La antioqueña Beatriz Gallo y sus ideas para hacer ‘lo mismo, pero distinto’ en la cocina

No es chef, coach, experta en organización, ni decoradora; pero ha creado un gran movimiento de personas en torno a su cocina y a su mesa. Se trata de Beatriz Gallo, una periodista y ama de casa, amante de la bicicleta y recursiva, quien, en 2017 creó CasaTiz, un espacio de encuentro digital que inició con una página web en la que que ‘Tiz’ –como es conocida, la antioqueña, entre sus conocidos del mundo real y sus seguidores, del virtual– compartía las recetas de cocina con las que ella fue criada, y muchas otras ideas a la hora de servir la mesa, las cuales sedujeron al germen de fervorosos de los platos ‘instagrameables’.
Inclusive, su trío infalible de arepa blanca con quesillo paisa y su majestad: el huevo frito con la yema temblorosa, les dio ‘sopa y seco’ a los sofisticados y perfectos ‘#itbreakfasts’ de pancakes con mantequilla de maní y arándanos, o al parfait de yogur griego con avena y chía remojadas que entronizaban los primeros foodies e influenciadores gastronómicos.
“CasaTiz es un espacio que nació para compartir recetas caseras, las mesas que ponemos todos los días y algunos episodios de nuestra vida en familia; todo pensando en que si nos funciona a nosotros, de repente les puede funcionar a todos. No vendemos ollas, manteles, individuales, servilletas, ni vajillas, pero se los enseñamos a usar. Nuestra casa no es un hotel ni un restaurante pero a través de este espacio abrimos un poco las puertas de ella para compartir mi experiencia de 34 años de esposa, mamá y ama de casa, así como también nuestra experiencia de 23 años viviendo fuera de Colombia”, explica la periodista que, recientemente, llevó su mundo digital al tangible, con la autopublicación de su libro CasaTiz: Lo mismo pero distinto.
Portada del libro de Beatriz Gallo. Foto:Cortesía
A lo largo de 12 capítulos, ‘Tiz’ reconstruye los momentos de su infancia, su vida matrimonial y familiar, sus experiencias como expatriados y la decisión de regresar a las montañas antioqueñas, siempre con la sartén por el mango, pues cada época está narrada a partir de los sabores que la marcaron; de ahí que incluye más de sesenta recetas que van desde las sopas y los caldos más reconfortantes de la cocina local, hasta los platos más exóticos que Beatriz aprendió en el destino de turno, siguiendo el frenético ritmo laboral de su esposo Eduardo –alias Don CasaTiz, o simplemente, ‘DonCa’–.
Todo ello lo hace Tiz con un estilo tan coloquial y cercano que ha animado, a muchos, a querer entender la diferencia entre una sopa de plátano y ‘su hermana’, la de patacón, y aun, a preparar un pesto de albahaca –pero con nueces, pues los piñones son muy costosos y menos accesibles–, hornear el pavo navideño o ponerle al arroz de ‘entre semana’ zanahoria rallada y unas gotas de limón –para cambiarle, el color, sin alterar el sabor y garantizar que el grano crezca.
Lejos de refinamientos, lujos ni complicaciones, Gallo también evangeliza mediante el empleo de platos desportillados, pocillos gochos y todo el arsenal de cocina que ha resistido la batalla contra el tiempo pues, ella sabe que en el fondo de cada taza con heridas de guerra culinaria, hay un suculento cuncho de historias familiares.
CasaTiz, nuevo libro de Beatriz Gallo. Foto interior Foto:Cortesía
¿Cómo fue el proceso de autopublicación?
