Si las paredes hablaran: un nuevo ensayo cuenta la historia íntima (y un poco indecorosa) de las casas que habitamos

Imagina que las paredes de tu salón o de tu dormitorio pudieran hablar. No hablarían de batallas, descubrimientos científicos ni tratados de paz, sino de cómo te lavas los dientes, con quién compartes la cama o qué platos cocinas. Esa es la irreverente premisa con la que la historiadora británica Lucy Worsley ha construido su ensayo Si las paredes hablaran. Una historia íntima del hogar.
Conservadora principal de los Palacios Reales Históricos (la organización que cuida edificios como la Torre de Londres, el Palacio de Hampton Court o Kensington) durante años, Worsley tuvo una idea tan sorprendente como original. Investigaría algo mucho menos majestuoso que esos palacios en los que trabajaba: el piso anodino y moderno en el que ella misma vivía. De esa premisa doméstica nació este ensayo que recorre, con un entusiasmo contagioso, ocho siglos de historia británica a través de cuatro espacios del hogar contemporáneo: el dormitorio, el baño, el salón y la cocina.
El libro combina la erudición propia de una conservadora de museo con la chispa y el humor de quien sabe manejarse en los ámbitos de la divulgación. Si las paredes hablaran. Una historia íntima del hogar se convierte así en una auténtica casa-libro sobre el espacio cotidiano más íntimo que habitamos.
La historiadora británica Lucy Worsley presenta en Si las paredes hablaran. Una historia íntima del hogar recorre cuatro espacios de la casa contemporánea: el dormitorio, el baño, el salón y la cocina.

La historia como un reocorrido por las habitaciones del hogar
En lugar de seguir una cronología lineal y previsible, Worsley divide la obra en cuatro grandes bloques temáticos: el dormitorio, el baño, el salón y la cocina. Cada una de estas cuatro secciones se organiza en capítulos breves y muy golosos sobre objetos, costumbres y rituales concretos ligados a cada espacio doméstico: desde la evolución del inodoro hasta la razón por la que la gente medieval dormía sentada, pasando por el uso de armarios privados para contemplar cuadros o los motivos por los que la luz de gas hacía que las damas victorianas se desmayaran.
Este formato fragmentado, casi de enciclopedia de curiosidades, invita a picotear el libro sin perder nunca el hilo ni el interés, algo muy de agradecer en la divulgación histórica. La autora deja claro desde el principio que su intención no es tanto analizar la arquitectura de las casas cuanto mostrar lo que la gente hacía realmente en ellas: cocinar, parir, lavarse, casarse o, sencillamente, dormir amontonados por falta de espacio y de calefacción.
Cada una de estas cuatro secciones se organiza en capítulos breves y muy golosos sobre objetos, costumbres y rituales concretos ligados a cada espacio doméstico.
El dormitorio: ternura, bundling y camas compartidas
El bloque dedicado al dormitorio es uno de los más entrañables del ensayo. Worsley narra, por ejemplo, la práctica inglesa del bundling, por la cual las parejas jóvenes pasaban la noche conversando (vestidas) para decidir si querían casarse, una costumbre que la autora interpreta con optimismo como un primer paso hacia la institución del matrimonio por elección personal y no impuesto por la familia. También nos regala anécdotas sobre las costumbres del sueño de los grandes y poderosos. Enrique VIII, por ejemplo, llegó a viajar con ocho colchones de plumas. Los más humildes tenían que conformarse con dormir sobre simples sacos de paja.
Worsley dedica algunas páginas fascinantes a la falta de privacidad en los hogares. Durante siglos, compartir cama, ya fuera por calor, seguridad o simple falta de espacio, fue lo más natural del mundo. Ese dato, lejos de resultar incómodo, sirve a la autora para celebrar la calidez de una intimidad doméstica muy distinta a la nuestra.
Worsley se atreve a explicar cómo la gente se cepillaba los dientes con espinas de pescado o por qué la invención del inodoro con cisterna tardó dos siglos en popularizarse.

El baño y la cocina: lo escatológico como festín histórico
Si el dormitorio aporta ternura, el baño se convierte en una fuente de humor inagotable. Worsley se atreve, con gracia y sin tapujos, a explicar cómo la gente se cepillaba los dientes con espinas de pescado, por qué la invención del inodoro con cisterna tardó dos siglos en popularizarse, a pesar de que ya existía en el siglo XVI, o por qué durante mucho tiempo se temió comer fruta fresca por motivos higiénicos.
La cocina, por su parte, conecta con el carácter más social de la vida cotidiana: la lactancia, la preparación de salsas o los rituales en torno a la mesa familiar. Worsley logra, con una habilidad admirable, que estos detalles domésticos funcionen como termómetro de cambios sociales mucho más amplios, desde la industrialización hasta la emancipación femenina, sin perder nunca un tono ligero, cálido y cercano.

Un viaje apasionante con un sabor muy inglés
Pese a su título universal, Worsley centra su mirada, sobre todo, en el hogar inglés, con menciones más puntuales a Escocia, Gales, Irlanda o Estados Unidos. Lejos de ser un defecto, esto puede interpretarse como una invitación a buscar otras lecturas que completen el mapa con otras tradiciones domésticas del mundo.
Si las paredes hablaran cumple con creces su propósito divulgativo al convertir lo doméstico, lo cotidiano y lo más íntimo en materia de historia social rigurosa, cercana y entretenida. Worsley demuestra que detrás de un simple colchón de paja o de una cisterna de inodoro se esconde un relato fascinante sobre quiénes somos y de dónde venimos.

Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
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