Con el fin de calmar los ánimos frente al ataque a Venezuela, el crítico musical destaca el talento de esta artista estadounidense.
Óscar Acevedo, músico y crítico musical. Foto: Néstor Gómez. Archivo EL TIEMPO

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Escribo esta columna con el propósito de contrarrestar esa ola de pánico mundial que se ha desatado con el ataque a Venezuela. Sé que es iluso de mi parte intentar sacar a la gente de este remolino de miedo en el que nos metió Trump, pero es justamente con una cantante norteamericana que quiero referirme al Estados Unidos que produce manifestaciones culturales asombrosas y totalmente apartadas de la violencia que está imponiendo el actual presidente gringo. Se trata de Verónica Swift.
Acabo de descubrir esta prodigiosa voz humana a pesar de que lleva ya casi una década grabando y haciendo conciertos memorables. Su interpretación del clásico ‘Softly as in a morning sunrise’ es verdaderamente emocionante. Al escucharla por primera vez quedé impactado por algo que describiría como una enorme luz de esperanza en el panorama artístico actual. Repetí el video varias veces para entender qué era lo que me había revuelto las tripas de forma tan contundente y comprobé que esta versión grabada junto a la big band del maestro Javier Nero, tiene una fuerza que no para de crecer en los ocho minutos y cincuenta segundos que dura esta obra maestra.
Obviamente se luce la voz como protagonista, pero también se lucen los demás improvisadores y especialmente el arreglista con un poderoso y exigente unísono en el clímax de la pieza, que también incluye el ritmo afrolatino, hoy menospreciado por foráneo. Destaco la expresividad cautivante de esta mujer que usa su cuerpo entero para transmitir emociones que van de la delicadeza de su registro medio a la fuerza demoledora de sus agudos.
Sus videos publicados en YouTube tienen gran cantidad de visualizaciones firmadas por una romería de oyentes que dejan sus comentarios de adoración y elogios poco vistos en redes. Algunos afirman que es la improvisadora que más se acerca a los intrincados y acrobáticos solos de Ella Fitzgerald. Y tienen razón, pero se quedan cortos al omitir su parecido con la manera de adornar los finales de frase de Sarah Vaughan y sus vibratos conmovedores.
Su canto hace reencarnar la dulzura con la que Carmen McRae interpretaba grandes baladas del jazz y a veces se asemeja a las conmovedoras confesiones de Barbra Streisand. Esa facilidad de evocar cantantes memorables demuestra una amplísima versatilidad y una disciplina que le permite emanar vida cada vez que canta.
ÓSCAR ACEVEDO- crítico musical- [email protected]
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