Lanzamos el libro en agosto de 2023; imprimimos mil copias y se vendieron en un mes y medio; reimprimimos otras mil y, para diciembre de ese año, fue la locura. Volvimos a reimprimir otras mil copias a comienzos de 2024 y, desde entonces, quedaban los ejemplares que se acabaron el pasado enero. Autogestionarse es un camello porque cuando yo los movía se vendían, pero cuando me callaba en mis redes sociales, las ventas paraban. Entonces tocaba constantemente decirles a los seguidores de CasaTiz: ‘acuérdense de mi libro…’. Mis hijos insistían que el libro debería estar en el mercado toda la vida, pero yo era ya tan feliz teniéndolo impreso y sabiendo que llegamos a mucha gente (…) Siempre lo pensé de lujo y por eso, decidí irme sola, sin editorial, porque ¿quién me pagaría ese libro? ¿Qué editorial accedería a hacerme un libro de tapa dura, con el fotógrafo que yo quería y de papel grueso? Ninguna. Fue costoso producirlo y, obviamente, ello se reflejó en el precio de venta.
¿Por qué es lo mismo, pero distinto?
Yo quería que el libro fuera una extensión de mi cuenta de Instagram. No quería que vieran algo diferente, que pensaran que enloquecí o que se me subieron los sumos. Es es un libro de cocina y recetas, pero muy distinto a todos los que existen porque recalco las historias en torno a dichas preparaciones. Si bien a las recetas las valoran y las preparan, recibo comentarios sobre cuán inspirador les resulta, a muchos, conocer algo tan cotidiano, como es la cocina diaria, al interior de una familia de expatriados; es un mundo que quien no lo vive no solo no lo conoce sino que, inclusive, no sabe que existe.
CasaTiz, nuevo libro de Beatriz Gallo. Foto interior Foto:Cortesía
¿Y qué dinámicas ‘se cuecen’ en una familia expatriada?
La gente cree que solamente sufren los que se van de su tierra indocumentados, como si la tristeza supiera diferenciar las circunstancias. Obviamente, reconozco que nosotros fuimos afortunados –nos fuimos de Colombia todos (padres e hijos) con los papeles en orden pues era una compañía la que nos trasladaba y nos pagaba el arriendo en el país del exterior de turno– pero, ¿dónde dejan la soledad, no hablar el idioma y encima, no saber cocinar?
Es lo que narra en el capítulo Indianápolis: te lo entiendo, pero no te hablo…
Sí, pues yo me fui siendo la mejor del colegio en inglés, pero es otro asunto cuando uno se va a una ciudad netamente americana; eso fue en 1996 cuando la población latina difícilmente existía; fuimos de los primeros expatriados por la compañía en la que trabajaba mi marido. Mis vecinos hablaban inglés, mis hijos fueron al colegio público en inglés, la vida social, el supermercado, todo era en inglés y yo, con el inglés del Sagrado Corazón. Y además, siendo yo, entonces, una madre de 23 años con tres bebés (uno de seis meses y los otros dos, de dos y cuatro años, respectivamente), sin hablar inglés, sin saber cocinar, sin haber salido de su país y encima… la acuestan con un marido que nunca estaba pues, de cada mes, él viajaba durante tres semanas.
¿Cómo aprendió a cocinar, entonces?
A punta de ensayo-error y cogiendo a mis hijos de conejillos de indias –fue fácil porque como eran tan pequeños, no conocían otra sazón–. Eduardo (‘DonCa’, mi esposo) vivió previamente en Estados Unidos, cuando estudió en la universidad y por ende hablaba inglés y estaba familiarizado con la comida gringa; cuando llegamos todos juntos, en familia y nos entregaron la casa, le asigné a él hacer las compras del supermercado y yo me quedaba con los niños en casa. Él podía comer pizza y Nuggets y fríjoles de lata; y pues trajo ese tipo de mercado: bolsadas de cajas congeladas y le dije: ‘No voy a alimentarme así, ni a nuestros hijos’ y él me dijo: ‘Esto es lo que comen aquí y, con todo respeto, tú no sabes cocinar’. Nos fuimos a mercar y compramos garbanzos para remojar, arvejas no enlatadas, etc. Empecé con el pollo sudado, haciéndolo como lo imaginaba y con lo poco que, ese tiempo, ofrecía internet (entonces el internet apenas estaba emergiendo); además, acudí a los libros de cocina que nos regalaron en el matrimonio y así aprendí recetas básicas muy fáciles.
CasaTiz, nuevo libro de Beatriz Gallo. Foto interior Foto:Cortesía
¿Cuál es la que más recuerda?
