Soltera en la ciudad de la furia. Caracas y mi tumbao
Caracas se vuelve ese escenario en donde una mujer soltera que se habita a sí misma encuentra asidero. Últimamente, el bombardeo de las relaciones se ha hecho muy presente en mi vida. No obstante, me resisto a ceder ante el mandato que nos dice que nuestro final feliz es con una pareja que nos complemente. Aunque decimos que buscamos y gestamos nuevas formas de relacionarnos, la verdad es que el emparejamiento está por doquier.
Es una de las cosas que más me cuestiono: el no dejarme llevar por la necesidad impuesta de que “sola no soy suficiente”. Ciertamente, hay días de vacío, hay momentos de soledad abismal, pero la mayor parte del tiempo disfruto la vida que he construido y habito conmigo misma. Como hoy, sábado resplandeciente del cálido agosto, en donde por primera vez en 34 años me llevé al cine sola. Fue una experiencia gratificante y bella; estaba tan emocionada, me compré cotufas y chocolate, me senté en una de las butacas del medio y disfruté cada escena de la película. Paradójicamente, la temática era sobre los vínculos, las relaciones y esa necesidad de las personas de ser elegidas y sentir que son válidas para las y los demás.
Al salir del Trasnocho Cultural, luego de ver libros por largo rato en el Buscón y perderme en Manuela por las Mercedes (porque mi GPS no vino integrado a esta cuerpa), me fui a tomar una margarita en un barcito de Bello Monte. Así llegué a Ruédalo, un lugar que te recibe con una bicicleta pegada a la pared del mostrador, mesas de pool y dos DJs amenizando el ambiente, haciendo vibrar la noche del sábado. Como performance de soltera, entre toda empoderada y mami mami, me senté en la barra, coloqué el casco en el mostrador y, al mejor estilo de película romántica, esperé y observé que las maravillas de Caracas se hicieran presentes.
Creo que nunca he sido una mujer de estar quieta. En esta etapa adulta reconozco en mí que he hecho muchas cosas, aunque con miedo, pero las he hecho, y eso parece ser sinónimo de valentía. Cada cierto tiempo disfruto salir conmigo: llevarme a pasear, tomar un helado, caminar y andar en moto despacito, disfrutando el amor y el solecito que brinda esta ciudad. Es sumamente importante tener tiempo para nosotras; esa oportunidad de demostrarnos que, si estamos con nosotras mismas, no hace falta intentar llenar vacíos. Sin embargo, para las mujeres eso no es tarea fácil: la necesidad de conectar, de desesperarnos y atiborrarnos de amor siempre está latente, pero no es un imposible.
Construir relaciones o vínculos en esta época suele ser angustiante y ansioso, pero de una cosa me he dado cuenta: en este momento no quiero ceder nada de lo que soy y me constituye para abrirle espacio a otras personas. Estar emparejadas no debería implicar construir algo fuera de lo que somos por sí solas. También quiero aprender a edificar nuevas formas de vincularme. Siempre hablamos de utopía y posibilidades; pero cuando nos toca imaginar otras formas de amor, acudimos a las que ya conocemos y nos limitamos a ser felices de la manera tradicional. Y no hablo solo de las relaciones heterosexuales: este fenómeno lo observo también en otras parejas de la comunidad LGBTIQ+.
Siempre converso en terapia con M. sobre la posibilidad de lograr vínculos diferentes a los ya establecidos, porque como seres sociales somos, por naturaleza, creadores de lazos que comunican. No en vano la historia “universal” dice que los seres humanos aprendimos a hablar alrededor del fuego, quizá porque esa necesidad de comunicarnos se hizo presente desde siempre. Tal vez el secreto esté en recordarnos cuánto nos gusta estar con nosotras mismas. Cuando me siento desesperada ante la necesidad de un abrazo, una palabra o una conexión, acudo a mí. Dentro de mi propio ser habita la fuerza que me sostiene y, si me lo recuerdo diariamente, puedo vivir y sobrevivir a los embates de los patrones establecidos y a aquello que hicieron de nosotras, como bien señalaba Sartre.
Ser soltera en Caracas es un territorio propio que habito con placer y libertad. Cada salida sola, cada libro que devoro, cada margarita y cada paseo en moto son un acto de elección. Es un recordatorio de que la plenitud no depende de otros, sino de cómo me elijo y me acompaño a mí misma. Esa noche varios chicos me hicieron ojitos, yo también a unos cuantos y, de vez en cuando, disfruté su atención. Pero estaba conmigo, y eso era suficiente. No me hacía falta más nada; es más, sabía que quería tenerme solo para mí.
En esta ciudad de furia y belleza caótica, con sus luces, sus ruidos y su ritmo impredecible, descubro que mi tumbao, mi soltería y mi alegría están completos sin tener que ceder ni un ápice de lo que soy. Y en eso, quizás, resida la forma más radical de amar la vida.
Seguimos, soltera en la ciudad de la furia. Haciendo etnografía caraqueña.
@niyiree_baptista
Caraqueña, feminista y defensora de derechos de las mujeres. Mujer, madre joven, motorizada sin apuro y observadora cotidiana de las vidas que transcurren en los bordes. Coordina diferentes proyectos sociales y escribe para no enloquecer del todo. Esta columna es su manera de pensar(se) y narrar(se) desde la ciudad y sus mujeres.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.analitica.com
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