Por estos días, los transeúntes que toman la calle 70A, en dirección hacia los cerros para llegar a la carrera 7.ª, en Bogotá, se llevarán una sorpresa que es doble.
Un inflable gigante, amarillo, con forma de pieza precolombina, invita a mirar a una casa particular, con columnas en su entrada, que es patrimonio arquitectónico de la ciudad.
La primera sorpresa es que este inflable, El paseante (1997), es una obra itinerante que ha viajado por el mundo –Venecia, Nueva York, La Habana– y es una pieza de uno de los artistas contemporáneos más reconocidos del país que plantea “un sentido de identidad irónico”, en palabras del autor. La segunda es que su monumental presencia invita a ingresar a esta imponente casa, de estilo clásico francés, que es un museo de puertas abiertas para muchos desconocido.
Esta imagen es el abrebocas a la más reciente exposición del artista Nadín Ospina, Todo lo sólido se desvanece en el espacio, que reúne una cantidad importante de obras de más de 40 años de trayectoria y que estará hasta el 13 de septiembre en el Museo Casa Lleras de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.
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¿Qué desafíos le presentó hacer esta exposición en una casa que conserva una memoria política e histórica para el país?
Esto ha sido un coqueteo con la casa, porque la Universidad Jorge Tadeo Lozano me había invitado anteriormente a hacer un proyecto aquí y yo tenía ciertas reticencias. Uno como artista siempre sueña con ese cubo blanco que es el museo neutral, y yo encontraba que la casa tenía una vitalidad en sus espacios difícil de intervenir. Cuando dije: ‘Vamos a hacer algo en la casa’, la empecé a recorrer y quise cubrir todo con paneles blancos, pero un día el curador de la exposición, Santiago Rueda, me dijo: “Soñé por estos días con un coleccionista muy sui géneris que ha coleccionado tu obra, que de por sí ya es bastante singular, y ese personaje habita esta casa”. Entonces, yo dije: ‘Eso es lo que hay que hacer, hay que hablar con la casa, hay que hacerla partícipe en la exposición’.
Nadín Ospina posa junto a la obra ‘Encuentros’, de la serie ‘Del Otro Mundo’ Foto:Andrea Moreno. EL Tiempo
¿Cómo logra saltar de esa idea minimalista inicial a esta propuesta que es contraria?
En los lugares donde instalo mi obra hay un proceso de intervención. A veces, en esos cubos blancos, he hecho intervenciones muy radicales, en las que he involucrado colores y sonidos, pero en este caso tiene otro carácter, y es permitir la flexibilidad durante la intervención artística. Cuando la casa nos habló, se puso de presente como protagonista total. La casa tiene un estatus social, una posición política, y en esa medida cada obra está a veces riñendo, dialogando, generando un diálogo con esa significación del espacio. Hay obras que hablan sobre la violencia, hay obras que son muy críticas con cierto sentido burgués y también con el sentido socioeconómico patriarcal. Esa manera de hablar con la casa es muy enriquecedora, muy dinámica.
¿Qué tan desafiante fue para usted ese diálogo político? ¿Qué tan cómodo o qué no tanto se sintió al traer su obra a este espacio?
Fue como cuando uno tiene una discusión y la persona con la que se está hablando aparentemente no tiene voz. Pero esta casa tiene una voz y una voz histórica muy potente. Hablar con la casa desde mi obra, que es muy crítica, que tiene unos mensajes políticos muy fuertes y contestatarios, era como tener enfrente alguien con quien dialogar con una voz poderosa. Eso fue para mí interesantísimo.
Esta exposición no es una retrospectiva. En sus palabras, ¿cómo la podemos definir?
Es una reunión de obras que tienen dos connotaciones particulares. Primero, abarca etapas específicas. Se han unido en sectores de grupos de obras de cuatro o cinco periodos. Por otro lado, hay algo muy particular desde la propuesta curatorial, es que estamos mostrando piezas inéditas o muy poco conocidas. Hay obras que dos o tres generaciones del público no conocen. Otra circunstancia que es muy importante es que la mayoría de la gente que conoce mi obra me identifica con la serie El gran sueño americano (1993), que es la mezcla de objetos pop con arte precolombino y aquí no hay ninguna obra de esa serie.
El artista Nadín Ospina junto a su obra El Retador, del año 2000. Foto:Andrea Moreno. EL Tiempo
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¿Cuáles serían algunas de esas obras poco conocidas?
Hay unas muy interesantes. Por ejemplo, la pieza que inaugura todo el recorrido llamada Visitantes. Es una pieza hecha en 1979, cuando todavía era estudiante de artes, que da una clave de muchos elementos estéticos del resto de mi obra. En un sentido pedagógico, es muy interesante ver cómo esas obras iniciáticas, en las que el artista se está formando, ya tienen un lenguaje propio y eso para estudiantes de artes es muy clarificador: ver cómo el proceso de un artista es evolución. Otra pieza que quizás sea la más significativa para mí se llama La caza de los putos (2013), una obra política y feroz en muchos sentidos que prácticamente no se ha mostrado y que da otra tónica de la obra que se mostró en El gran sueño americano. Esta es una obra que habla de la historia política de Colombia y de las violencias, y que mantiene un tono que sigue siendo absolutamente vigente en este momento, cuando estamos viviendo una situación tan extrema en ese sentido.
