Uno de los primeros trabajos de la ministra de Cultura Yannai Kadamani fue como ‘estatua’ en un centro comercial; es maestra en artes escénicas y su fortaleza es la danza. Ha caminado y recorrido todo el país en buses o en canoa. Su belleza —para sus críticos— se convirtió en el origen de un supuesto, y falso, romance con el presidente Petro, pero su punto de encuentro fue su visión compartida sobre las regiones. Esta es la historia de una mujer que se formó en dos mundos, el de una familia acomodada y el de otra de clase media baja, que vio el país desde los ojos de su mamá, una periodista de izquierda que le contaba historias de la Colombia más profunda y de campesinos que creían que la Luna estaba pegada en el cielo.
¿Por qué no? La ministra Yannai Kadamani se devolvió del estudio de Pablo Salgado, en el norte de Bogotá, hasta el Teatro Colón para recoger sus vestidos de baile para estar frente a la cámara; desde que asumió el cargo de ministra se había impuesto una especie de veto para no verse tan llamativa en fotos, pero la propuesta de bailar en un estudio era una tentación irresistible. Kadamani representa el monstruo del Estado y el peso de la burocracia cultural, la antítesis de la libertad artística. Su pasión es la danza y trabajar; desde que asumió la cartera ha tenido que apagar los ruidos sobre una supuesta incapacidad para llenar esos zapatos por factores como su juventud, su profesión y hasta su belleza, por la que —incluso— con una alta dosis de veneno la han vinculado amorosamente con el presidente Petro.
La ministra de Cultura Yannai Kadamani. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
Tiene 32 años. Es maestra en Artes Escénicas de la Universidad Distrital y en Formación Artística de la Universidad de Costa Rica; cuando se graduó se internó en el interior de Colombia y profundizó en el estudio del cuerpo como lienzo de la cultura que habita desde niña con la riqueza de dos mundos: el que vive en Colombia y el que heredó de Medio Oriente. Su abuela es libanesa drusa, una corriente del islam chiita que combina prácticas del judaísmo, el cristianismo y hasta de la filosofía griega. Es una de las comunidades más antiguas del reino de Sham y su fe se basa en un dios absoluto. Ese principio, que la ministra llama lo “sagrado universal” y que reconoce lo divino sin diferencias polarizantes, ha sido su brújula. Lo encontró en las cosmovisiones indígenas y trata de integrarlo a la política. Odia los sectarismos y las categorías.
Yannai Kadamani es la tercera ministra en la cartera del gobierno Petro. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
Llegó a lo público gracias a su trabajo en los territorios. Con poco más de veinte años, acompañó procesos de transformación social en comunidades indígenas y campesinas a través del arte. Esa experiencia, pese a su ‘bogotanidad’, le enseñó a montar en chalupa y viajar a lomo de mula.
Sus inicios siguen la huella de su madre, una periodista de izquierda que recorrió trochas y veredas de todo el país. Su lado materno proviene de una clase media baja. El paterno, por el comercio de telas de su familia libanesa, le dio cierto capital y una vida relativamente acomodada, pero ella estudió en la Universidad Distrital y sus primeros trabajos fueron ‘chingas’ de 25.000 pesos al día y también trabajó como niñera en Estados Unidos. Conoció a Gustavo Petro cuando aún era candidato y líder opositor. Ella, entonces, era una de las voceras de las organizaciones indígenas, una lucha que el hoy presidente abanderó durante su campaña. Ya en el poder, impresionado por su interlocución y por la forma en que asumió esa causa como propia, la nombró en el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes en la coordinación de Danza.
Yannai Kadamani, ministra de cultura. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
Kadamani aceptó convencida de que el único espacio para generar un impacto social mayor es lo público. Su más reciente coreografía es con el Estado. En sentido figurado y literal: se puso la trusa y participó en la puesta en escena conmemorativa de los 500 años de Santa Marta. No conoce el Líbano, aunque sueña con visitarlo y, de paso, recorrer Siria y Palestina, país sobre el que asegura, con firmeza y a cuatro voces, que se está cometiendo un genocidio.
