‘Si me tocara volver a nacer, escogería nacer paralítico de nuevo’

José Alejandro Hofmann nació con parálisis por cuenta de un estrangulamiento del cordón umbilical que, según los médicos, lo condenaría a una vida vegetal. Vivió un año en el Children’s Memorial Hospital de Chicago y buena parte de las noches de su niñez y adolescencia las durmió boca abajo en una armadura de yeso que cambiaban a medida que iba creciendo. Un accidente el año pasado lo regresó a la silla de ruedas de la que ya se levantó.
Le gusta la música clásica y de niño soñaba con ser torero. Es abogado de la Universidad de El Rosario y juez penal, responsable de dirigir algunas de las audiencias más mediáticas del país. Acaba de lanzar su libro Un juez contra toda adversidad, un relato en primera persona sobre su vida. Una vida que marca ya 36 años, contra todos los pronósticos.
Usted dice que es un hombre roto, que carga una tristeza que lo acompaña todos los días de su vida. ¿Cuál es la tristeza más grande con la que debe lidiar?
Quizás el dolor más grande que he tenido es el rechazo en distintos ámbitos, tanto familiar como social. El rechazo ha sido el dolor más grande que he tenido en mi vida.
A los 3 años se va con su mamá a vivir un año al Children’s Memorial Hospital de Chicago, donde es sometido a varias cirugías y tratamientos para la parálisis. ¿Qué recuerdos tiene de este lugar?
Me acuerdo de estar enyesado de cuerpo entero durante muchos meses y de ese miedo que sentía cuando me ponían de pie, por la sensación de vacío y el terror a caerme. Recuerdo cómo me impresionaba la piel cuando me quitaron el yeso, trozos cafés, como zucaritas. Tengo memoria de esas terapias dolorosas y del cuarto donde me dejaban solo si lloraba. Entonces descubrí que la manera de aplazar las terapias sin que me encerraran por llorar, era vomitar. Entonces cambié el llanto por el vómito. Aún hoy, conservo una incapacidad para llorar. Entonces, en mis momentos tristes, vomito en lugar de llorar.
Al regresar de los Estados Unidos, lejos de una bienvenida, se encuentra con una familia fracturada, con reproches y señalamientos.
Mi mamá dejó a mis hermanos muy pequeños para llevarme un año al hospital. Le tocó abandonar a sus hijos por una situación médica. Mi hermano gemelo tenía 4 años y el mayor, 7. Ese abandono les produjo resentimientos de por vida.
¿Lo hablaron en algún momento? ¿Sanaron esas heridas?
Con mi hermano mayor no he hablado más de cinco veces en mi vida. Y creo que su resentimiento nunca se sanó. La última vez que hablamos fue hace tres años, cuando se estaba muriendo mi mamá. Ese día concluimos que en nuestra infancia logramos sobrevivir. Con mi hermano gemelo es distinto. Y nos dimos cuenta de que él sentía una especie de culpa, creía que por él yo había nacido con las condiciones que nací. Mi hermano mayor se sentía relegado y mi hermano gemelo, culpable. Ambos sentimientos, absurdos. Creo en los caminos del espíritu y mis condiciones no son culpa de nadie. Si me tocara volver a nacer escogiendo las circunstancias de mi nacimiento, volvería a nacer paralítico. Ha sido un camino de crecimiento y de conocimiento personal y espiritual muy bello que me ha dejado dos virtudes: sé para dónde voy y soy una persona persistente. Mi premisa es luchar hasta el final.
¿Qué actitud tomó su papá ante su situación?
Mi papá es un hombre de su tiempo que pensaba que la crianza no era su asunto y la dejó en manos de mi madre y de mi abuela. Fui consciente de la presencia de mi padre ya mayor y no fue un encuentro grato. Con él conocí emociones como la soledad y el miedo. Y te podría decir que el conocimiento del padre fue una impresión tan grande que no se me ha quitado 36 años después. Sin embargo, nuestra relación se ha ido sanando con el tiempo. Por cuenta del accidente del año pasado terminé viviendo con él y es una relación respetuosa y fraterna. Logramos convivir.
Juez José Alejandro Hofmann. Foto:INTERMEDIO
El rechazo, ese que usted dice que es su mayor tristeza, lo vivió desde el nacimiento y, por supuesto, en los colegios, donde le cerraron muchas puertas, con compañeros, que no querían jugar.
Era tan normal que no esperaba que los colegios me admitieran. Lo que veía a mi alrededor era que era un niño que no podía caminar, rodeado de adultos que se peleaban y una madre que lloraba. Eso era lo que interpretaba de mi infancia. Tuve la fortuna de que me becaron en el Gimnasio Moderno, pero tuve muy pocas interacciones. Estaba inserto en el medio, pero no incluido. Solo tuve un amigo, porque su mamá fomentó esa amistad. Y tuve también a un gran maestro, que me propuso hacer un programa de historia en la emisora del colegio. Me cargaba y me subía las escaleras para que hiciera mi programa y solo en ese momento empecé a interactuar con el entorno, a adquirir conocimientos, a aprender a expresarme, a comunicarme.
En quinto, siendo el mejor alumno de primaria, debe abandonar el colegio, porque su madre se enferma. ¿Qué significó dejar el colegio?
Significó una soledad inmensa. En ese momento empezaron mis días tirados en una cama y con la incertidumbre como única compañera. Mi madre, enferma, no se podía hacer cargo de mí. Era tan doloroso, que un día le dije a alguien de la familia que necesitaba lavarme los dientes y la respuesta fue: “No necesita lavarse los dientes porque no se le van a caer”. Era la indefensión total. Además, desescolarizado. Yo sentía, simplemente, que me iba a morir en vida. Cuando mi mamá se recuperó un poco, llamó a un profesor conocido de una tía, el maestro Villate Santander, quien me adoptó como a un nieto y quien iba a la casa cada ocho días a dictarme clases de historia, filosofía y economía. Y así, validé el bachillerato.
