Ir al contenido
Opinión

la más hermosa del mundo

📅 🕐 27 Dic 2025🔗 Fuente: TenemosNoticias.com🕑 7 min de lectura
Juan Pablo Correa
Compartir:

Cada diciembre, cuando suenan los primeros acordes de un aguinaldo o una parranda, muchos venezolanos -dentro y fuera del país- sienten algo difícil de explicar. No es solo alegría. Tampoco es pura nostalgia. Es una mezcla íntima de memoria, afecto, comunidad y fe. Por eso, desde hace décadas, se repite una frase que puede parecer exagerada pero que encierra una verdad profunda: la música navideña venezolana es la más hermosa del mundo.

Esto, por supuesto, podría decirse de muchos otros países: cada quien celebra la navidad a su manera y guarda con ella una dosis inevitable de nostalgia, y más cuando se escucha de lejos. En América Latina por ejemplo, la navidad se vive y se canta de muchas maneras. En México, las posadas llenan las noches de villancicos dialogados que recrean el peregrinar de María y José; en Perú, los villancicos andinos incorporan huaynos y lenguas originarias, dando a la navidad un color profundamente local; en Brasil, las folias de reis y las canções de Natal mezclan teatralidad, música y tradición popular, haciendo de diciembre una celebración tan espiritual como festiva.

Por otra parte, en España reinan los tradicionales y antiguos villancicos que traspasan fronteras. Sin embargo, desde mi oficio como músico he compartido muchas veces con colegas de otras nacionalidades, y no son pocos los que, sin halagos ni exageraciones, terminan afirmando que la música navideña de Venezuela es la más interesante, la más variada, e incluso la más preciosa. Lo dicen con total honestidad, con oído atento y criterio profesional, argumentando por ejemplo que los géneros “aguinaldo” y “parranda” son exclusivamente navideños; cabe destacar que en Puerto Rico existen también los aguinaldos y las parrandas, pero rítmicamente son muy distintos a los venezolanos. No se trata de una competencia musical ni de patriotismo ciego. Se trata de entender qué hace especial a nuestra música navideña y por qué genera un vínculo emocional tan poderoso.

En Venezuela, la navidad no es un fondo musical. Es una experiencia sonora activa. No se limita a una playlist al azar, coros profesionales o conciertos formales. Se canta en familia, entre amigos, en la calle, en la iglesia, en el patio, en la casa del vecino, mientras se hacen las hallacas o se celebra la nochebuena.

La parranda venezolana rompe una regla básica del espectáculo musical: no hay público, y si lo hay, es porque la parranda va de casa en casa, estrella en mano, entusiasmando a toda la cuadra. Ahí todos participan. El que no canta, toca; el que no toca, aplaude; y el que no sabe nada, aprende en el camino, baila mientras ilumina el recinto con una franca sonrisa. Esa vivencia convierte a la música en un acto social, casi ritual, donde la navidad no se contempla: se construye entre todos.

Uno de los grandes secretos de la música navideña venezolana es su mezcla de raíces. No se trata de una fusión forzada ni intelectual, sino de algo orgánico, cotidiano y heredado. De Europa llegaron los villancicos, las formas religiosas y ciertas melodías; de África vinieron el ritmo, la síncopa y el pulso corporal; y de los pueblos originarios quedó la sencillez expresiva y el canto comunitario. Su parentesco con el merengue 5×8 la hace más original aún.

El resultado no es una música “folclórica de museo”, sino una tradición viva que sigue evolucionando. El cuatro, las maracas, el furruco, la charrasca y la tambora no son solo instrumentos: son extensiones del cuerpo y de la historia del país.

Recientemente estuvimos compartiendo, aquí en Buenos Aires, en casa de unos amigos canadienses de origen colombiano. Un rato delicioso y pluricultural. Había gente de todas partes, pero en su gran mayoría, venezolanos, argentinos y estadounidenses. Quienes me conocen, tienen que darme un empujón para tocar el piano, y como veinte empujones más para que deje de tocar.