¿Si la llaman por su nombre o le dicen ministra nada más?
(Risas)Tengo muchas versiones del nombre, pero siempre comprendo y no me molesta.
Colombia está acostumbrada a relacionar a la mujer por su afinidad o su relación con el patriarca, con el jefe, con el hombre. No me pasa solo a mí. Si tú te das cuenta, a cada mujer joven que llega al Gobierno se le relaciona íntimamente con el presidente, y esa es una tendencia que tiene el país y el mundo, de leer a la mujer por la relación que tiene con la figura del poder.
Usted tiene ascendencia libanesa, ¿cuál es el significado de su nombre?
Soy descendiente árabe por parte de la familia de mi padre, árabe mediterránea, de lo que en su momento se conocía como la tierra de Sham. Me gusta recordarlo así, porque no se limitaba solo al Líbano, de donde es mi familia, sino que abarcaba también Siria, Palestina, Jordania… esa región del Mediterráneo es de la que provienen los Kadamani, y de donde viene también mi nombre. Mi abuela siempre me recuerda que mi nombre significa “mi bien”, una posesión preciada. Ella es drusa, parte de una fe sincrética. En el mundo medioriental hay muchas mezclas de creencias distintas, y yo crecí con esa idea de mezcla como una construcción natural. Los drusos tienen una fe que tiene sus raíces en el islam chiita, pero que también dialoga con el judaísmo, el cristianismo e incluso con la filosofía griega. Uno empieza a complejizar la fe y, al mismo tiempo, a simplificarla. A entender que lo sagrado, lo universal, está presente en todas las religiones.
¿Esta corriente es menos ortodoxa?
Es distinta, se aborda de manera distinta, pero por su misma complejidad tiende a ser menos radical en muchos lugares.
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¿Qué religión profesaban en su casa?
Siempre fue una mezcla, una especie de confusión, porque mi abuela venía con toda la tradición drusa, pero la familia comenzó a tornarse algo católica. En la casa de mi madre, por otro lado, no sé si se consideraban ateos, pero no había un arraigo profundo en la religión. Entonces crecí en esa suerte de difusión religiosa que me permitía creer y no creer, preguntar, cuestionar.
Elvira Alvarado, ‘la mamá de los corales’ en Colombia, es la nueva portada de la Revista BOCAS. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
¿Creció en Bogotá?
Toda mi vida, mi niñez, mi juventud y ya, en este caso, mi adultez, la he vivido en Bogotá. Siempre ha sido mi lugar de residencia. Sin embargo, al salir de la universidad comienzo no solo a tener una interacción con el mundo extranjero, sino también a descubrir la Colombia regional, que hasta entonces me era totalmente desconocida. Siempre fui una mujer muy urbana, y fue entonces cuando empecé a darme cuenta de que Colombia no es solo Bogotá ni las grandes ciudades como Cali, Medellín o Barranquilla. Empecé a conocer la diversidad territorial, regional y cultural que realmente es el país.
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¿Se sentía minoría en Colombia?
Hubo mucha migración desde el Mediterráneo en los años 80; muchos llegaron específicamente al Caribe, y ahí comenzó toda una mezcla entre lo árabe y lo latino, con una fuerte influencia afro que había llegado desde 1525 con los esclavos. Por eso se dice que el Caribe es una de las regiones más multiculturales por excelencia. Algunos de nosotros bajamos hacia el centro del país, y así empezaron a formarse distintas diásporas y mezclas que hoy representan lo que es Colombia. Más que discriminación, lo que sentía de la gente era una especie de curiosidad. Y eso sigue pasando. Más que por mi nombre, lo que llama la atención son los rasgos, que suelen ser más expresivos. Surgen dudas, preguntas, pero nunca he sentido discriminación. Si algo tiene el interior, y yo quiero mucho a Bogotá, es que, al estar construida desde la mezcla, tiende a ser muy receptiva con lo distinto, con lo diferente. Al menos en ciertos sectores, en algunos espacios.
