí me da risa porque soy súper activa y físicamente estoy muy bien, entonces me río cuando me llega un casting que dice ‘ancianita de 60 años’. Dios mío, las mujeres de 60 años son todavía personas funcionales, hay excepciones, claro. Pero me gusta la idea de que alguien como yo, después de los 70 años, esté protagonizando su obra de teatro. Y es una historia que va a tocar el corazón, muy profunda, con momentos en que uno se ríe, en que uno llora. Es toda una mezcla de cosas muy profundas.
Como la vida, Constanza.
Sí. Fíjate que todo lo que uno vive es en algún momento como malo, viene para enseñarle algo: el duelo, la muerte, las enfermedades. Te enseña que todo pasa en el momento que debe pasar. No es por qué, sino para qué. Ahí es donde uno madura y aprende a entender un poco más las circunstancias, pero no es fácil llegar a ese punto. Ya con los años, he aprendido que puedo decir que no, siendo muy diplomática, soy una persona de muy buenas maneras, pero aprendí a decir no, no quiero, no me gusta. Y veo ahorita en el montaje que las horas de vuelo no se inventan ni se improvisan.
¿Siente que se prepara demasiado para las cosas?
El director me dice que yo pienso mucho. Mi terapista me dice: ‘tú ya estás preparada, o sea, chévere que prepares tu personaje, pero no le eches tanta cabeza de que tienes que hacer tantos cursos y tantas piruetas, porque eso está ya en tu ADN’. Estoy muy feliz de volver al teatro y esa pasión me invado. Todos los días llego con un maletín, con cosas, con ropa, ‘María Trapitos’ me puso el director porque yo de una vez ensayo con ropas, mientras está el vestuario terminado, así calculo cuánto tiempo voy a tener para cambios, además para ir buscando el tono del personaje.
Foto:Néstor Gómez / EL TIEMPO
Es imposible no mencionar a Carmenza, la mamá de la ‘Gaviota’, en ‘Cafe’. ¿Cómo convive con esos personajes que marcaron tanto a la gente?
Le tengo un profundo agradecimiento, la verdad. De pronto hubo un momento en que yo decía no, ya no más, cómo me quito esto de encima; pero luego aprendí a apreciarlo. El año pasado estuve en Nueva York, y fui a mirar unas exposiciones, a comprar unas pelucas, a ver musicales. Y el portero del hotel era colombiano, y se emocionó mucho, y por la calle la gente que me reconoce se quiere tomar fotos conmigo, algunos lloran… Carmenza ha hecho que a mí la gente me trate con mucho cariño. Entonces pienso que valió la pena, que hice las cosas bien.
Volvamos a la obra: tantos años de experiencia encima, ¿y sigue sintiendo nervios antes de salir al escenario?
Todos. Esta vez más que nunca. Yo digo que un actor que deje de sentir esos nerviecitos en el estómago, que mejor no vuelva a actuar. Porque esa adrenalina del teatro…es como lanzarse en paracaídas, y puede no abrirse, porque en televisión tú te equivocas y repites. Pero en el teatro si te cayó la lámpara encima, tienes que hacerle creer al público que eso era parte del show y te desmayas cuando se acaba la función. Ahorita estoy muy nerviosa, ansiosa, acelerada. Todo el mundo me dice tranquila, bájale, momento presente, y me toca de verdad como cuidar mucho eso, por ejemplo, el café, me lo estoy tomando descafeinado porque me acelero más. Y soy muy mística también. En cuanto llego al teatro me gusta hacer un buen calentamiento, una meditación, una introspección, porque es que el teatro uno no puede meter la mentira. Es como ese viaje que arranca y hasta que no haya la palabra fin tú no puedes parar y si te equivocas y si hay un accidente, hay que solucionar en la marcha. Entonces, produce muchos nervios.
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