El sudado de pollo, porque yo preparaba las comidas que solo implicaran meter todo en una olla y yo quedara tranquila.
¿De dónde viene ‘el arte de recibir’?
Lo aprendí y apropié en el exterior. Mis padres no me inculcaron este sentimiento, pues nunca invitaban a nadie a la casa y, si llegaba una persona más, no nos sentábamos a comer hasta que ella se fuera. Mi madre se estresaba de tal manera que decía: ‘Es que no me avisaron’, en vez de repartir lo que había; es lo que, generalmente, uno hace: menos para todos, pero que comamos todos.
Usted es muy fuerte en Instagram por la decoración y puesta de mesas ¿Por qué no están en su libro?
Primero, por costos, pues primero imaginé un libro de unas 150 páginas; luego, subí a 200 y al final, quedó de 268 –y debimos cortar muchas historias–; si incluía un capítulo de explicación de mesas, sería aún más robusto y por ende, más caro. Sacrifiqué este tema porque lo explico muy bien en Instagram y en YouTube. Si bien las mesas fueron importantes en nuestros procesos de adaptación y de inserción en las ciudades a las que llegamos (porque era a medida de invitaciones a almorzar o a cenar, que uno conocía a la comunidad a la que se adentraba). Entonces pensé que era más práctico mostrarlo en el entorno de las recetas, es decir, en las fotos.
¿Por qué este tema es tan importante para usted?
Viene de mi madre; era ‘militar’ con la servida del almuerzo a las doce del día y a las siete de la noche tocaba la campana para bajar a cenar. La mesa siempre estaba perfectamente puesta, sin muchos lujos. Nunca con servilleta de tela sino de papel; vino, nunca, sino más bien jugo pues el vino es más reciente en Colombia. Siempre pusimos la mesa con mis hijos y nos sentábamos a comer, con o sin papá. Pero la apropiamos como un vínculo, como el arte de recibir, servir, atender y compartir.
CasaTiz, nuevo libro de Beatriz Gallo. Foto interior Foto:Cortesía
¿De ahí la piña, como imagen de CasaTiz?
Sí, pues queríamos un símbolo por el cual nos reconocieran a todos los que integramos este proyecto: mi esposo –‘DonCa’ no solo es el camarógrafo; es mi mano derecha, me hace cuentas de cobro, maneja las relaciones públicas, etc.– y mis hijos. Y la piña significa hospitalidad, amistad, bienvenida, conceptos que nos definen pues CasaTiz es la casa de todos. No es un reality y por eso, no los grabo a ellos ni a mis amigos (sólo a mi muñeca brasilera de madera, AnaCelia y a mi perra, Frida) siempre. Lo importante es la mesa y el compartir.
En su casa debe servirse la mesa con una vajilla diferente a diario, ¿no?
Si bien tenemos casi que una mesa para cada día del año, desde hace ocho años que nació CasaTiz, no estreno platos, pocillos, tazas ni vasos. Nuestras vajillas han rodado desde que nos casamos, pero mi ‘closet de vajillas’ se ha nutrido gracias a las adquisiciones que hice en los diferentes países en donde hemos vivido, principalmente, en anticuarios. Esto es una pasión de toda la vida. Me preguntan mucho cómo me he movido con tantos corotos, entonces en mis historias he hecho varias publicaciones de la manera cómo empacar sus vajillas y artículos de mesa y cocina cuando van a viajar.
Usted ha sido una embajadora de la artesanía colombiana en muchas mesas del extranjero
Así he tratado de asumirme. Desde que empecé a vivir fuera, reconocí y potencié el valor impresionante de las marcas y tradiciones colombianas; de ahí mi amor por las vajillas de El Carmen de Viboral, que las tengo desde hace treinta años. No sabes lo que significó servirlas en una mesa brasilera combinándolas con los colores del mantel… La gente cree que la cerámica de este municipio es solo para servir los fríjoles o el sancocho en la finca. Pero me he atrevido a darle el estatus a la artesanía colombiana en grandes eventos como mis talleres de mesas o el matrimonio de mi hija con 250 personas de todas partes del mundo, usando los calderos de Imusa (los de toda la vida), los individuales tejidos en Usiacurí (Atlántico) y las tapas de El Carmen de Viboral, y la gente no alcanza a imaginar cuánto valoran, los de fuera, nuestro talento artesanal.