Su familia es acomodada, clase media. ¿Con qué comodidades creció?
Lo mismo que me ocurría a nivel cultural, con los valores, las prácticas, la religión, me pasaba también en lo material. Se puede decir que la familia de mi padre, trabajadora, migrante árabe, comenzó mercantilizando telas. Con el tiempo, lograron un capital adquisitivo importante y llegaron a lo que podría considerarse una clase media-alta. La familia de mi madre, en cambio, era de origen más popular; mi abuela venía de Cajamarca, se instalaron aquí en el interior del país, pero siempre manteniendo una condición de clase media, algo baja. Yo siempre habité esa frontera.
¿Por qué llegan sus abuelos a Colombia?
Mi abuelo paterno, Salomón Kadamani, fue el primero en llegar, buscando salir adelante. Hay una historia muy bella que cuenta mi familia: el hermano de mi abuelo trabajaba ayudando a los turistas a montar camellos, y un día le entregó una moneda de oro, la única que les quedaba, y le dijo: “Vaya a América, hágase una vida y mire si podemos salir de aquí y llevar a la familia”. Mi abuelo llegó y lo primero que hizo fue comprar telas. Ese fue el inicio del imaginario del árabe negociante. Recorrió todo el Caribe vendiendo telas, y así comenzó a construir el capital que más adelante nos permitiría establecernos en el interior del país. Es una historia muy hermosa. Luego trajo a su esposa, mi abuela, y aquí construyeron toda una familia.
¿Y por qué Colombia?
Hay otra anécdota muy graciosa: le dijeron “vaya a América”, porque en ese entonces la gente reconocía que en América existía una oportunidad de desarrollo. Pero nunca especificaron cuál América (risas). Así que terminó en el sur, después de un viaje en barco de dos meses. Y ya estando acá, pues ni modo de irse a otro lado.
¿Cómo se conocieron sus papás?
Fue un encuentro muy casual, en todo caso. De esos que solo se dan en la ciudad: dos personas que se cruzan en la calle, se reconocen, se agradan, se invitan a salir… y así comienza toda una historia de deseo, amor, pasión y también de tensión.
¿Por qué tensión?
Porque tenían valores culturales completamente distintos. Lo que al principio fue un foco de seducción, con el tiempo, en la convivencia, empezó a pesar. Mi madre siempre tuvo una tendencia más revolucionaria, con un pensamiento popular, crítico. Mi padre, en cambio, era más tranquilo. No podría decir que fuera indiferente a la realidad social, porque siempre ha estado muy cercano a ella, pero sí tenía un nivel de estabilidad que le permitía navegar la vida de forma más serena, algo que mi madre no se permitía. Ella tenía un ansia constante, un espíritu de rebeldía, de resistencia, de búsqueda de una mayor equidad para la sociedad. Creo que eso terminó fracturando la relación. De todas formas, hoy se llevan muy bien, pero sí decidieron distanciarse, y yo crecí en una familia divorciada.
¿Era niña cuando se separaron?
Tendría unos seis, siete años.
¿Con quién se quedó?
Con ambos, todo el tiempo. Siempre he sido una persona que no toma caminos estrictos. Creo que el ser humano, en sí mismo, es un ser complejo; no es un ser de blancos y negros, no es binario. Estaba con mi madre, con mi padre, convivía con los dos, pasaba tiempo con ellos y me alimentaba de sus reflexiones y valores culturales, sin juzgar al uno ni al otro. Eso me generaba preguntas, cuestionamientos… y por eso llegué al arte. ¿Por qué? Porque tenía tanta confusión en la cabeza, pero también tanta riqueza, que el arte me permitía seguir buscando una identidad. Quién soy, por qué. Y eso es justamente lo que el arte permite: al representar otros personajes, al estudiar dramaturgias, al profundizar en las psicologías de los personajes, uno también se va entendiendo a sí mismo, va descubriendo quién es, quién quiere ser y desde dónde quiere construirse.
