Juan J. Gutiérrez Alonso: 250 años de un milagro

Hay países que nacieron de un proceso de integración histórica, otros de una guerra, de una traición e incluso por un accidente geográfico. Los Estados Unidos de América, en cambio, nacieron de unas pocas ideas.
La primera es «no taxation without representation» («ningún impuesto … sin representación»), dando lugar a una revolución en el sentido más auténtico y genuino. La segunda: el derecho inalienable a la búsqueda de la felicidad. Y la tercera: «We the People» («Nosotros, el pueblo»), que distingue su momento constituyente de cualquier otra nación occidental.
Conviene recordarlo porque un conjunto reducido de ideas es lo más raro y más frágil que puede fundar –y conservar– una nación. Las ideas se degradan, se manipulan y también se olvidan. Estados Unidos vive actualmente este proceso pero, 250 años después del proyecto que alumbró, la mayor potencia conocida sigue en pie. Y se explica en gran medida porque son las ideas de una sociedad de productores.
En efecto, en el Monte Rushmore siguen esculpidas las cabezas de los padres fundadores. Fueron pensadores, pero también gente de acción, con oficio y beneficio. Y, aunque no pocas corrientes han declarado la guerra en los últimos años a monumentos dedicados a personajes históricos, afectando incluso a Cristóbal Colón y a Fray Junípero Serra, a nadie se le ha ocurrido desmantelar este conjunto escultórico a pesar de que la biografía de alguno no encaje en los marcos ideológicos actuales.
De todos ellos, seguramente sean George Washington y Thomas Jefferson los más destacables. El primero es el fundador en sentido originario, el segundo dejó escrita una reflexión que entusiasma a los libres y disgusta a los serviles: que los hombres son creados iguales y están dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables.
La afirmación pone de manifiesto esa contradicción fundacional, es decir, la libertad proclamada y la servidumbre practicada, pero no es la única fractura que recorre la historia estadounidense desde su creación. La distancia entre el ideal y la realidad no fue nunca en América deshonra, sino motor permanente de cambio y reforma. También la causa de su crítica e incluso de su incomprensión, pero ningún otro país, democrático o no, ha debatido tanto sobre sí mismo, con tanta energía verbal e institucional, intentando cerrar esa brecha.
En Estados Unidos se erigió además una estatua de la libertad, no de la igualdad. Y esto, precisamente esto, hizo de este país un lugar inquebrantablemente libre y democrático. Un sistema que llamó la atención de Alexis de Tocqueville, sin duda su mejor estudioso. Allí encontró una articulación muy superior a todo lo conocido, allí identificó las claves del progreso, también los peligros de su destrucción.
Al sistema democrático y la protección de la propiedad privada le acompañó la mayor acumulación de capital conocida. Y con ella, desarrollos técnicos sin precedentes. Desde la expansión del ferrocarril a la conquista del espacio o la industria biofarmacéutica. Todos han provocado una generación de riqueza nunca vista y una electrificante velocidad de cambio que abrió paso a una inmigración masiva. Ningún otro lugar ha conseguido esa energía reformadora tan excepcional ni ha atraído a tanta gente buscando participar de este fenómeno.
Al sistema democrático y la protección de la propiedad privada le acompañó la mayor acumulación de capital conocida. Y con ella, desarrollos técnicos sin precedentes
El milagro estadounidense, que viene a ser el milagro de la libertad contagiosa, marcó un modo de vida y acabó delineando la nuestra sin que lo hayamos apreciado demasiado en unos casos, ni agradecido lo suficiente, en otros.
Por eso hay que recordar esta gran nación en su 250º aniversario. Porque no somos pocos quienes admiramos la capacidad, el talento, el sacrificio y el esfuerzo de los suyos, aunque sean otros ruidos los que se difunden con más frecuencia.
Hay que agradecerles no sólo esa energía transformadora, también la defensa de las libertades económicas, el espíritu emprendedor, que ha permitido expandir un modelo, el capitalismo, consintiendo a millones de personas, desde todo el mundo, participar y beneficiarse de sus avances.
