El nuevo mapa político de América Latina: por qué la región cambió de rumbo

Hubo un tiempo en que las elecciones latinoamericanas parecían girar alrededor de una sola pregunta: cuánto debía intervenir el Estado para reducir la desigualdad. Durante buena parte de las primeras dos décadas del siglo XXI, esa discusión definió el mapa político de la región. La expansión de la izquierda fue la respuesta de sociedades que demandaban inclusión, redistribución y reparación después de las crisis económicas de los años noventa.
Desde Chile hasta Colombia, el corredor del Pacífico sudamericano queda gobernado por administraciones de derecha o centroderecha. Si a ello se agregan Argentina, Bolivia, Paraguay y El Salvador, el mapa latinoamericano presenta una configuración profundamente distinta de la que existía apenas un lustro atrás.
La tentación inmediata consiste en interpretar este fenómeno como un simple «giro a la derecha». Sin embargo, esa lectura resulta insuficiente. Las sociedades latinoamericanas no parecen haber experimentado una conversión ideológica. Lo que cambió fueron sus prioridades.
Durante la llamada «marea rosa»—el ciclo de gobiernos de izquierda y centroizquierda que llevó al poder a líderes como Hugo Chávez, Luiz Inácio Lula da Silva, Néstor Kirchner, Evo Morales o Rafael Correa— la principal demanda social era la inclusión. El crecimiento económico impulsado por el auge de las materias primas permitió financiar políticas redistributivas, ampliar programas sociales y consolidar liderazgos que hicieron de la justicia social su principal bandera. Hoy ese ciclo parece haber llegado a su fin.
En buena parte de América Latina, la inseguridad desplazó a la desigualdad como principal preocupación ciudadana. El crimen organizado dejó de ser un problema localizado para convertirse en una amenaza regional. El narcotráfico amplió su influencia territorial, la violencia urbana creció incluso en países históricamente estables y la migración irregular pasó a ocupar un lugar central en la agenda pública. A ello se sumó un crecimiento económico insuficiente para mejorar las condiciones de vida de amplios sectores sociales.
Las elecciones comenzaron a organizarse alrededor de esas nuevas demandas.
Recuperar el orden
Por eso resulta engañoso hablar de una única derecha latinoamericana. Javier Milei, José Antonio Kast, Daniel Noboa, Keiko Fujimori, Rodrigo Paz o Abelardo de la Espriella representan tradiciones políticas diferentes. Sus propuestas económicas no son idénticas. Tampoco sus relaciones con el Estado, el mercado o las instituciones. Sin embargo, todos construyeron buena parte de su legitimidad sobre una promesa compartida: recuperar el orden.
Ese punto constituye probablemente la mayor transformación política de la región.
En este contexto, la figura de Nayib Bukele adquirió una influencia que trasciende ampliamente las fronteras salvadoreñas. Su principal exportación no es un modelo económico, sino una nueva forma de construir poder político. Llegó al gobierno prometiendo recuperar la seguridad en uno de los países más violentos del mundo y cimentó su liderazgo sobre los resultados de esa estrategia.
Su éxito convirtió a la seguridad en el principal activo electoral de la nueva derecha latinoamericana. Más que copiar las políticas de El Salvador, muchos dirigentes comenzaron a apropiarse de su narrativa.
Frente a un Estado percibido como débil, el liderazgo fuerte. Frente a la burocracia, la decisión. Frente al crimen organizado, resultados visibles. No todos los nuevos gobiernos replican ese esquema, pero difícilmente pueda comprenderse el clima político latinoamericano sin considerar el impacto simbólico que produjo la experiencia salvadoreña.
Pero este cambio trasciende la política doméstica. También modifica el tablero geopolítico.
Durante buena parte del siglo XXI, los distintos gobiernos progresistas impulsaron una mayor autonomía regional frente a Washington. El rechazo al ALCA en la Cumbre de Mar del Plata en 2005 simbolizó ese momento histórico. Organismos como UNASUR y, más tarde, la CELAC expresaron el intento de construir una arquitectura regional menos dependiente de Estados Unidos y con mayor margen de maniobra en un sistema internacional cada vez más multipolar.
El nuevo mapa político sugiere un cambio en la orientación estratégica de la región.
La consolidación de gobiernos de derecha abre una ventana de oportunidad para Washington en un momento de creciente competencia estratégica con China. La mayoría de estas nuevas administraciones se muestra mucho más predispuesta a cooperar con el país del norte en materia de seguridad, lucha contra el crimen organizado, control migratorio y política exterior.
El Brasil de Lula
En ese escenario, Brasil adquiere una relevancia decisiva.
Luiz Inácio Lula da Silva deja de estar rodeado por gobiernos ideológicamente afines y pasa a convertirse en el principal referente de una izquierda regional cada vez más reducida. Si bien el gigante sudamericano continúa siendo la mayor potencia económica y diplomática de América Latina, su capacidad para liderar proyectos de integración regional podría verse limitada por un vecindario con prioridades políticas muy distintas.
Pero el tablero todavía no está cerrado. En pocos meses, los brasileños volverán a las urnas para elegir presidente. Si la derecha recupera el Palacio del Planalto, el giro político alcanzará también a la mayor economía de la región y terminará de consolidar un nuevo ciclo latinoamericano.
Más que un triunfo de la derecha, América Latina parece estar asistiendo al fin de un ciclo político. Durante dos décadas, la región buscó ampliar su autonomía internacional mientras la principal demanda ciudadana giraba en torno a la inclusión social. Hoy, la prioridad es otra: orden, seguridad y eficacia. Ese cambio no sólo redefine quién gana las elecciones. También comienza a modificar la posición de América Latina en el tablero geopolítico mundial.
Porque, al final, la verdadera disputa ya no parece ser únicamente entre izquierda y derecha. Empieza a ser entre dos formas de concebir el lugar de América Latina en el mundo.
Una que procura ampliar la autonomía estratégica de la región mediante una política exterior más diversificada y el fortalecimiento de los espacios de integración propios. Y otra que considera que los desafíos actuales —desde el crimen organizado hasta la competencia con China— hacen conveniente reconstruir una relación mucho más estrecha con Estados Unidos y con las democracias occidentales.
Si ese giro termina consolidándose, la mayor victoria de la nueva derecha latinoamericana no será únicamente electoral. Será haber alterado el patrón de inserción internacional que predominó en la región durante buena parte del siglo XXI.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.ambito.com
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