¿Por qué la danza?
Empiezo estudiando en la Academia Superior de Artes de Bogotá, una universidad pública, distrital, justamente con ese ímpetu, como todo adolescente, de seguir buscando, indagando, representando personajes. Ingreso a la carrera de Artes Escénicas con énfasis en actuación. Me gradué como actriz y, ya luego, en una discusión que fue tanto académica como sensible, comencé a entrar en el debate, muy presente en el medio, entre la representación y la presentación. Empecé a sentirme mucho más fascinada por la experiencia que por la representación del mundo, que es el teatro. Creo que, en la danza, y a través del estudio del cuerpo, la experiencia se vive de una manera mucho más tangible. La pedagogía del cuerpo permite movilizar lo más concreto que tenemos, nuestro cuerpo. A partir de esa reflexión, terminé complementando mi formación con una maestría en danza en la Universidad de Costa Rica.
¿Cómo le tocó vivir las ‘verdes y las maduras’ del camino del arte?
Siempre fui una mujer que decidió asumir la responsabilidad económica de su vida, sola. Traté de alejarme de los beneficios que me entregaba mi familia y pasé por trabajos no deseables o duros en su momento. Me fui construyendo desde ese lugar, sin ninguna expectativa, pero con la certeza de que ese era el camino que quería seguir.
Yannai Kadamani estudió en la Universidad Distrital. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
¿Qué situaciones duras tuvo que vivir?
Mi primer trabajo fue en lo que los artistas llamamos una ‘chisga’, que nos contratan para hacer o comerciales o eventos en centros comerciales o para hacerles propaganda a ciertas marcas. Estaban haciendo una promoción de un producto, ya no me acuerdo de qué, y a mí me contrataron para hacer una estatua viviente. Las estatuas que tú ves en la calle, pintadas de un solo color e inmóviles por mucho tiempo. Me pagaban, recuerdo, 25.000 pesos diarios. Ya luego pasé por otra cantidad de chisgas y después viajé al exterior, a Estados Unidos, donde trabajé como nanny.
Me contaba que su madre era revolucionaria, tenía un espíritu de lucha social. ¿Hizo parte de algún movimiento, algún grupo?
Mi madre siempre estuvo vinculada al activismo social, siempre desde el estudio académico. Sin duda, en su momento, a través de los viajes y el relacionamiento con comunidades en distintas regiones de Colombia. Fue ella quien, después de que terminé mis estudios, comenzó a involucrarme en mis primeros trabajos relacionados con el trabajo con comunidades indígenas.
Pero para la época era habitual que los movimientos de izquierda terminaran armándose…
Ella estuvo más desde el periodismo, que es su profesión. Le gustaba cubrir lo que estaba pasando y, a través del periodismo, generar una suerte de pensamiento crítico, que en esa época no era tan fácil ni tan bien recibido. Le apostó a eso, siempre con la fuerte convicción de que era posible encontrar un mundo mejor. Ya luego se fue desencantando, debo decirlo. Y aunque sigue manteniendo una convicción muy fuerte, también reconoce que los cambios y las transformaciones sociales toman su tiempo y no son tan sencillos como uno podría creer.
Cuál es la experiencia más conmovedora que le contó su mamá durante sus años de “lucha por la equidad”, como usted lo llama.
Hay una que se queda grabada en mi memoria. Caminando con una comunidad de campesinos por la selva me cuenta que uno de ellos mira al cielo y le pregunta si ella sabe con qué está pegada la Luna. Ella no entendía muy bien, no sabía si era una broma o qué era lo que sucedía, pero se acercan otros campesinos y le preguntan lo mismo, entonces ella se para a conversar con ellos y les explica cómo funciona el sistema solar. Uno de ellos representaba el Sol, otros representaban a los planetas y les dice: “no, la Luna no está pegada con colbón, es un sistema”. A mí esta historia me genera muchas preguntas y muchas reflexiones sobre la diferencia de la cognición cuando no hay una formación académica y cómo se puede percibir el mundo a través de otras maneras que no son las occidentales o las que académicamente se han estandarizado.
