El origen de la risa humana es mucho más antiguo de lo que imaginábamos: se remonta al menos a 15 millones de años

Durante décadas, los fósiles han propiciado reconstruir buena parte del pasado de nuestra especie. Gracias a ellos, conocemos cuándo nuestros antepasados empezaron a caminar erguidos, cómo evolucionó su cerebro o qué herramientas fabricaban. Sin embargo, existe un elemento esencial que apenas deja huella: la voz. Los sonidos se esfuman en cuanto se producen, de modo que averiguar cómo se comunicaban los primeros homínidos parecía un desafío prácticamente imposible de dilucidar.
Para superar esa limitación, un equipo científico optó por mirar al presente en lugar de excavar el pasado. Chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes comparten con nosotros un ancestro remoto y mantienen comportamientos heredados de aquel linaje. El examen de vocalizaciones arroja luz sobre episodios de nuestro recorrido evolutivo que nunca podrán encontrarse en un yacimiento.
Entre todas ellas, destaca una conducta tan cotidiana como enigmática: la risa. Una investigación de las universidades de Warwick y Portsmouth, difundida a través de Communications Biology, concluye que su patrón rítmico ya estaba presente hace, al menos, 15 millones de años. Además, plantea que el refinamiento gradual de esa antigua manifestación sonora pudo contribuir al perfeccionamiento del control de la voz que, millones de años después, terminaría favoreciendo la aparición del lenguaje.
La risa comenzó mucho antes que los seres humanos
Aunque solemos asociarla a nuestra especie, la risa no constituye un rasgo exclusivamente humano. Desde hace años, se sabe que chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes emiten vocalizaciones muy parecidas cuando juegan o reciben cosquillas. Lo que se ignoraba era si todas esas expresiones procedían de un mismo origen evolutivo o si cada linaje había desarrollado un sistema propio con el paso del tiempo. Responder a esa pregunta facilitará recobrar una parcela de la historia de la comunicación inaccesible por cualquier otro procedimiento.
Para averiguarlo, los autores reunieron grabaciones de cinco taxones: orangutanes, gorilas, bonobos, chimpancés y niños pequeños. En conjunto, examinaron 140 episodios correspondientes a 17 individuos. En lugar de fijarse en el tono o el volumen de las carcajadas, calcularon el intervalo entre cada sonido con objeto dedeterminar si existía una organización temporal compartida.
Los resultados revelaron una característica sorprendente: todos los grupos preservan una notable regularidad en la sucesión de sus emisiones, una propiedad denominada isocronía. Dicho de forma sencilla, los sonidos aparecen separados por intervalos muy similares, generando una cadencia estable que permanece a lo largo de toda la secuencia. Según los especialistas, ese esquema rítmico ya estaba presente en el ancestro común de los grandes simios y los seres humanos, lo que sitúa su surgimiento al menos 15 millones de años atrás.
Este hallazgo indica que la evolución no partió de cero. En vez de reemplazar aquella singularidad ancestral, fue afinándola paulatinamente hasta conferirle una flexibilidad muy superior. Ese proceso supone una de las contribuciones más relevantes de la investigación y abre una nueva vía para entender cómo fue perfeccionándose el control de la voz mucho antes de que brotaran las primeras palabras.
Los sonidos de la risa de orangutanes, gorilas, bonobos, chimpancés y niños pequeños aparecen separados por intervalos muy similares.
¿Qué cambió desde aquel ancestro común?
El análisis demuestra que la arquitectura básica de la risa ha permanecido sorprendentemente estable, aunque no todas las especies recurren a ella del mismo modo. Con el paso de millones de años, el linaje humano incorporó innovaciones que hicieron esas vocalizaciones más rápidas y mucho más versátiles, mientras que los demás grandes simios conservaron una cadencia más uniforme.
Una de las diferencias más curiosas se aprecia en la velocidad. Los seres humanos producen secuencias más ágiles que las observadas en orangutanes, gorilas, bonobos y chimpancés. Los autores interpretan ese incremento como el fruto de una transformación gradual, no de una alteración repentina, que fue afinando la coordinación entre la respiración y los movimientos implicados en la producción de sonidos.
Otra novedad reside en la plasticidad. Mientras los grandes simios mantienen una pauta relativamente constante, las personas alteran con mayor facilidad el intervalo entre una emisión y la siguiente según el contexto. Esa elasticidad no rompe la regularidad del conjunto, sino que ensancha los recursos expresivos de la risa y pone de relieve un dominio mucho más refinado de la voz.
