Starbucks decreta un cierre parcial en Corea del Sur y lecciones de Historia a sus empleados tras una calamitosa campaña publicitaria | elperiodico.com

Cambiarán los empleados de Starbucks por unas horas los frappuccinos por las lecciones de Historia y de sensibilidad social en Corea el Sur. A la multinacional cafetera no la mueve una súbita inquietud por la formación humanista sino la urgente necesidad de sofocar un incendio que amenaza su balance anual: el causado por la mofa de las víctimas de una atroz masacre. No se recuerda en el país una campaña publicitaria más vejatoria y desvergonzada.
Los 22.000 establecimientos del país cerrarán a las 15.00 horas (hora local) del lunes de la semana que vieen para que el personal sea educado sobre «conciencia histórica y sensibilidad social a través de vídeos», según el comunicado oficial. El grupo Shinsegae, que opera la rama surcoreana bajo la licencia de la matriz estadounidense, pretende demostrar «la seriedad» con la que se toma «la controversia y la determinación de prevenir un caso parecido». Chung Yong-jin, su billonario propietario, recibirá la misma medicina junto a sus altos ejecutivos.
Se cumple el mes más convulso para la multinacional desde que desembarcó en Corea del Sur en 1999. Eligió el 18 de mayo, aniversario del levantamiento popular en la ciudad de Gwangju, para promocionar sus nuevos vasos de acero inoxidable para cafés más grandes. Y bautizó la campaña como el «Día del Tanque». ¿Es posible una mayor tropelía? Sí: utilizar el eslogan «Golpéalo en la mesa», la célebre frase con la que un policía describió la muerte de un estudiante detenido. Parece inverosímil que el despropósito superara todos los filtros de una multinacional. También lo parece la explicación ofrecida: los publicistas fijaron la campaña tras consultar a la inteligencia artificial y ningún ejecutivo abrió su email para echarle un vistazo.
La tormenta fue inmediata. La compañía sufrió boicots y muchos se juntaron frente a los establecimientos para gritar eslóganes y romper las icónicas tazas y los nuevos vasos metálicos. Los organismos oficiales abortaron sus lazos con la compañía y el presidente, Lee Jae-myung, clamó en sus redes sociales: «Estoy escandalizado por el comportamiento inhumano de esos mercaderes de baja estofa que niegan los valores de derechos humanos básicos y democracia de nuestro país», escribió. «¿En qué demonios estaban pensando, sabiendo cuántas vidas fueron segadas ese día y cómo aquello afectó a nuestra justicia e Historia?», continuó.
Pérdidas millonarias
Las ventas actuales siguen un 25% por debajo de las habituales. El próximo cierre de media jornada, del que sólo se salvará un puñado de tiendas en aeropuertos, le costará a la compañía 2.100 millones de wons (1,2 millones de euros) en ventas, según la firma IGAWorks. Es calderilla frente a la actual ruina económica y reputacional.
La compañía achica agua desde entonces. El director ejecutivo fue despedido de inmediato. El grupo Shinsegae emitió un comunicado confesándose «profundamente arrepentido por el inaceptable incidente de marketing». Chung, su presidente, añadió otra petición de perdón escrita y una intervención televisada con las tres inclinaciones de rigor. Incluso la matriz de Seattle envió sus disculpas a la Fundación del 18 de Mayo, representante de las víctimas de Gwangju, por «un acto no intencionado pero que nunca debería haber ocurrido». «Reconocemos el profundo dolor y ofensas que ha causado, especialmente a los que honran a las víctimas, a sus familias y a todos los que contribuyeron a la democratización coreana», añadió. La policía surcoreana investiga a Chung y su antiguo director ejecutivo por actividades criminales.
Gwangju es un trauma en la memoria colectiva. Fueron 10 días de mayo de 1980. El dictador Park Chung Hee había sido asesinado y muchos soñaron con la democracia. Pronto despertaron con la asonada del militar Chun Doo Hwan. En varias ciudades brotaron protestas pero ninguna fue tan briosa ni masiva como en Gwangju, de merecida reputación izquierdista. Estudiantes, sindicalistas y políticos pidieron en las calles el fin de la ley marcial, el adiós de Chun y la democracia. Llegaron miles de soldados para sofocarlos a tiro limpio: 166 muertos, según las cuentas oficiales, y más de 2.000, según estudios independientes. Del sacrificio de Gwangju germinó una conciencia que siete años después desembocaría en las primeras elecciones libres.
Durante muchos años fue un tabú y hoy aún es un asunto delicado que divide a la sociedad. Asegura la extrema derecha más cavernícola que quienes protestaban aquellos días eran pronorcoreanos. Son teorías conspiranoicas desmentidas por cualquier historiador sensato pero siguen enraizadas. Yoon Suk-yeol, el expresidente conservador ahora encarcelado, también apeló a fantasmales amenazas norcoreanas cuando dos años atrás declaró la Ley Marcial y mandó los militares al Parlamento.
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