Me da curiosidad su respuesta porque no habla de brechas de educación sino de cosmovisiones diferentes, igual de respetables…
La reflexión del socialismo material es: sin duda hay una brecha en el acceso a la educación. Entonces lo que tenemos que hacer es combatir esa brecha. Pero por el otro lado está la pregunta de si el desarrollo está en garantizar un acceso a la educación establecido y parametrizado o hay otras formas de conocimiento y de acercarse a la realidad. Yo creo que entre las dos se puede navegar y se puede construir un poco más de equidad, sin estandarizar el conocimiento.
¿Cuándo empieza usted a caminar junto con su mamá al lado de las comunidades?
Hace unos 10 años, desde los 20 años estoy en ese caminar. Primero como observadora. Escuchándola, viéndola, escuchando su música, sus reuniones, sus llamadas, su mundo, desde la observación. Ya luego empiezo a ser parte activa. Me vinculé a la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC) y allí empiezo con mi bagaje profesional todo un proceso de investigación en arte y cultura tradicional. Y ahí es donde empiezo a conocer a Colombia en su diversidad. Sé lo que es coger una canoa o una chalupa para llegar a un territorio ancestral. Sé lo que es coger una avioneta para desplazarse a un territorio, las dificultades que eso refleja, pero también la pureza de esos espacios al no tener ningún contacto con el mundo occidental, y empiezo a tener una lectura mucho más profunda de lo que es Colombia.
Yannai Kadamani Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
¿Se asoció con alguna corriente política o algún movimiento de izquierda?
Yo detesto las categorías culturales y políticas porque le han hecho mucho daño a la crítica cultural y a la construcción social. La política, aparentemente en su complejidad, es demasiado simple porque todos son juegos contrarios y binarios. Están los buenos y los malos, es Estado o es mercado, es dictadura o es democracia, ergo es derecha o es izquierda. Yo creo que cada corriente tiene unas particularidades, no se puede desconocer, pero la política es mucho más compleja que eso. Los seres humanos tenemos nuestras contradicciones y de la misma manera deberíamos entender el sistema y el Estado para encontrar soluciones más integrales.
Y en esta realidad de matices que describe, en qué parte se ubica…
Para mí es indispensable la búsqueda de una sociedad con equidad y justicia compartida. Esa es una convicción profunda por haberla transitado, vivido, experimentado…
Dos de sus referentes de vida son sus abuelas, ¿por qué?
Porque me permitieron vivir la experiencia de tener dos valores culturales completamente distintos, pero absolutamente complementarios y que son capaces de sentarse a conversar y a construir una forma integral y colectiva de habitar el mundo. Por eso es que la admiración es absoluta, porque nunca se generó un prejuicio, un sesgo, a pesar de ser de clases sociales distintas, de religiones distintas, comidas, estéticas, siempre existió una disposición para reconocer al otro en su diferencia.
Usted dice aborrecer el sectarismo, pero en el Gobierno Petro hay funcionarios bastante radicales, ¿cómo convive con ello?
La política no debería buscar que todos pensemos o nos gestionemos de la misma manera. Hay personas que por su biografía han experimentado ciertas situaciones, han heredado dolores, cargas, y por eso tienen estas posturas que son completamente legítimas. Todos tenemos formas distintas de ver el mundo y de reaccionar frente a él.
Es decir, los radicalismos también son válidos…
No hay verdades absolutas. Uno puede organizarse con los que piensan y sienten similar a uno para construir modelos de desarrollo comunes, pero la democracia se trata de aprender a habitar con la oposición y los radicalismos.
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¿Pero no considera que mensajes como los del ex jefe de Despacho Alfredo Saade sobre la reelección del presidente se alejan de este ideal de construcción de Nación?
