El «pulso» de la censura: El nuevo plan para uniformar los medios del Estado, por Edgar Cárdenas

Lapatilla
El reciente anuncio sobre la integración de la radio, prensa, televisión y multiplataformas del Estado en “un solo sistema, un pulso”, no es un avance administrativo ni una muestra de eficiencia digital.
En términos llanos, es la formalización de la hegemonía comunicacional absoluta dentro del aparato público. Es el último candado que faltaba para uniformar el relato oficial y erradicar cualquier matiz en las pantallas financiadas por todos los venezolanos.
Las altas esferas gubernamentales saben lo que hacen. Lo que adorna bajo conceptos románticos como “territorio sagrado” y “soberanía” no es otra cosa que la puesta en marcha de lo que Louis Althusser definía como el Aparato Ideológico del Estado (AIE).
A diferencia de las tanquetas (el aparato represivo), los medios públicos unificados operan mediante la inyección silenciosa de una línea única. Su meta no es someter por la fuerza, sino moldear las conciencias para que el ciudadano acepte la narrativa del poder de manera dócil.
La falacia de la “verdad única”
El lema prometido es “tejer la verdad que nos une”. Pero la teoría althusseriana nos recuerda que el Estado utiliza estos aparatos para transformar a los individuos en sujetos ideológicos que repitan el guion oficial.
Surge la pregunta obligatoria: ¿La verdad de quién nos va a unir? ¿La de los despachos oficiales que nos sugieren que vivimos en plena felicidad o la del ciudadano que padece el colapso de los servicios públicos?
Al unificar todo el holding de medios estatales bajo una sola batuta, la información gubernamental deja de pretender ser un servicio público y se convierte, oficialmente, en un dogma de fe.
El objetivo es perverso por su simplicidad: no importa si enciendes la radio pública en Apure, sintonizas un canal del Estado en Caracas o revisas sus redes en el Zulia, la superestructura debe transmitir el mismo mensaje exacto. Una coreografía perfecta diseñada para proyectar una realidad paralela donde todo funciona y nadie protesta.
La información no es propiedad del poder
El verdadero periodismo incomoda, cuestiona y fiscaliza al poder. Eso es algo que las plantas públicas venezolanas olvidaron hace mucho tiempo. Sin embargo, esta nueva reestructuración va más allá: busca blindar el relato ante la crisis.
Definir la información estatal como un “territorio sagrado” es trazar una línea divisoria en la arena. Quien se atreva a contrastar la versión de ese “sistema único” con datos reales o denuncias comunitarias, deja de ser un periodista o ciudadano ejerciendo su derecho, para convertirse en un agente desestabilizador.
Venezuela no necesita una coral afinada y pagada con fondos públicos que actúe como la voz de su amo. Los medios del Estado deberían estar mostrando la realidad hospitalaria, escuchando las exigencias de los gremios y abriendo micrófonos a la disidencia, en lugar de perfeccionar los mecanismos de control social.
El pulso real se mueve en la calle
Por más que intenten unificar el relato y sincronizar los relojes de toda la infraestructura comunicacional del Gobierno, el día a día siempre termina desmoronando la teoría.
En la era digital, la aspiración de control absoluto de los Aparatos Ideológicos encuentra severas grietas.
Mientras exista un ciudadano con un teléfono inteligente reportando el apagón de su cuadra, o un portal independiente sorteando bloqueos para contar lo que los canales del Estado callan, ese “un solo pulso” oficialista sonará inevitablemente hueco e intelectualmente deshonesto.
La soberanía informativa no se fortalece aplastando la pluralidad interna ni uniformando a los reporteros de las plantas públicas. Se fortalece permitiendo que la gente compare, critique y decida por sí misma dónde está la verdad.
Todo lo demás es el viejo guion totalitario de la voz única, pretendiendo pasar por vanguardia.
Edgar Cárdenas
Fuente de TenemosNoticias.com: lapatilla.com
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