En su obra siempre han estado presentes temas como la violencia, la identidad y el patrimonio. Después de más de 40 años de producción, ¿cómo dialoga su obra con la realidad colombiana actual?
Tengo una pieza en la exposición que se llama Uróboros (2016), que es la serpiente que come su cola. Eso pasa con mi obra permanentemente, que después de años vuelvo a retomar cosas que siguen teniendo vigencia y les doy un giro técnico conceptual. Para mí, la realidad, no solamente nacional, sino internacional, siempre está presente. En toda la serie de La persistencia del deseo (2022) se habla de la pandemia que vivimos, algo un poco apocalíptico. Todas y cada una mantienen una vigencia en la actualidad, porque este periodo de tiempo que nos correspondió vivir es uno muy intenso en el que temas como el de la violencia son persistentes. Todo eso que se está hablando alrededor de temas relacionados con estos aspectos mencionados sigue siendo absolutamente válido, y quizás en este momento nos están hablando mucho más.
¿Cómo fue el ejercicio de reencontrarse con obras de épocas pasadas para esta exposición?
Fue un ejercicio muy interesante de revisión. Tengo un taller muy grande donde conservo obras guardadas en cajas en clósets, y fue empezar a desempolvar, a releer hasta sorprenderme a mí mismo. He hecho tantas cosas y tan diversas que a veces veo piezas de otro tiempo como si fuesen de otro artista. Y de alguna manera me admiro y vuelvo a tener un diálogo con esas obras para preguntarme: ¿esto por qué lo hice?
¿Y cómo fue el diálogo con Santiago Rueda para la curaduría?
El diálogo con Santiago fue privilegiado. Creo que toda exposición de arte debería tener un curador y un buen curador, que empatice con el artista porque es quien genera un puente que se convierte en la voz del y para el público. Entonces, fue un diálogo muy inteligente, rico y sensible que saca cosas que estaban ahí y las pone a vibrar.
¿Cómo percibe que se lee su obra afuera y cómo se lee en Colombia?
Es muy diferente. Hay un aspecto que quizás sea un poco negativo y con el que luchamos muchos artistas latinoamericanos, que es el tema del exotismo. Muchas veces se nos convoca bajo esa mirada y es una lucha permanente para no entrar en esa casilla. Pero, por otro lado, hay una lectura que es como más desposeída de la inmediatez de la realidad. Aquí en Colombia, como estamos tan cerca de lo precolombino, la lectura de este aspecto se vuelve parte del paisaje y no se tiene distancia crítica para verlo como un fenómeno histórico. En cuanto al tema de la violencia, estamos tan adormecidos por el bombardeo de información en los medios de comunicación que parece como un ejercicio inocuo hablar de la misma.
Esta exposición, aunque confronta al espectador con toda esta realidad, invita al juego. ¿Fue eso intencional?
Hay una historia muy particular. Me crie con una abuela un poco delirante que vivía sola en una casa, no tan grande como esta, en el barrio Sears. Ella me quiso mucho y me permitió jugar en esa casa de una manera que ningún niño, creo, ha podido jugar. Es decir, yo cambiaba los muebles de la sala y los subía a una habitación, bajaba la habitación para la sala y construía barcos, casas… Era una experiencia lúdica, ensoñada, fantástica, poética, que fue quizás la génesis de por qué soy artista, poder interactuar con los objetos y que yo sea ahora un instalador, un artista de objetos, y que el juego sea muy importante para que las memorias de la infancia estén permanentes. Esta exposición es como una proyección de ese ejercicio de esa casa. Pero también digo que toda mi obra es un trampantojo: una trampa para el ojo. Te está mostrando una cosa que es colorida, en muchos sentidos atractiva, pero en una segunda vuelta te empieza a contar una historia que es más compleja.
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¿Cómo llega la integración de las nuevas tecnologías como la impresión 3D y la inteligencia artificial (IA) a su obra?
Todo esto comienza por mi interés en los medios. Empecé a utilizar desde hace muchos años Facebook e Instagram, donde tenía un feedback de la gente muy interesante. A partir del mismo medio, empecé a ver las tecnologías que están apareciendo, y hace unos cuantos años me inquieté por la impresión 3D. En un principio, la veía como una cosa demasiado artificiosa, pero empecé a ver que era un lenguaje en el que podía verter unas ideas que yo quería trabajar con relación a la imagen. Y al mismo tiempo tomarlas del mundo y de la IA, que ya están ahí en ese éthel mediático que es internet, y traerlas a la realidad en una especie de abducción. El tema de la IA es fascinante y veo mucha gente que tiene temor de usarla: los escritores, los periodistas, los mismos artistas porque piensan que los va a desplazar. Creo que la IA es un pincel más para el artista. Lo que pasa es que hay que pedirle que actúe, es como un cuerpo a cuerpo. Yo le escribo, le hablo y le digo: ‘Haga esto, dibuje esto’. A veces se niega a hacerlo, como que hay que forzar a la IA a hacer lo que uno quiere, ahí se vuelve muy interesante.
Con la introducción de estas tecnologías, ¿hacia dónde va su proceso creativo?
Nunca sé porque va y viene, y de pronto me devuelvo y vuelvo a tallar piedra o a hacer fundiciones en bronce. En este momento estoy haciendo unas piezas sobre lo que está pasando en Palestina y en Ucrania. Son unas piezas muy políticas, es un reclamo. Están hechas en una técnica sobre aluminio de impresiones 3D e inteligencia artificial.