Yo creo que estamos en un momento en el que las emociones empiezan a ser muy reactivas y se empieza a ser desacertado en el discurso porque hay mucha emocionalidad en la política. Y, aunque defiendo la diversidad política y cultural, considero que se requiere prudencia cuando se ostenta un cargo del que muchos dependen y hay que responderle también a lo que la gente votó en su momento. Todos los funcionarios de este gobierno deberíamos responder a esta premisa.
¿Cómo lidia con la incertidumbre de ser relevada en cualquier momento?
Es absolutamente normal que el primer gobierno de un centro izquierda o de izquierda genere este tipo de cambios porque debe empezar a entender cómo funciona el mecanismo del Estado y eso requiere unos cambios y unos aprendizajes.
¿Qué tarea recibió del presidente?
Los tres ministros que hemos pasado por la cartera hemos tenido una política cultural clara. Una política de diversidad, de multiculturalidad, de descentralización y de cambio en la estructura de valores culturales. Y eso ha permanecido a pesar de los cambios.
Yannai Kadamani Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
¿Un artista puede ser ministro?
Si algo le hace falta al sistema estatal de este país es sensibilidad y creatividad para manejar el Estado de otras formas. Esta idea de la tecnocracia o los perfiles administrativos o jurídicos para manejar el Estado es errada. Si bien se tiene que tener un conocimiento para gerenciar el Estado, lo que más se requiere, y es el cambio que se está postulando, es humanizar las instituciones. Es la primera vez que los tres ministros hacemos parte de una disciplina artística y esto es lo que ha potencializado las acciones en gestión. Además, a pesar de que el sector de la cultura siempre ha sido más rezagado, en esta administración cobró un valor histórico. En estos tres años el Gobierno nacional le asignó a la cartera un presupuesto que jamás había tenido.
¿Se ha sentido cómoda en lo público? Cómo le ha tocado este baile…
Bueno, como todo… sus virtudes y sus vicios. Las virtudes, poder responder a las necesidades de un sector que conoces a la perfección porque vienes de ahí y tienes la sensibilidad y ahora la técnica para poder cubrir lo que hacía falta. Y todos sus vicios, porque el mecanismo del Estado está viciado por muchos procesos burocráticos que han impedido que sea un Estado democrático.
¿Cómo hace el salto a lo público?
Empiezo a darme cuenta con mi trabajo en las comunidades indígenas que si se quiere hacer un cambio, que es estructural, se tiene que hacer desde el Estado. Empiezo a inclinarme por la gestión pública y paso de la ONIC a otra organización dentro de la mesa permanente de concertación, y ya con esta experiencia es cuando me llaman para ser parte del Ministerio de Cultura en la Coordinación de Danza. Ese fue mi anclaje para empezar a trabajar desde ese lugar.
¿Cómo conoce al presidente Petro?
Yo al presidente Petro lo conozco justamente en el trabajo con las comunidades indígenas, reflexionando acerca de la memoria en Colombia. Eso era lo que estaba tratando de hacer a través del ejercicio de investigación corporal con las dos organizaciones indígenas. Allí aparece él en todo su caminar por Colombia, reconoce el trabajo que estábamos haciendo desde los territorios y empezamos a vincularnos.
Yannai Kadamani Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
¿De dónde cree que nace el ruido sobre una relación amorosa entre usted y el presidente?
Colombia está acostumbrada a relacionar a la mujer por su afinidad o su relación con el patriarca, con el jefe, con el hombre. No me pasa solo a mí. Si tú te das cuenta, a cada mujer joven que llega al Gobierno se le relaciona íntimamente con el presidente, y esa es una tendencia que tiene el país y el mundo, de leer a la mujer por la relación que tiene con la figura del poder.
¿Cuál considera usted que es la mayor virtud y el mayor defecto del presidente?
Gustavo Petro es un ser incorruptible. Qué hombre tan honesto y con una convicción profunda por la igualdad y la equidad social. Eso no lo pongo en duda. ¿Falencias? Creo que haber pertenecido durante tantos años a la rama legislativa genera una disrupción entre los ideales y lo que realmente se puede materializar, y él se frustra si no ve resultados rápidos.