La cocina de mi tierra: Sabores que nos unen

Decir que la cocina venezolana es la mejor del mundo es tan cierto como aquella frase del aguinaldo que inmortalizó Raquelita Castaños: «La mejor hallaca la hace mi mamá».
Confieso que soy profundamente subjetiva cuando se trata de comida. Durante años lo afirmé y hasta lo discutí con convicción: ¡La mejor cocina es la venezolana! Pero con el tiempo, los viajes y los sabores compartidos, aprendí que la gastronomía no compite; se disfruta, se adapta y, sobre todo, se convierte en un puente entre culturas.
Recuerdo que, en uno de nuestros viajes a México, nos llevaron al mercado de Coyoacán a probar los «mejores tacos» de la ciudad, pero en ese momento, además de que el refresco estaba caliente y no tenían hielo, extrañé como nunca los tacos de un pequeño restaurante mexicano de Valencia, que quedaba detrás del rectorado, llamado “La fonda de Guadalupe”, donde eran fabulosos. Con el tiempo, descubrí otros sabores mexicanos que me enamoraron, como el pozole, los chilaquiles y la sopa de tortilla. Hoy, aunque no encuentro epazote en mi ciudad, en mi casa preparamos esa sopa con mucho cariño y sin duda, con su toque criollo.
También escuché elogios sobre la comida peruana. Nunca he estado en Perú, pero en Buenos Aires probé platos exquisitos en restaurantes peruanos. Aun así, como buena venezolana, prefiero nuestra versión del chupe. No es que nos apropiemos de las recetas; simplemente las hacemos nuestras, les añadimos un «no sé qué» y las defendemos con orgullo, sin quitarle su nacionalidad.
Ahora, esta diáspora que vivimos ha llevado nuestros sabores a rincones impensados. Los tequeños, por ejemplo, ya son «españoles» según mi hijo Juanse, quien vive en Madrid desde 2019. Allí, los restaurantes venezolanos abundan, aunque los precios son muy altos: una empanada puede costar seis euros, y una cachapa rellena, hasta dieciséis.
Eso sí, hay debates que no cedemos. Los colombianos pueden discutir si las arepas son suyas o nuestras, pero ¿afirmar que los tequeños son colombianos? ¡Jamás! Mi hermano Juan Pablo lo explicó bien en una conversación en Buenos Aires: «Los Teques es una ciudad venezolana, y de ahí viene su nombre, no pueden ser de otro sitio».
En mi familia, la cocina siempre fue un legado. Mi mamá no era muy apegada a los fogones, pero mi papá tenía un talento indescriptible. Él era quien preparaba las hallacas, «las mejores», según nosotros, hasta el punto de vender tres mil en una Navidad. El historiador valenciano Luis Cubillán, muy amigo suyo, siempre que tiene una oportunidad afirma que eran horribles, pero como dicen: «sobre gustos, no hay nada escrito».
Las recetas también viajaron en el tiempo. Una tía abuela, Luisita Feo Malpica, junto a mi tía Elena Feo Cabrera, crearon un recetario manuscrito fechado en 1920, lleno de términos curiosos: «una puya de onoto», «una locha de harina», “un medio de biscocho de butaque”. Hoy, ese tesoro está en manos de mi hijo César, quien lo traduce con paciencia y amor.
Cuando mi hija Isa emigró en 2016, quise regalarle un libro de recetas con historias familiares y mientras pensaba en el título que le daría al recetario, llegó a mis manos “Recetas para mi Niña”, un libro de la profesora Beatriz Mogollón de Hurtado, la cosa más dulce y tierna que recuerdo haber leído en ese momento, en el que se mezclan consejos para su hija que había emigrado y los resultados de una investigación de recetas familiares. Por cierto que, cuando la felicité, me confesó que, para la receta de la hallaca, había tomado datos de la de mi papá, Juan Correa. Conste que mi padre nunca hizo la hallaca de su mamá, sino la que le proporcionó una investigación sobre la que comió Simón Bolívar.
La cocina árabe llegó a mi vida de la manera más inesperada. No fue por mi matrimonio con un Ramos (familia de raíces libanesas), sino gracias a mi tío Ernesto Feo, quien nos invitó al restaurante Al Manarath en Caracas. Fue allí donde probé por primera vez el kibbe crudo, los tabaquitos de uva y el tabule y quedé enamorada de esos sabores. Años después, al unirme a la familia Ramos, descubrí platos como el shish barak, una sopa libanesa a base de yogurt que hoy preparamos en casa junto a otros manjares de la gastronomía árabe.
Pero hubo una fusión que marcó un hito en nuestra tradición culinaria: la tía Laila Ramos de Sarquís, en los años sesenta, ganó un premio con una receta que unía lo libanés y lo venezolano. Su creación fue un «tabaquito de repollo» con un giro genial: entre el relleno tradicional y la hoja de repollo, añadió una capa de masa de empanada hecha con harina de maíz. El resultado fue asombroso, un verdadero puente entre las dos culturas.
Mis hijos heredaron esta pasión, los tres cocinan muy bien. Mi hermano Miguel Ángel tuvo un programa de cocina en NCTV, “Cocinando y algo más” y su esposa, mi cuñada Lisbeth Ruiz, se graduó de chef. Mi cuñado Lisandro Ramos y su esposa Vallita tienen con su hija mayor Carlis, un emprendimiento gastronómico llamado: “Donde Vallita”, además de un hijo, una hija y un yerno chefs. Mis sobrinas Gisselle y Oriana Ramos son muy buenas reposteras. La cocina, al final, es más que ingredientes: es memoria, identidad y un abrazo que traspasa fronteras.
Al cerrar este recorrido, recuerdo una frase que escuché alguna vez: «La cocina no miente: si le pones amor, el sabor perdura». Y es cierto. No importa si la hallaca es de mamá, de papá o lleva una receta prestada; lo valioso es el calor que se comparte al prepararla y el orgullo de saborear nuestras raíces, aunque estemos lejos de casa.
Porque al final, la mejor cocina no es la más perfecta, sino la que nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos.
Anamaría Correa
Fuente de TenemosNoticias.com: www.el-carabobeno.com
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