Soltera en la ciudad de la furia. Histeria motorizada
07:00 p.m. Manuela y yo en pleno centro de Altamira. Voy por el canal del medio en la Av. Francisco de Miranda. Cambia la luz a rojo y me detengo en uno de los tantos semáforos esparcidos por doquier. Estoy feliz, con un par de birritas en la cuerpa y lista para ir al hogar; de pronto escucho un “brrr… prfff… clac”, y el carburador deja de sonar. Ante mis ojos expectantes, que gritan en silencio: “¡No, por favor, acá no, no en medio del tráfico!”, Manuela decide apagarse.
08:30 p.m.
—Hola, soy yo… Manu se me volvió a apagar.
—¿Otra vez? (risas). Ajá, ¿y qué quieres que yo haga?
—Coño, G., que me ayudes. No entiendo por qué se apaga. Ya la llevé al mecánico, se le cambió la batería, la bujía, se le hizo mantenimiento. ¿Qué carajos puede tener?
—Bueno, yo tampoco sé —respondió con risa sardónica, como si mi relato le divirtiera. En ese momento, una emoción irascible se apoderó de mí. Acto seguido vino una descarga de rabia de 5 minutos en llamada por WhatsApp.
— ¿De qué te ríes? ¡Nojoda!, a mí no me sirve una moto así, imagínate quedarme varada en plena autopista y, además, con todas las luces laterales dañadas. Pasa una gandola de esas que van esmachetadas y me atropella. O peor, me violan en medio de la oscuridad. Y solté un lapidario: ¡Soy mujer!, es distinto. Necesito que esa moto funcione bien.
—Bueno, llévala mañana al mecánico —me dijo.
—Eso es lo que pretendo hacer —respondí secamente.
Estar sin Manuela es una tortura. Dos semanas sin ella y la vida se me puso cuesta arriba, imposibilitada de moverme con libertad. En Caracas, el transporte público es un deporte de alto riesgo. Si a eso le sumamos que vivo lejos, serían dos horas ida y vuelta desde Libertador hasta Chacao, un lujo que, como mujer, madre autónoma y con miles de responsabilidades, no puedo darme. Y pagar un ridery, yummi, yango o beep beep todos los días es un saco roto para mi bolsillo.
Si supiera de motos como sé de feminismos y patriarcado, yo misma la arreglaría. Pero esas habilidades no las tengo, y no porque sea mujer, sino porque serlo hizo que mi socialización fuera distinta. Paradójicamente, aunque crecí en una casa llena de carros y para mí es jerga común hablar de chasis, palancas, correas, amortiguadores, etc., papá nunca nos enseñó a arreglarlos: “Una mujer no sabe de eso y no es algo que deba aprender”, decía.
Cuando llevé a Manu al taller, le explicaba al mecánico que el caucho de atrás se quedaba pegado cuando intentaba acelerar y le pedía que la chequeara:
—Debe ser que estás manejando frenada —me dijo.
—Bueno, tengo tres años manejando moto y eso jamás me había pasado.
—La revisaré —contestó.
Horas después me pasaba un video de las bandas de los frenos jodidas y me soltó:
—Menos mal te pregunté.
En mi cabeza pensaba: “Ajá, si no te hubiera dicho, ni la revisas.”
Mientras Manuela decide apagarse y fallar por toda Caracas, una parte de mí entra en modo estratégico y, como mujer, puedo “aprovechar” esta supuesta debilidad adjudicada para que de pronto aparezcan masculinidades dispuestas a “salvarme”. No es sumisión, es un cálculo urbano aprendido: mostrarme frágil, un poco indefensa, sirve. Es un truco de supervivencia, una de esas tretas del débil de las que hablaba Josefina Ludmer, donde la debilidad aparente no es signo de derrota sino herramienta de poder.
Se trata de resistir la ciudad patriarcal y el ninguneo de los hombres (no todos), empleando las reglas no escritas de la urbanidad; en este contexto, donde las mujeres se enfrentan a riesgos específicos por su género, la vulnerabilidad aparente se transforma en un recurso táctico que permite conservar cierto control sobre la situación y negociar la supervivencia y la autonomía dentro de un espacio social que, de otro modo, nos desautoriza.
Como cuando un par de pacos me compartieron gasolina para que llegara a la estación de servicio; o el tipo que me dijo: “Tranquila, mami, echa gasolina sin miedo, que yo pago”; o cuando otros motorizados aliados me empujan la moto y la revisan, mientras me dan instrucciones de manera paciente: “¡Vas a tener que darle piano a piano, por el carril izquierdo, suave, parece que es algo eléctrico!”. Y hoy Manu sigue en el taller.
niyiree_baptista
Caraqueña, feminista y defensora de derechos de las mujeres. Mujer, madre joven, motorizada sin apuro y observadora cotidiana de las vidas que transcurren en los bordes. Coordina diferentes proyectos sociales y escribe para no enloquecer del todo. Esta columna es su manera de pensar(se) y narrar(se) desde la ciudad y sus mujeres.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.analitica.com
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