¿Es posible "Calma y Cordura" en la Venezuela del siglo XXI?, por @ArmandoMartini
Venezuela se encuentra, una vez más, atrapada en el laberinto de sus transiciones inconclusas. Sin embargo, para entender el futuro, a veces es necesario escudriñar en los archivos de nuestra historia. Tras la muerte de Juan Vicente Gómez, el general Eleazar López Contreras heredó un país en ruinas, sin instituciones, con una sed de cambio que amenazaba desbordarse en violencia. Su respuesta fue un lema que hoy resuena con vigencia escalofriante, «Calma y Cordura».
Comparar la Venezuela de alpargatas, bueyes y paludismo con la de las redes sociales y crisis migratoria parece un anacronismo. Pero el reto estructural es el mismo, ¿cómo desmontar un modelo personalista y autoritario sin que el edificio nacional se desplome sobre sus ciudadanos?
En febrero de 1936, López Contreras presentó el primer plan de políticas públicas moderno del país. No fue una lista de promesas electorales, fue un pacto de supervivencia. Hoy, una transición exitosa en Venezuela requeriría un «Programa de febrero 2.0».
Mientras que el enemigo era la malaria, hoy es el colapso de la red eléctrica y la hiperinflación latente. El paralelismo es claro, la legitimidad de un nuevo gobierno no vendrá solo de los votos, sino de su capacidad para devolver la normalidad a la vida cotidiana. Como hizo Alberto Adriani en su momento, Venezuela necesita tecnócratas que hablen el lenguaje de los organismos multilaterales, pero que tengan la interpretación cabal, los pies en el suelo de las necesidades populares.
El mayor obstáculo no fue la oposición, sino sus propios compañeros de armas, los «gomecistas» que se negaban a ceder privilegios. Su éxito radicó en ofrecer una salida institucional; profesionalizar al Ejército y separarlo de la gestión política.
Para la Venezuela actual, la lección es vital. La transición no puede ser una «caza de brujas» que acorrale a la Fuerza Armada, sino un proceso de justicia transicional que permita a la institución militar regresar a los cuarteles con un rol digno y constitucional. La historia nos enseña que un militar con miedo al futuro es el mayor enemigo de la democracia.
Internacionalmente, el escenario ha cambiado. En 1936, el mundo solo pedía petróleo. Hoy, Venezuela es una pieza en el tablero de la nueva Guerra Fría, con intereses de Cuba, Rusia, China e Irán en juego. Una transición moderna debe ser maestra en la diplomacia, garantizar seguridad energética a Occidente sin convertir al país en un campo de batalla geopolítico. El reconocimiento internacional será el oxígeno financiero que López Contreras ya tenía gracias a las arcas llenas del gomecismo, pero que el gobierno de transición actual deberá sudar en cada mesa de negociación.
López Contreras tuvo la grandeza de reducir su propio mandato y entregar el poder de forma pacífica en 1941. Ese es el ingrediente final, desprendimiento. El líder que guíe a Venezuela fuera del abismo actual debe entender que su rol no es perpetuarse, sino ser el puente.
La historia no se repite, pero rima. Venezuela tiene hoy la oportunidad de aprender de su propio pasado para evitar un salto al vacío. La «Calma y Cordura» no es debilidad; es la inteligencia de entender que, para reconstruir un país, primero hay que evitar que se siga rompiendo.
Si algo enseña la historia es que López Contreras triunfó porque no intentó cambiar todo en un día. Entendió que venía de una dictadura de 27 años y que la sociedad necesitaba aprender a ser libre gradualmente. Prefirió un acuerdo mediocre que una guerra civil perfecta. Se aseguró de que, cuando él se fuera, el país no se cayera a pedazos.
Una transición hoy requeriría esa misma «Calma y Cordura», pero con la velocidad tecnológica del presente. El éxito no sería sacar a un grupo del poder, sino lograr que, 10 años después, los venezolanos vean ese periodo como el inicio de una era de estabilidad y no como un simple cambio de mando.
@ArmandoMartini
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