El linaje humano incorporó innovaciones en la risa que hicieron sus vocalizaciones más rápidas y mucho más versátiles, mientras que los demás grandes simios conservaron una cadencia más uniforme.
El entorno en el que nace la carcajada también resulta esclarecedor. Cuando es la respuesta a las cosquillas, la sucesión de sonidos guarda una uniformidad especialmente marcada. En cambio, durante el juego libre afloran más irregularidades porque correr, empujar, esquivar o cambiar de postura modifica continuamente la respiración. Por ese motivo, los especialistas consideran que las cosquillas ofrecen una referencia privilegiada para estudiar el esquema heredado del ancestro común, mientras que el juego ilustra hasta dónde puede ajustarse ese mecanismo a circunstancias cambiantes.
Cómo la risa ayuda a explicar el origen del lenguaje
La principal aportación de la investigación no consiste únicamente en retrasar el origen de la risa. Su mayor interés radica en que viene muy bien seguir la evolución del control vocal, una aptitud imprescindible para que, mucho tiempo después, emergiera el lenguaje articulado.
Hablar exige coordinar con enorme precisión la respiración, la laringe, la lengua, los labios y numerosos músculos. Ese complejo engranaje difícilmente apareció de forma repentina. Los autores proponen que fue perfeccionándose mediante pequeños ajustes acumulados durante millones de años y que la risa proporciona una de las mejores ventanas para intentar no perderse detalle de ese recorrido, ya que está presente en todos los grandes simios actuales y no se ha librado de rasgos heredados de un ancestro compartido.

Desde esa perspectiva, la creciente flexibilidad observada en los seres humanos adquiere un significado especial. Una mayor facultad para modificar el compás de las vocalizaciones habría ampliado los recursos necesarios para transmitir emociones, responder al entorno e intercambiar información. Los investigadores no sostienen que la risa se transformara directamente en lenguaje, pero sí que ambos comportamientos podrían compartir dinámicas biológicas cuyo refinamiento progresivo terminó haciendo posible una forma de comunicación mucho más sofisticada.
Más allá de las carcajadas
Aunque esta investigación aporta una de las reconstrucciones más completas realizadas hasta ahora sobre la evolución de la risa, sus responsables consideran que aún quedan numerosos interrogantes por resolver. La cantidad de individuos analizados sigue siendo limitada y ampliar la muestra permitirá reconocer con mayor precisión hasta qué punto las diferencias observadas representan a cada uno de esos primates. También resultará interesante averiguar si esa evolución del compás se observa asimismo en otras vocalizaciones o constituye un rasgo especialmente vinculado a esta expresión.
El artículo presenta además una particularidad poco habitual. Buena parte de las grabaciones empleadas fueron obtenidas hace más de dos décadas en zoológicos y durante observaciones de campo, mientras que las correspondientes a los seres humanos procedían de niños de entre seis meses y siete años registrados en situaciones cotidianas de juego junto a sus madres. En vez de repetir aquellos registros, el equipo recurrió a ese archivo sonoro y lo sometió a herramientas estadísticas mucho más avanzadas que las disponibles cuando fue recopilado, lo que hizo aflorar regularidades que habían pasado inadvertidas.
La selección de participantes infantiles también obedecía a un criterio científico. Durante los primeros años de vida, la risa constituye una de las manifestaciones sociales más frecuentes y espontáneas. Compararla con la de otros grandes simios jóvenes reduce el efecto de la edad y ayuda a identificar los rasgos heredados del ancestro común antes de que la experiencia y el aprendizaje remodelen profundamente nuestra manera de comunicarnos.
Como ocurre cada vez con más frecuencia, los investigadores han publicado tanto los datos utilizados como el código empleado en los análisis. Esa iniciativa será muy provechosa para que otros colegas reproduzcan los resultados, incorporen nuevas muestras y den continuidad a una línea de investigación que apenas empieza a exponer todo su potencial.
Quizá la enseñanza más llamativa de este trabajo sea que algunas claves de la evolución humana no permanecen solo ocultas bajo tierra, sino que también sobreviven en comportamientos cotidianos que compartimos con nuestros parientes vivos más próximos. Cada carcajada conserva una arquitectura rítmica cuyos orígenes se remontan mucho más atrás respecto al origen de nuestra especie. Y comprender cómo ese legado ancestral fue ganando flexibilidad ayuda a desvelar no ya la historia de la risa, sino también el prolongado recorrido que acabó conduciendo a una de las capacidades más extraordinarias del ser humano: el lenguaje.
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
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