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Opinión

Reporta al enemigo: manual del buen revolucionario digital

📅 🕐 21 Nov 2025🔗 Fuente: TenemosNoticias.com🕑 5 min de lectura
Reporta al enemigo: manual del buen revolucionario digital
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Hay países que inventan himnos; otros, héroes. El nuestro perfecciona aplicaciones para delatar. En Venezuela, el vecindario se ha convertido en la nueva comisaría y el teléfono en la libreta del comisario. Con la VenApp —esa criatura digital nacida para “reportar baches y fugas de agua”— el poder encontró la forma más elegante de reinstaurar el miedo: ya no se necesita un militar en la esquina, basta un vecino con datos móviles. “Si ves algo, denúncialo”, ordena el presidente con sonrisa pedagógica, mientras Diosdado Cabello advierte en televisión que “el que calla, otorga” y que todos debemos “estar alerta”. Es la pedagogía del espía doméstico: el control como participación ciudadana, la vigilancia como deber patriótico. Así, bajo la máscara del servicio público, se reinstala la vieja paranoia del poder absoluto: el ojo que todo lo ve, ahora con interfaz de usuario.

El resultado es un país donde la intimidad se volvió un riesgo y la desconfianza, un método de supervivencia. La aplicación del Estado y los llamados jefes de calle se funden en un mecanismo que transforma la vida cotidiana en un campo de sospecha. Lo que antes era conversación ahora es evidencia; lo que fue vecindad, hoy es informe. En esta nueva cartografía del miedo, cada mensaje puede ser malinterpretado, cada saludo puede incriminar. Y quienes colaboran —por miedo, por rutina o por prebenda— quizá ignoran que la historia no distingue entre verdugos entusiastas y cómplices silenciosos. Todos quedan marcados. Hay manchas que no se lavan: las de haber participado, por acción u omisión, en la vigilancia del prójimo.

En el fondo, la VenApp no es más que el espejo digital de una sociedad desarticulada, donde la desconfianza se convirtió en política de Estado. El régimen lo sabe: el ciudadano aislado no se organiza, y el que teme a su vecino no protesta. La delación masiva es el sueño húmedo de todo autoritarismo, y en Venezuela ya tiene algoritmo propio. Las denuncias no se tramitan en tribunales sino en pantallas; no hay juez ni expediente, solo notificación y miedo. La represión ahora es invisible, inalámbrica, anónima.

Mientras tanto, la geopolítica afila sus nervios. Con los movimientos de flota norteamericana en el Caribe y los rumores de crisis regional, el poder en Caracas se encierra en su histeria de asedio y multiplica sus reflejos más sádicos. A falta de enemigos externos comprobables, fabrica internos. Y así, la paranoia del régimen se derrama sobre las calles: activistas, periodistas, estudiantes o simples ciudadanos que osaron quejarse por un apagón se convierten en blancos de un aparato que castiga sin proceso, sin sentencia y, muchas veces, sin nombre.

La consecuencia es silenciosa pero devastadora: una nueva migración, menos visible, más triste. No son los titulares de siempre ni los grandes líderes perseguidos. Son los jóvenes que coordinaron un comité vecinal, las maestras que abrieron un centro de formación, los vecinos que compartieron una foto de una marcha vieja o la señora que se quejó por falta de agua en el chat comunitario. Todos ellos ahora preparan la huida o viven con la maleta en la cabeza. Huyen de una represión sin barrotes, de un miedo sin rostro.

Y los países vecinos, especialmente Colombia, deberían entender que esta vez no habrá caravanas ni discursos: habrá silencios, huidas individuales, exilios sin titulares. Llegarán miles, con la mirada baja y el teléfono limpio, escapando de una dictadura que ya no se reconoce por las botas, sino por las notificaciones. Pero allí también los espera la intemperie: un gobierno ambiguo, simpatizante del régimen que los expulsa, y una región que se ha acostumbrado a mirar el horror venezolano como si fuera paisaje.

Al final, la pregunta no es si la VenApp funcionará, sino cuántas vidas romperá. Porque cada vecino que delata, cada jefe de calle que ficha, cada ciudadano que decide mirar al otro como amenaza, está colaborando en el experimento más siniestro del poder: convertir la sociedad en su propia cárcel. Y cuando todo un país aprende a desconfiar del amor, de la confianza y de la palabra, el autoritarismo ya no necesita censurar: basta con que enseñe a callar.

Ningún régimen sobrevive eternamente, pero sí deja huellas que tardan generaciones en borrarse. La del miedo es la más profunda, y la de la delación, la más vergonzosa. Porque el día en que Venezuela vuelva a mirarse sin temor, también deberá reconocer a los delatores, a los jefes de calle, a los indiferentes, a quienes eligieron obedecer a cambio de una cuota de poder o un favor momentáneo. Ellos deberían pensarlo ahora: cuando el sistema al que hoy sirven se desmorone —porque se desmoronará— no habrá avión, ni salvoconducto, ni consulado que los salve.

Sus jefes de hoy los olvidarán, negarán sus nombres y sus servicios, pero sus vecinos —esos a quienes vigilaron, delataron o traicionaron— no lo harán. La memoria de una comunidad es más obstinada que la propaganda del poder y más fiel que los lemas de una revolución agotada. Cuando el miedo se disipe, lo que quedará no será el recuerdo de sus consignas, sino el daño que sembraron. Entonces comenzará otra forma de reparación: la lenta reconstrucción del tejido moral que la delación, la cobardía y la obediencia ciega intentaron destruir. No habrá manual, decreto ni aplicación digital que lo facilite; solo la conciencia despierta de un país que deberá aprender a nombrar su vergüenza para poder sanar. Y quizá allí, en ese reconocimiento, empiece algo más duradero que el castigo: la recuperación de la dignidad.

  • @NixonDominguez | Historiador – Universidad de Los Andes / Magister en Gestión de Gobierno – Universidad Autónoma de Chile. / Instagram: Nixonjds

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

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