la joven DJ, los amigos que regresaban de la parranda y las historias ocultas detrás de las cifras que el país no quiere ver
📅 🕐 21 Sep 2025🔗 Fuente: eltiempo.com🕑 7 min de lectura
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Entre enero y agosto de 2025 se registraron 60 masacres en Colombia, con un saldo de 204 víctimas, de acuerdo con cifras del Ministerio de Defensa. Pero 60 es solo un número, no muestra la magnitud de la violencia, como si lo hacen las historias de Nixon, Juan Manuel, Massiel y las 204 vidas que se han perdido este año en homicidios colectivos en el país.
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Uno de ellos es Nixon, quien no solo era devoto a su comunidad, sino a Dios, al ser miembro de la Confederación Colombiana de Libertad Religiosa, Conciencia y Culto, en la vereda Pueblo Seco, en Calamar. Todos allí se conocían entre sí, pues el caserío no superaba las 30 casas. Se reunían en la cancha a las seis de la tarde para jugar un partido de fútbol y charlar con tinto en mano. Los fines de semana, algunos se encontraban en la Iglesia Cuadrangular, que Jaime Caicedo construyó con tablas de madera, y otros viajaban a Calamar, a la Iglesia de la Alianza. Más que una comunidad, eran una congregación. Pero eso fue antes de la tragedia.
Habitantes, autoridades y familiares de las víctimas de la masacre pidieron cese de la violencia. Foto:Mauricio Moreno
Tras más de tres meses desaparecido, junto con otros siete de sus amigos y compañeros de culto que también fueron raptados, fueron hallados en una fosa común sus cuerpos sin vida y con visibles señales de maltrato. Se trató de Jesús Valero, Isaíd Valero, Óscar Marín y Nixon, quienes participaban en la junta de acción comunal; así como Marivel Silva, Isaí Gómez, Maryuri Hernández y James Caicedo, quienes eran líderes de la iglesia cristiana.
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El violento final que dieron a sus vidas las disidencias de las Farc, acusándolos sin prueba alguna de pertenecer al Eln solo por haber llegado cinco años atrás desde Arauca, dejó desoladas no solo a sus familias, sino a toda una comunidad que ahora está en riesgo de desaparecer. Tras la masacre, la mitad de sus habitantes se fue y la cancha de Pueblo Seco, que alguna vez fue sinónimo de encuentro y familia, ahora tiene el pasto sin guadañar; las iglesias, antes llenas de cantos, ahora son refugios del silencio y la planta de maracuyá murió hace meses esperando que su cuidador volviera a regarla y atenderla. Pero este no es un caso aislado, las masacres en Colombia cada vez roban más vidas de colombianos en una crisis de seguridad que parece no dar tregua.
La última fiesta de tres amigos en Magdalena
Entre sombreros vueltiaos, toros y cabalgatas, Juan Manuel Cantillo, Enrique Fontalvo y Darlinson Cantillo se unieron a la alegría desbordada de las fiestas patronales de San Roque. Habían viajado a Monterrubio el sábado 16 de agosto, acompañados de su grupo de amigos, como suelen hacerlo los jóvenes de la región cada vez que algún pueblo cercano enciende la música y el jolgorio.
Los jóvenes fueron encontrados sin vida por un campesino. Sus familiares recogieron los cadáveres. Foto:Mario Caicedo / EFE
La corraleja, las comparsas y el vallenato en vivo, con la auténtica voz de Óscar Gamarra y el sentido son del acordeón de Camilo Carvajal, marcaron el pulso de la noche. Entre risas, bailes y calles de barro, se despidieron de San Ángel con la promesa de volver a sus casas, sin saber que sería la última vez.
Durante tres días, sus familias esperaron noticias. La espera se rompió con una llamada que desgarró a todos: Juan Manuel, de 23 años, y Enrique, de 26, hermanastros, habían sido hallados muertos en la carretera que conecta Pivijay con Fundación. Sus allegados, entre lágrimas, levantaron sus cuerpos del asfalto. Darlinson, de 24 años, fue encontrado aparte. Un campesino que cruzaba una trocha de Los Manguitos, en Fundación, tropezó con su cuerpo sin vida. La angustia de la noticia se mezcló con la urgencia: sus familias montaron a los tres jóvenes en motocicletas y los llevaron consigo para darles sepultura.
