El Dilema de Integridad con IA
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Tal como exploramos en un sentido más amplio algunos artículos atrás, respecto de cómo nuestra cultura se ha visto cada vez más permeada por la normalización de una falta de integridad en tantos niveles (Ser o No Ser, ¿Nos Increpa la IA para Avanzar?), en este artículo nos gustaría profundizar en las realidades personales de la ética al usar la IA.
Permíteme aclarar mi punto de partida respecto a la ética. Más allá de la definición académica, la ética es el conjunto unificado de principios que nos permite orientarnos hacia un objetivo, alineando nuestros motivos, decisiones y acciones de manera coherente con el fin que buscamos alcanzar.
Específicamente, la ética en sí misma no es inherentemente moral —de hecho, tu ética puede ser moralmente equivocada. Por eso es indispensable examinar nuestra orientación ética, para asegurarnos de que realmente nos conduce hacia un mejor desarrollo y crecimiento. Aquí es donde se alinea con la ética académica: revela la disciplina necesaria para recorrer el camino hacia lo Bueno, lo Verdadero y lo Bello. La diferencia entre cómo funcionamos y lo que buscamos será el punto focal de este artículo.
Con esa premisa, veamos cuán crucial es garantizar que nuestro trabajo con la IA esté correctamente orientado… para no convertirnos en parte del problema.
La cohesión entre orientación, decisiones y objetivos
Nuestro compás moral hoy parece desajustado. Hemos llegado a considerar normal que los políticos mientan, que las campañas de marketing exageren los beneficios de sus productos o que los vendedores engañen. Se ha vuelto tan parte de nuestra vida cotidiana que ya no nos sorprende. ¿Por qué habría de hacerlo? Todos tenemos nuestras pequeñas mentiras en las redes sociales, en el ámbito de nuestro trabajo y en las relaciones personales. Estamos tan impregnados de “mentiras blancas” que ya no parecen muy significativas en contraposición de las grandes cosas de la vida.
¿O sí?
Pongamos un ejemplo sencillo. Todos sabemos que una hamburguesa con una buena ración de papas fritas y un batido son deliciosos; sin embargo, también sabemos que está cargada de colesterol, azúcar y calorías. Sabemos que el consumo excesivo de grasa y calorías aumenta la probabilidad de daño cardiovascular, estrés oxidativo y enfermedades cardíacas o hepáticas. Con el tiempo, todo eso puede derivar en infartos, obesidad, inflamación corporal y neuronal, resistencia a la insulina —con diagnósticos de diabetes tipo 2 o 3—, aterosclerosis, Alzheimer y una pésima calidad de vida. Pero cuando somos jóvenes, ignoramos esas realidades, incluso sabiendo su correlación con la dieta. Cada micro-decisión —cada hamburguesa con papas fritas, cada batido— orienta nuestra trayectoria hacia esos resultados. Sin embargo, solo cuando aparecen los síntomas cambiamos nuestro comportamiento.
Sería otra historia si, al terminar una hamburguesa, cayéramos fulminados por un infarto o comenzáramos a olvidar quiénes somos o dónde estamos (síntomas de aterosclerosis y Alzheimer). Nadie volvería a darle un bocado, por muy sabrosa que fuera.
De igual modo, nuestras micro decisiones éticamente desalineadas afectan nuestra capacidad para distinguir qué es lo que realmente importa, qué es verdadero y qué deseamos en realidad. A largo plazo, cuando los síntomas y consecuencias de esas elecciones comienzan a manifestarse, nos encontramos ante una crisis existencial de enormes proporciones, atrapados en un estilo de vida —y con responsabilidades hacia otros— que nosotros mismos hemos construido.
¿Somos capaces entonces de reconocer en qué nos equivocamos, o simplemente buscamos a quién culpar por lo que nos pasa en la vida?
Por eso, un vehículo con doble turbo que me lleve a gran velocidad a un destino no sirve de nada si mi orientación no está enraizada en la integridad y la honestidad, y si mi meta no es clara. Nuestra cultura ha reemplazado estos principios por los beneficios aparentes de resultados ilusorios. Hemos comprado ese espejismo “con todo y motor”, subiéndose al vehículo de la IA para correr tras el arcoíris de una promesa vacía.
El dilema de la integridad en el uso de la IA
No sé si nuestro mundo aún tiene tiempo para cambiar el rumbo frente a las consecuencias de nuestra “dieta moral” rica en carbohidratos y calorías vacías —esas mentiras sobre nuestras verdaderas intenciones en las decisiones cotidianas. Puede que ya sea demasiado tarde para evitar las consecuencias de una IA que capta y amplifica esas intenciones equivocadas sobre lo que consideramos verdadero y bueno para todos.
Pero hay algo que sí sé: si a los 60 años un médico nos advierte que estamos en la trayectoria de un infarto inminente y que una forma importante de evitarlo es cambiar de hábitos y comenzar una nueva dieta, la peor actitud sería decir: “¿Y qué más da? De algo hay que morir” —y entonces, el mundo entero sufre un infarto fulminante.
No mires a tu alrededor esperando que otros hagan lo necesario para evitar las consecuencias de que la IA tome el control de nuestras vidas, ni creas que es responsabilidad de los gobiernos regular esta realidad disruptiva —que, por cierto, apenas tenemos idea de qué es. NO. Haz tu parte. Reordena tu vida. Haz lo que sabes que es correcto, incluso cuando sea incómodo. Sé honesto contigo mismo. Deja de mentirte sobre tus motivos. Y, como dijo Mahatma Gandhi, “sé el cambio que quieres ver en el mundo.”
Al final, no existe “ética en la IA”. Es sólo una herramienta, un dispositivo que amplifica nuestra intención y orientación. Como he dicho antes, la inteligencia artificial es otro de los eufemismos de nuestra cultura contemporánea: no hay inteligencia en la IA. Tú eres la ‘i’ de la inteligencia artificial.
Por eso, mi propuesta de una ética para la IA es una ética integral que exige que el usuario examine su propio compás moral y reconozca que ponerse al volante de un vehículo hiperpotenciado requiere integridad personal, orientación moral y responsabilidad sobre los resultados —valores casi ausentes en la cultura actual.
La pelota está de nuevo en tu cancha.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.analitica.com
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