Soltera en la ciudad de la furia. La sombra que me habita**
5:00 a.m. Abro los ojos de golpe. Me levanto asustada, confundida, con la cabeza dándome vueltas. No entiendo dónde estoy ni qué ha pasado, cómo llegué a mi cama, qué día es hoy, por qué los recuerdos no aparecen. Inmediatamente, una pregunta se clava: ¿qué pasó? Agarro el celular. Un mensaje me saca del letargo:
“Tengo tu llave. Me la traje para poder salir del edificio.” Llamo a D.
—¿Qué pasó?
—¿Tienes el cassette borrado, amiga? Te emborrachaste. Estabas muy ebria y tuve que ir a rescatarte.
El golpe de realidad me aturde. No recuerdo absolutamente nada. Esa laguna mental me aterra. Mis planes se van al foso: quería comenzar bien la semana, entrenar, cumplir mis metas… y ahora este loop. Paso el día intentando hacer memoria, desmalezar mi cabeza, reconstruir la noche. Escribo mensajes a ciertas personas y la realidad se vuelve más palpable. Aunque yo no logro recordar nada, la memoria de historiadora se ha ido al caño. Mi única conclusión es que fue una noche en la que la cagué, con toda la connotación de esa palabra.
Más allá del malestar físico y del ratón moral que me carcome, reflexiono sobre mi vida y mis circunstancias. A lo largo de los años he identificado que soy una mujer de pulsiones fuertes. Me gusta vivir, pero cuando me lanzo al abismo, lo hago de frente, sin miramientos.
Vienen a mí las palabras de Olga, una psicoanalista lacaniana con la que me atendí:
“¿Por qué te expones tanto?”
Esa frase quedó resonando fuertemente en mi cabeza y, cada cierto tiempo, la recuerdo. Con los años algunos impulsos se han logrado aquietar, pero hay momentos en que las sombras que me habitan salen a flote y quieren destruirlo todo. Es como si dos personas me habitaran. Pienso en que el abismo llama, incluso cuando creemos que la estabilidad nos protege.
A., me escribe:
“¿Cómo estás, marica? D., me contó. Soltaste al demonio.”
Así parece. Y no me siento feliz con ello. No entiendo por qué, cuando todo está bien, le tiramos fuerte a la pulsión de muerte.
“También ando chimba”, me responde.
Supongo que así es la vida —nos habitan multitudes, sentencio.
El abismo y la pulsión de muerte no son experiencias deseables; son fuerzas internas que nos desestabilizan y nos exponen. Lo importante no es “lanzarse”, sino cómo sobrellevamos esos momentos que nos colocan frente a nuestra vulnerabilidad. Especialmente como mujeres, donde cada desbordamiento tiene un peso interno y social. El psicoanálisis diría que estas situaciones muestran cómo las pulsiones y deseos inconscientes emergen cuando menos lo esperamos, revelando nuestra complejidad interna y las sombras que nos habitan.
Una de las cosas que más reflexiono al respecto es la exposición y los riesgos que, como mujeres, están asociados a estas experiencias. No solo por el juicio interno y el externo, sino por la violencia a la que nuestros cuerpos se exponen en los diferentes espacios. Quizá esa es una de las cosas que más me hace cuestionarme: debo cuidarme física y emocionalmente. No es grato sentirse expuesta, no es placentero el **shock** emocional de las sombras que viven en nosotras. Allí, el pasado y las experiencias que nos constituyen afloran.
Al contarle a mis amigas lo sucedido, lo primero que me dicen es:
“Menos mal estás bien. Pudo pasarte cualquier cosa. Lo peor se me vino a la cabeza.”
Entre cafés, risas y lágrimas, acompañadas por los esqueletos hallowinescos de un famoso Páramo de Altamira, hablamos de lo que significa ser mujer y de cómo ciertas acciones nos definen de manera diferente a los hombres, pues somos juzgadas distintos. La pulsión nos coloca en un espacio incómodo y, a veces, doloroso: ¿cómo gestionamos nuestra exposición y los límites de nuestra propia visibilidad? El feminismo contemporáneo reconoce que la libertad femenina no elimina los riesgos ni suaviza la vulnerabilidad. Más bien, nos hace cuestionarla constantemente.
D., me escribe:
“¿Cómo te sientes, amiga?”
Le respondo: “Además de avergonzada, creo que triste. Esta situación me hace pensar muchas cosas.”
“Lo sé —me dice—, pero recuerda que fue un momento, que ya sucedió. No eres siempre de esa manera. Tu vida está llena de logros y de gente querida que está muy atenta a ti. Fíjate hoy: te acompañaron. Aquí estoy yo también, ese día y hoy, porque nos tenemos en todos los escenarios. Tú me acompañaste cuando paso lo de V., y yo estaba bien borracho, me protegiste. Esas cosas suceden… Pero es solo una parte. Tú, diariamente, levantas unas políticas para cuidar a mujeres, has levantado un hogar, una carrera académica. En estos momentos es importante que te sostengas en eso que has logrado, y en lo que estás logrando ahora mismo, en ese espacio donde estás.”
@niyiree_baptista
La entrada Soltera en la ciudad de la furia. La sombra que me habita** se publicó primero en Analitica.com.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.analitica.com
En la sección: Opinión archivos – Analitica.com
También te puede interesar