En su infancia y adolescencia tuvo un yeso nocturno, ¿cómo funcionaba?
Cuando me quitaron el yeso del cuerpo entero, tuve un yeso nocturno, desde los 4 hasta los 16 años. Ponían el yeso en la cama y me acostaba en él boca abajo con una tapa encima, para que no se deformara la columna. Ahí me quedaba, pegado contra la almohada durante ocho horas. El yeso se cambiaba cada año, a medida que yo iba creciendo. Me lo quitaron a los 16 años. Entonces, aprendí a dormir en la cama, aunque me parecía tan insoportablemente suave que al principio preferí, durante un buen tiempo, dormir en el piso.
Después de que valida bachillerato entra a estudiar derecho a la Sergio Arboleda. ¿Cambiaron las cosas en la universidad? ¿Tenía amigos?
Fue muy difícil porque nadie me había enseñado a socializar. Tenía una formación intelectual porque me lo había propuesto, gracias al maestro que iba cada semana y gracias a que en buena medida fui autodidacta. Esa formación se encuentra en los libros, pero la formación social solo se adquiere con los demás. Así que me tocó aprender golpeándome contra las paredes. Era una persona sin tacto, que no sabía cómo conectar. Y pues así, a los golpes, aprendí.
Y muy pronto, casi recién graduado, se incorporó a la vida laboral
Mi abuela, que no tenía filtros, me decía: “Tienes que meterte al sector público, ni se te ocurra pasar una hoja de vida a una empresa privada porque allá buscan gente que no joda”, como diciéndome que yo, por ser chueco, ponía mucho pereque. Y así empecé mi carrera, que ha incluido mi paso por la Superintendencia de Puertos, el Ministerio de Transporte, como juez provisional en Chía y Zipaquirá y juez en propiedad en Bogotá.
Asegura que como juez bloquea y se olvida de las cosas horribles que pueden pasar en una audiencia. ¿Es una manera de estar mentalmente blindado?
Esas cosas horribles son asesinatos, violaciones, descuartizamientos. Si no los olvido, no puedo seguir. No tendría cordura. Supongo que sí, que es una protección mental. Aunque hay casos que me derrumban y que se me quedan en la cabeza para siempre, como el de una señora de la alta sociedad de Bogotá que dejó morir de inanición a su hija con autismo y luego incineró el cuerpo.
Ha recibido amenazas por su trabajo. En algún momento, incluso, tuvo que ser trasladado. ¿Le tiene miedo a la muerte?
No, en lo absoluto. Le tengo miedo a estar muerto en vida, que es distinto.
El año pasado sufrió un accidente que lo condenó de nuevo, por un tiempo, a la silla de ruedas. ¿Cómo recibió, otra vez, la noticia de que seguramente no volvería a caminar?
Estaba en un comité del Sistema Penal Acusatorio y en algún momento me devolví a mi escritorio por una botella de agua, pero di un mal paso y me caí de lado, partiéndome el fémur en dos partes. Los médicos habían advertido que una caída de estas podía ser fatal y fueron claros en asegurar que sería muy poco probable que pudiera volver a caminar. Pero ante estas situaciones suelo llenarme de referentes positivos. Pensé en Gloria Estefan, que dijo la siguiente frase cuando le dijeron que no volvería a caminar: “Desde que esté en mis propias manos, estoy en buenas manos”. Así que, en su honor, escuché Get on your feet durante muchos días. Del accidente salí con una muy buena banda sonora. Fueron muchos días de terapias a punta de Sergio Denis con su La vida vale la pena, o José José con Volver a creer, volver a nacer.
Su mamá falleció en noviembre del 2023. Se murió la persona que había sido su soporte durante toda la vida.
Mi abuela y mi madre murieron casi al tiempo. Cuando a mi mamá le diagnostican el cáncer en la vesícula yo estaba muy optimista. Siempre enfrento las luchas de manera positiva, visualizando que voy a superar el problema. Estaba convencido de que era una prueba más de la que saldría adelante. Pero rápidamente entendí que era un cáncer terminal. Entonces hablamos con claridad. Lo organizamos todo, le pedí consejos y le pregunté si creía que había algo que yo no hubiera hecho bien. Me dijo: “En general, todo lo has hecho bien, pero qué terco eres”. Y yo respondí: “Mamá, si no fuera terco no habría logrado salir adelante. Es inherente a las circunstancias”. Luego escuchamos la canción Honrar la vida, de Mercedes Sosa. Así nos despedimos.
Otra muerte dolorosa; la de su novia, quien murió en un accidente de tránsito a comienzos de este año y solo dos meses después de su accidente.
Como ya dije, no suelo llorar. Pero esta vez, llegué al límite y descubrí otra faceta de mi personalidad. Solo tuve fuerzas para pedir que me dejaran solo y lo único que pude hacer fue llorar y llorar. Después entendí que solo tenía la opción de seguir adelante.
¿Cree en el amor? ¿Espera enamorarse de nuevo?
El amor es la razón por la cual este mundo todavía subsiste y funciona. Si no hay amor, no hay nada. Entonces, siempre hay que luchar por el amor. Pero soy un tipo realista y en mis condiciones no es fácil. Si se da bien y si no, también. Pero claro, si llega sería maravilloso.
MARTA BELTRÁN
Directora Sistema Informativo Citytv
Fuente de TenemosNoticias.com: www.eltiempo.com
En la sección: EL TIEMPO.COM -Cultura
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