No ha faltado, ni faltarán, quienes nieguen o reduzcan este análisis, encontrando incluso en Estados Unidos la raíz de los males del mundo. Es un clásico de la política exterior, pero el «Yankee go home» («Yanqui vete a casa») siempre fue, en el fondo, «un Yankee go home, but take me with you» («Yanqui vete casa, pero llévame contigo»).
Esto ya estuvo implícito en 1848 cuando irrumpió la fiebre del oro, inaugurando la inmigración masiva desde los lugares más insólitos. Un flujo migratorio que no ha cesado. Unas veces en busca de mejor fortuna, otras como refugio de disidentes y perseguidos. Alemanes, rusos, balcánicos, judíos, chinos, persas, armenios, cubanos, hispanoamericanos de todos los lugares… La lista es interminable, dando lugar a la sociedad más abierta y plural que se conozca.
Hay que agradecerles la defensa de las libertades económicas, el espíritu emprendedor, que ha permitido el capitalismo, consintiendo a millones de personas participar y beneficiarse de sus avances
Pocos pueden dar lecciones de integración a Estados Unidos. Por eso, cuando le preguntaron a Niall Ferguson si le atraía más el Reino Unido o Europa, respondió que el país norteamericano sigue siendo mucho más interesante y dinámico que cualquier otra realidad en el mundo. Y cuando preguntaron a Federico Rampini por la América de Elon Musk, no dudó en explicar que Estados Unidos es el lugar donde nacieron todas las revoluciones tecnológicas que han transformado el mundo en las últimas décadas, convirtiéndose en el sitio al que todos los emprendedores tienen que acudir.
Porque no es solo Elon Musk, sudafricano, también es Jensen Huang, taiwanés, Sundar Pichai, indio, Serguei Brin, ruso, o Andrew Dudum, palestino. Una lista infinita de oriundos de otros lugares que han encontrado allí las condiciones para iniciar y desarrollar sus proyectos, ideas, iniciativas e ilusiones, de las cuales acaba beneficiándose el resto del mundo. Y si el socialismo aflora en los estados de California o Washington, también en la ciudad de Nueva York, entonces se huye a Texas o Florida.
La de Estados Unidos es una historia tan fantástica, y tan frenética, que resulta imposible resumir y destacar unos episodios concretos. Cualquier momento de estos dos siglos y medio resulta apasionante.
Si el socialismo aflora en los estados de California o Washington, también en la ciudad de Nueva York, entonces se huye a Texas o Florida
¿Recordamos la Guerra Civil o las luchas por los derechos civiles? ¿La expansión del comercio de pieles? ¿Los excesos y errores en política exterior? ¿El Macartismo? ¿El surgimiento de una literatura netamente estadounidense? ¿La explosión de Hollywood o la música que enamoró al mundo? Desde el jazz al góspel, Frank Sinatra, Aretha Franklin, Elvis Presley o Michael Jackson.
No se puede olvidar el año 1967. El movimiento hippie y el conocido ‘Summer of Love’ (‘Verano de amor’) . Y con él, la cultura de las drogas y la autodestrucción. Algo que con el tiempo derivaría en una cara oscura de una auténtica revolución cultural que ha servido también para alimentar a todos los enemigos externos de la nación.
No sería justo ignorar aquellos aspectos más discutibles o cuestionables de Estados Unidos como nación y como líder del denominado mundo libre, aquello que nutre el siempre presente antiamericanismo, que explicó Jean-Francois Revel. Las universidades y medios de comunicación, muy mayoritariamente, se dedican con ahínco a este menester y a ellos les dejamos la tarea. Aquí hoy somos contraculturales.
Estados Unidos sigue siendo una sociedad vibrante, no exenta de problemas ni amenazas, eso sí. Nuevas ideologías, movimientos y confesiones han aflorado en el corazón de algunos de los lugares más icónicos de la nación, provocando una fragmentación que sería deseable superar por el bien del único lugar del mundo en el que la fuerza de destrucción creadora del capitalismo, que decía Joseph Schumpeter, ha mantenido e impulsado una sociedad abierta, multiétnica, meritocrática y competitiva.
Feliz cumpleaños, Estados Unidos de América.
Juan J. Gutiérrez Alonso
Academia de las Ciencias de Bolonia
Fuente de TenemosNoticias.com: www.abc.es
En la sección: Internacional
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