«Mi marido se suicidó por lo que vio en el atentado de Hamás el 7-O»

«Cuando hablamos de la guerra, pensamos en explosiones, muertos y heridos, pero también hay heridas y víctimas silenciosas». Irit Ben Arye sabe bien de lo que habla porque es una de ellas. En 2023, Irit perdió a su marido, Haim, tras el salvaje … atentado de Hamás del 7 de octubre. Pero no a manos de los terroristas islamistas, sino de otro enemigo igual de cruel e implacable: el trauma de lo que presenció aquel fatídico ‘sabbat’ que desató las guerras continuas que vienen incendiando Oriente Próximo desde entonces.
Su esposo, con quien llevaba casada 30 años y tenía ocho hijos, era conductor de un autobús escolar en la zona de Sederot, una ciudad a menos de un kilómetro del norte de la franja de Gaza que fue ocupada por los comandos de Hamás durante tres días. «Haim se ofreció voluntario para evacuar en su autobús a los supervivientes del kibutz Be´eri, uno de los lugares más duramente atacados. Unos días después, también llevó a soldados cerca de la frontera con Gaza, a un lugar que describió como una película de horror, con cuerpos masacrados y coches quemados llenos de agujeros de balas», cuenta Irit emocionada, pero también con una entereza sobrecogedora.
«En el caso de Haim, no es solo lo que vio, sino lo que sintió», narra la mujer ante un grupo de medios internacionales, entre ellos ABC, en un encuentro organizado por la Asociación de Prensa Europa-Israel (EIPA, en sus siglas en inglés). Irit no podrá olvidar que, tras transportar a los supervivientes del kibutz a un lugar seguro, «Haim volvió a casa aquella noche llorando, devastado, desamparado. ‘No he podido ayudarlos’, me decía. Y él siempre ayudaba a la gente».
La impotencia ante la masacre de Be´eri, donde fueron asesinadas más de 130 personas y 32 fueron secuestradas y llevadas hasta Gaza, hundió a Haim. Cuando rescató a los supervivientes del kibutz arrasado, lo que más le impactó, según su viuda, «fue el silencio: el silencio de los niños traumatizados y el de los bebés, tan conmocionados que no podían ni llorar». Y es que Haim, nos aclara Irit, «tenía un superpoder para mirar en los ojos de los niños y entender lo que ocurría en su alma. No puedo ni imaginar lo que vio dentro de los ojos de esos niños aquella noche del 7 de octubre. Las heridas psicológicas pueden ser incluso más devastadoras que las físicas».
Haim, que siempre estaba sonriendo y a quien los chavales llamaban cariñosamente «el conductor del bus», cambió para siempre a partir de aquel día. Pero su familia no lo notó. «A veces la gente a la que amamos está sufriendo enfrente de nosotros y ni ellos ni nosotros tenemos palabras para expresarlo. La gente piensa que un trauma siempre parece dramático desde fuera, pero con frecuencia no es así», razona su viuda. Ese fue su caso. Apesadumbrada, Irit se lamenta de «que hay cosas que no supimos cómo interpretarlas entonces. Hay signos que solo se volvieron claros para mí más tarde, como la gente con la que habló o demasiado tiempo viendo las noticias… Pero la mayor parte del tiempo parecía todo lo bien que uno podía estar después del 7-O».
«Cuando rescató a los supervivientes del kibutz arrasado, lo que más le impactó fue el silencio de los niños traumatizados y el de los bebés, tan conmocionados que no podían ni llorar»
Nada más lejos de la realidad. El dolor de Haim iba por dentro, tan profundo y mudo que ni siquiera su esposa pudo percibirlo. Con un nudo en la garganta, Irit nos revela a bocajarro que «el 25 de octubre, dos semanas y media después del atentado y tres días después de nuestro 30 aniversario de bodas, a Haim lo encontraron muerto en su asiento del autobús que tanto amaba». Se había pegado un tiro en la cabeza.
Para su viuda, «esta es la parte más difícil de explicar, pero puede que también la más importante». El motivo es que Haim «era una persona feliz, disfrutaba de la vida, amaba a su familia, le encantaba su trabajo. Era fuerte. Se ofrecía voluntario como conductor de ambulancias y médico. Había pasado por momentos muy difíciles, incluyendo atentados terroristas, y siempre ayudaba a los demás». Por ese motivo, razona Irit, «nadie a su alrededor se dio cuenta a tiempo de lo que estaba sucediendo».