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En Magdalena, ver motos cargando cuerpos se ha vuelto una escena frecuente. “Eso ya se volvió normal”, confesó resignado un campesino de Piñuelas. Entre la frustración de esperar a la Policía o al CTI, los familiares prefieren hacerse cargo ellos mismos, aun cuando saben que ese acto puede borrar huellas clave para las investigaciones.
A punta de balas acabaron con su vida y su música
Isabel Gómez recuerda a su hija con una mezcla de dolor y ternura. Habla de Massiel como una joven noble y trabajadora, dedicada a ganarse la vida en eventos como DJ y “sin meterse con nadie”.
El último video de la joven asesinada en Puerto Colombia. Foto:Captura Instagram @Maci_gomez
Massiel tenía apenas 25 años. La noche del 1.º de junio había llegado a la cabaña Villa de Olvega, en el kilómetro 7 de la vía al Mar, jurisdicción de Puerto Colombia, junto a varios amigos. Allí, entre música, risas y el aire cálido del Caribe, disfrutaban de una fiesta privada en la que ella daba un show, sin imaginar que el amanecer del 2 de junio sería el último que vería.
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La tranquilidad se rompió hacia las 10:30 de la noche de ese lunes. Cuatro hombres en dos motocicletas irrumpieron en el lugar con un objetivo claro: asesinar a Raúl Henao, alias Choco, según las primeras hipótesis. En ese instante, Massiel animaba la fiesta con su música, mientras Henao compartía con un grupo de personas.
De repente, los hombres comenzaron a disparar sin mediar palabra. El pánico se apoderó de todos. Algunos corrieron en busca de refugio, escondiéndose debajo de las mesas o detrás de los parlantes, empujando a quien se les cruzara en el camino, mientras que otros no alcanzaron a escapar. Las balas apagaron la música y, con ella, la vida de Massiel Gómez. También murieron en el ataque Luis Vergara y Ronald Alarcón, cuyas muertes aún permanecen impunes.
Massiel Karina Gómez Gómez, dj asesinada en Puerto Colombia. Foto:Cortesía
En un comienzo, fuentes judiciales señalaron que el crimen podría estar relacionado con disputas internas dentro de ‘los Costeños’, la banda criminal más poderosa del Atlántico, presuntamente por el control de rutas y la distribución de estupefacientes. Sin embargo, hasta hoy, la Fiscalía no ha entregado nuevos avances.
Murieron por luchar por techo para sus familias
Para Carlos Mosquera, de 35 años, eran los pequeños detalles los que simbolizaban el amor, como el esmero con el que su mamá preparaba el sancocho en la olla de barro, o darle a sus hijos un par de zapatos en Navidad, pero, sobre todo, tener un pedacito de tierra para vivir tranquilo.
La masacre fue ejecutada por hombre armados en el barrio de La paz, Popayán, capital del Cauca. Foto:EL TIEMPO
Precisamente por eso luchaba por el derecho a una vivienda digna en el Movimiento Popular ‘Lxs Sin Techo’, del campamento Policarpa Salavarrieta en Popayán, capital de uno de los departamentos más azotados por la violencia: el Cauca.
Al mismo movimiento pertenecía Orlando Cuscué, un joven de 24 años que estaba emocionado por ser papá primerizo y quien anhelaba a ese ser que venía en camino cada vez que tocaba con delicadeza la panza de su pareja. El embarazo suponía una gran responsabilidad en medio de las necesidades, pero también lo motivaba más a luchar por su meta principal: una vivienda digna para seguir construyendo un hogar.
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Ambos se encontraban en un bar del barrio La Paz, junto con Daniel Samboní, un amigo con el que solían departir, cuando dos disparos apagaron sus sueños el pasado 14 de septiembre, dejando un vacío en sus familias y en este campamento que lucha por una vivienda digna para más de 70 personas vulnerables y amenazadas por grupos criminales. Esta fue la masacre número 58 del año.
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