Si bien usted siempre ha sido auténtica –inclusive, no usa filtros en sus publicaciones de mesas y preparaciones en Instagram–, ¿cómo le fue con el tema estético en las fotografías para su libro?
Fue tremendo desafío para el fotógrafo, porque varias comidas que debían ir en el libro –al representar momentos claves en nuestra vida familiar– no son, necesariamente, las más fotogénicas (por ejemplo, la foto de una sopa de guineo es horrible), pero yo no quería ningún tipo de manipulación de los alimentos preparados, porque no quería desperdiciar la comida (puede pasar en el food styling, en el cual usan sustancias para hacer más llamativo un plato o, por ejemplo, al ‘cocinar’ fríjoles los dejan más bien crudos para que se vean más redondos); solo acepté un poco de agua, una pincelada de aceite de oliva o que el fotógrafo ubicara la rama de cilantro donde se viera más bonita; pero la receta servida era comida.
¿Cuál fue el mayor desafío que le trajo la publicación de su libro?
Como yo no soy chef (seguramente, los chefs me criticarán), no me limito a los ingredientes, las cantidades y los momentos que dice la receta original; cocino con lo tengo en la nevera y no hallo la diferencia al poner un ingrediente antes o después pues carezco de esa teoría, esa sensibilidad y ese nivel de conocimiento. Yo aprendí a cocinar a fuerza de lidiar para sacar adelante mi familia y por ende, para el libro me costaron un montón las recetas porque nunca he medido nada (para el libro, debí incluir medidas y tiempos); todo en mi cocina ha sido al ojo y jamás he usado una cucharada, un tercio de taza o la medida justa de cada ingrediente sino que identifico que algo ya está cuando percibo y le digo a mi hija: ‘eso huele a listo’.
¿Alguna mala experiencia con los haters, por su desenfado al ‘poner las ollas’?
Cuando nació CasaTiz, yo pensaba: ‘Qué miedo que la gente me vea como una vieja chicanera que tiene un closet lleno de vajillas’ y, gracias a Dios, nunca nadie me ha dicho nada al respecto. Es grato saber que han recibido y apropiado mi invitación a poner sobre la mesa lo que se tenga, usar las copas y los platos y que se quiebren y despiquen brindando y sirviendo, respectivamente. He visto a muchas personas que han sacado de sus armarios las herencias de loza que nunca usan porque están esperando la ocasión especial y perfecta que no existe.
CasaTiz, nuevo libro de Beatriz Gallo. Foto interior Foto:Cortesía
¿Tiene alguna receta entre ojos, pero nunca la ha logrado?
Cualquier tipo de pan o biscocho porque yo no tengo mucha paciencia y a mí, todo lo que sea de mezclar siguiendo un orden muy específico, que implique sacar la báscula de alimentos para pesar y las cucharadas para medir, me da duro. Por ello, la repostería no es lo mío; al flan me le quito el sombrero y este sí es mi postre insignia y aunque me piden más recetas de postres, no hago más allá de mi flan pues esa no soy yo.
¿Qué diferencia a la sopa de patacón y de la de plátano?
La de plátano se prepara con plátano crudo. Primero, se pela el plátano, se pica y se pone en el caldo con todo lo que tenga; la de patacón requiere preparar los patacones previamente y, si se quiere, apanándolos con huevo. Las dos tienen un sabor completamente distinto, a pesar de ‘compartir el papá’ (el plátano verde).
¿A qué huele la comida cuando está lista?
Huele a lo que huele la casa antes de que huela a quemado. Si es algo al horno, empieza a oler a la tocineta del pollo relleno, por ejemplo; empieza a oler a que te da hambre.
Pilar Bolívar Carreño
Para EL TIEMPO
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Fuente de TenemosNoticias.com: www.eltiempo.com
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