Empezamos con unos carols americanos hermosos, muy tiernos y, además, internacionales. Desde el archiconocido Silent Night hasta Bing Crosby y su inmortal versión de White Christmas, pasando por Mariah Carey y su “All I Want In Christmas Is You”. Los angloparlantes, por supuesto, los cantaban perfecta y alegremente, mientras que el resto apenas balbuceábamos algo parecido a un “wiwichuamerricrismas”, pero sin la menor vergüenza.

Recuerdo a los padres de uno de los chicos venezolanos, ya en su edad dorada, sentados y encantados, escuchándonos con una sonrisa cómplice. De allí pasamos a un par de villancicos españoles, que funcionaron como una transición natural hacia un canto / grito de “¡atención muchacho, mira que vieeeene!” seguido de un espontáneo “weeeeepaaa”, y entonces… ¡se prendió la parranda!

Aquellos señores venezolanos, ya entrados en años, se levantaron de inmediato y se sumaron a la celebración, bailando y cantando como si el cuerpo hubiera estado aguardando justamente ese llamado. Recorrimos buena parte del inagotable repertorio navideño venezolano y, por supuesto, no faltó “Mi alegre parrandón”, del grupo Medioevo, que desató risas inevitables. Y cuando llegó el turno de “El Burrito Sabanero”, estoy seguro de que hasta el extranjero más remoto e introvertido terminó cantando el inevitable “tuki tuki tukituki”.

Y es que aquí lo sagrado no está reñido con la alegría corporal. Se puede cantar al Niño Jesús aplaudiendo, riendo, marcando el ritmo con el pie, mientras laten al mismo tiempo la emoción, la alegría, el recuerdo y la nostalgia, en un agridulce pero perfecto unísono. Ese equilibrio -tan difícil de lograr- es una de las grandes razones de su encanto. La música navideña venezolana no impone silencio reverencial: invita a celebrar la vida.

Las letras navideñas venezolanas no suelen ser grandilocuentes. Hablan de lo divino, lo sacro: la Virgen María, el Niño Jesús, los tres Reyes Magos y hasta la estrella de Belén; por otra parte, tenemos los cantos profanos, que hablan de la casa, los juguetes, la familia haciendo nacimiento y las hallacas, la competencia de cuál mamá hace la mejor hallaca, el vecino que quiere molestar, y hasta de una barca de oro… y otros más emotivos que mencionan o hacen recordar a aquellos que ya no están físicamente -la silla vacía- y, desde hace algunos años, se incluye la lejanía geográfica por razones forzadas -otras sillas vacías o suplidas por una pantalla de un celular-, que a veces arrancan más lágrimas que sonrisas, pero que se endulzan o suavizan con una luz de esperanza de un mañana mejor, un futuro libre. Quizás el rasgo más profundo de la música navideña venezolana es su doble emoción. Celebra, sí, pero también recuerda. Abraza lo que está presente y, al mismo tiempo, evoca lo que falta.

Otra razón de su fuerza es que no exige perfección técnica. No hace falta cantar afinado como solista de ópera ni tocar como concertista. Importa más la intención que la exactitud. Eso hace que la música navideña venezolana sea inclusiva. Nadie queda fuera. Todos tienen un lugar. Y cuando una tradición musical logra eso, deja de ser solo música: se convierte en identidad compartida.

No es música para escuchar en soledad. Es música para reconocerse en el otro. Por eso, cuando alguien dice que la música navideña venezolana es la más hermosa del mundo, quizás lo que está diciendo en realidad es algo más profundo: que pocas músicas logran hacer sentir tan claramente que uno está en casa, incluso cuando está lejos. Hoy no hay enlace de YouTube. Basta elegir el aguinaldo o la gaita que el corazón pida. Cualquiera sirve: siempre llega en el momento justo.

[email protected] 

Fuente de TenemosNoticias.com: www.el-carabobeno.com

En la sección: Destacados articulistas sobre temas de política, Educación, salud, cultura de Valencia, Carabobo y Venezuela

🔂 ¿Te gustó la noticia? Compártela:
Compartir:
🔗 Fuente original: TenemosNoticias.com ·
Etiquetas:HERMOSAMundo

También te puede interesar

¡Copiado al portapapeles!

Mi resumen de noticias

WhatsApp