En el centro histórico de Bogotá, en el parque Santander, dentro del Museo del Oro, está Aracataca, un restaurante que ejecuta a cabalidad su misión.
En un país en el que las cafeterías de museo parecen castigos –tintos caros, sánduches lacónicos y muy poco cariño–, Aracataca, que también es café y bar, juega en otra división. Aquí hay una carta coherente, decididamente colombiana, sabores reconocibles y porciones generosas. Nada de espumas ni platos que requieran manual de instrucciones.
El nombre no es gratuito. Aracataca, cuna de García Márquez, evoca memoria, territorio y viajes. Y eso mismo hace su menú: sin pedir pasaporte, recorre el país a través de platos confortables, gustosos y sin pretensiones. Para comenzar, una refrescante soda de guanábana. Luego, para ‘abrir boca’, más que recomendado su chicharrón con cebolla morada y plátano maduro que cumple con lo que promete: felicidad inmediata. Su técnica es impecable: una pieza crocante, carnuda y jugosa.
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También destacan las carimañolas de carne y queso, acompañadas de un suero con carácter que trae cebolla finamente picada y cilantro cimarrón. Y ojo a su gratinado criollo de camarón y pulpo, acompañado de unos impecables patacones en los que se deben esparcir la proteína y el queso.
En los platos fuertes hay con qué entretenerse: una bondiola de cerdo acompañada de una frijolada y coronada por un singular pesto de brócoli; un asado de vacío, digamos que correcto; medio pollo al horno con BBQ de coco, papas en cascos y una generosa ensalada que incluye semillas de calabaza y un róbalo entero, de 600 gramos, asado a la parrilla, con salsa criolla y yuca frita. ¡Platazo, sin objeción alguna!
Y claro, en la exigencia del visitante local o extranjero, también hay un ajiaco santafereño cabalmente ejecutado e igualmente servido, tal cual como manda la tradición.
El capítulo dulce tampoco decepciona: muy recomendado su enyucado con helado de arequipe y fresas, que resulta ser un postre tan sencillo como efectivo. Y una torta de almojábana con helado de queso, que ya es un referente del sector.
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Todo aquí se defiende por su carácter reconfortante. Seguramente algún plato no provoca ovación de pie, pero ese no es el punto. Aracataca no se anda con fuegos artificiales, sino que aporta algo que es escaso hoy en día: cohesión. Afinidad con el museo que lo alberga, correspondencia con el relato que se cuenta a pocos metros y verdad de cara a nuestra identidad culinaria.
Además, este no es solo un restaurante de museo. Es una buena excusa para volver al centro, para desayunar, para tomar buen café y buenas copas, para comer bien y para recordar que, entre las más bellas piezas de oro, también se puede encontrar sensatez y sabrosura en los platos, a precios lógicos. Y sin realismos mágicos. Puro realismo, que en este caso es mejor.