«El 25 de octubre, dos semanas y media después del atentado y tres días después de nuestro 30 aniversario de bodas, a Haim lo encontraron muerto en su asiento del autobús que tanto amaba»
Lo más triste de todo es que, si alguien como él hubiera mirado a los ojos de Haim, quizás se habría percatado de su depresión. «Siempre veía a la persona enfrente de él. Los niños le querían. Los padres confiaban en él. Se daba cuenta cuando alguien se cansaba, cuando un niño estaba demasiado callado», lo describe Irit con amor. Aunque ya lo sabía, se lo confirmó el padre de un niño de su autobús, que fue a verla tras su muerte. «¿Sabes? Haim salvó a mi hijo», le dijo el hombre. Le contó que «un día, Haim detuvo su autobús, se bajó y se le acercó». Le preguntó al padre «si se había dado cuenta de que su hijo no hablaba ni se reía últimamente. El hombre reconoció que no se había percatado. Haim le explicó que, cada mañana, el niño se subía triste al autobús y, cada tarde, se bajaba triste».
Aunque Haim había tratado de charlar con él y animarlo, no lo había conseguido. Por eso, fue a buscar al padre, para que averiguara lo que estaba pasando. «Finalmente, descubrieron que al niño lo estaban acosando en el colegio y nadie lo había advertido. Ni los profesores, ni el director, ni siquiera sus padres. Solo Haim se había dado cuenta», recuerda orgullosa su viuda.
En el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén, fieles con fusiles de asalto al hombro (primera foto) rezan junto a judíos ultraortodoxos (segunda foto y tercera foto), bajo fuertes medidas de seguridad para impedir atentados islamistas. .
(Pablo M. Díez)
Para mantener viva su memoria, Irit habla a menudo con sus hijos sobre su padre, «un héroe que, en momentos de necesidad, no dudaba en ayudar a los demás, por lo que vio y experimentó cosas por las que nadie debería haber pasado». Pero también les advierte de que «lo que hizo papá no está bien. Debería haber pedido ayuda». Y entonces, con la dolorosa lección bien aprendida, pregunta a sus hijos: «Si sentís pena, dolor, oscuridad o soledad, ¿pediréis ayuda? Si eso ocurre, les ruego que lloren, chillen o rompan algo…». A su vez, los hijos responden a su madre con otra cuestión espeluznante: «¿Harás tú también lo mismo que papá?».
Al final, la propia Irit acabó acudiendo a un psicólogo hace un año y medio. Antes no pudo hacerlo porque, según detalla, «tenía que ser fuerte por mis hijos y no derrumbarme». Pero, pasado ese tiempo, decidió que «era mi hora de buscar ayuda. La terapia me sirvió para entender lo que estaba atravesando, digerir mi duelo y volverme más fuerte, para mí misma y para mi familia. Mi psicólogo me escuchó y me ayudó a sacar lo que llevaba dentro. Buscar ayuda psicológica no es un signo de debilidad, sino de valentía».
«Buscar ayuda psicológica no es un signo de debilidad, sino de valentía»
Gracias a esa atención médica, Irit afirma estar «rehaciendo su vida, disfrutando de dos nietos a los que les consiento todo y he reabierto mi corazón a otro hombre que me ama». Pero confiesa que «hay días mejores y peores» y avisa de que «las familias no se curan a la vez, ya que cada persona necesita su tiempo». Aunque su casa estaba llena, recuerda que «había momentos de insoportable vacío», por lo que aprendió muy rápido que «el dolor no llega de forma organizada, sino en olas».
Con este trauma a sus espaldas, Irit Ben Arye se presenta como lo que es: «Una mujer cuya familia ha sido tocada por el trauma de la forma más profunda, y como alguien que ha aprendido paso a paso que sanar no significa olvidar. Y que recordar a alguien es acordarse de su amor, no de su pesar».
Aumento de los suicidios
Como Irit, hay miles de familiares de víctimas y supervivientes del 7-O que siguen traumatizados por aquel brutal atentado y la guerra interminable que desató en Oriente Próximo. Al igual que Haim, algunos de ellos acabaron suicidándose incapaces de superar la tragedia, como Yelena Giler, madre de un joven asesinado en el festival Nova de música electrónica, y Roei Shalev, quien vio morir allí a su novia, Mapal Adam, y a su amiga Hilly Solomon. La madre del propio Roei, Raffaela, también se había quitado la vida una semana después de la masacre. Con todos los frentes abiertos en Gaza, el Líbano, Irán y Yemen, el Ejército israelí ha registrado más de 70 suicidios desde 2023, las cifras más altas de las dos últimas décadas. Porque, como nos decía Irit Ben Arye al principio, «en la guerra hay muertos y heridos, pero también víctimas silenciosas».
Fuente de TenemosNoticias.com: www.abc.es
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