el desplome de la deuda austriaca a cien años explica la crisis silenciosa que crece en el mercado

Cuando en 2017, Austria salió al mercado con un bono a cien años, los inversores lo devoraron como rosquillas. Tenía un cupón del 2,1% y, total, que eran cien años de inversión, con el mundo de la inversión regido por los tipos negativos.
Hace diez años meter dinero en bonos soberanos normales o en letras era asumir pérdidas de manera automática. La mayor parte de países desarrollados se financiaban más allá de coste cero. Los inversores pagaban para que los estados emitieran deuda. Y no había que ser EEUU o Alemania. Un doble A de calificación de deuda podía refinanciar deuda a corto plazo a intereses negativos.
Los tenedores de los bonos a cien años daban palmas con las orejas. En dos años y medio duplicaron su inversión. Tres años después, Austria repitió la jugada en las puertas del covid y con un cupón todavía más rácano, del 0,85%. Esos inversores ahora pierden un 73%. Los 5.800 millones de euros que se colocaron, salieron a un precio de 98 euros y ahora cotizan a 29,3 euros.
Austria no fue el primer país en poner a prueba el apetito del mercado con bonos de cien años. Un año antes probaron Irlanda y Bélgica, con emisiones de cien años, pero con colocaciones privadas para inversores específicos. El importe en ambos casos fue simbólico de 100 millones, respectivamente. Según datos recogidos por Bloomberg, el bono irlandés registra pérdidas del 36%.
Con el último ciclo alcista de tipos que acometieron los bancos centrales para controlar la inflación, el precio de estos bonos comenzó a irse a pique. Los inversores que acudieron a ellos apostaron por décadas de baja inflación y crecimiento anémico, pero llegó el covid y miles y miles de millones de estímulos fiscales por todo el mundo. La inflación despertó y con ella los tipos de interés.
La gran ironía de los bonos centenarios es que era un activo financiero de tranquilo máxima calidad y vencimientos larguísimos, pero con los bancos centrales frenando el fin del ciclo. El mercado asume que la desinflación no garantiza un regreso a tipos ultrabajos; por otro, la política fiscal empuja en dirección contraria, con déficits persistentes, más gasto estructural y un coste de financiación que ya no perdona. En ese choque, los centenarios son el eslabón más frágil: tienen una sensibilidad brutal a cualquier ajuste en expectativas de tipos y prima de riesgo. Un movimiento pequeño en rentabilidades puede convertirse en un derrumbe grande en precio.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.eleconomista.es
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