Edda Armas: Tiempo de nubes


“Las nubes arropan, pero también nublan. Esta dualidad simbólica dentro del imaginario de Armas permitirá comprender su aproximación a este ámbito del aire y lo celeste, a ese ‘bien poseído’. Cuando selecciona el vocablo ‘arropan’ se refiere al acto que desde la infancia hemos aprendido”
Por MARÍA ANTONIETA FLORES
Que las nubes arropen los ojos pero no la alta vista
que precisamos en tiempos nublados, es mi rezo.
Edda Armas
Título inevitable en la obra de Edda Armas, Tiempo de nubes es la cristalización de una pasión vital: el diálogo con las nubes y, de alguna manera, con el cielo. El onirismo diurno tan cercano a la labor poética, encuentra un lugar privilegiado en esa acción de mirar lo alto guiado por el deseo de ascensión, de encontrar mensajes, formas y colores en las aguas condensadas que van transformándose gracias al viento y la luz. Son movimientos del alma contemplativa. Y lo dinámico, lo variable, lo cambiante y lo imaginativo se presentan como revelaciones poéticas.
Federico Revilla, en su Diccionario de iconografía y simbología, las considera «símbolo de lo inconcreto, huidizo y vagoroso», lo inasible, agrego. Algo que no se puede atrapar ni tocar. La belleza inalcanzable somete la mirada e instaura su propio tiempo. Y en ese tiempo personal e íntimo, cuando Armas escribe el prólogo de su antología temática titulada Nubes desnuda el simbolismo íntimo que para ella poseen y, con intuición poética, incorporará esa misma frase en el poema «Paso entre nubes»:
Que arropen las nubes
los ojos
pero no la alta vista.
Aquella, la ineludible.
La que precisamos
en los tiempos nublados.
Las nubes arropan, pero también nublan. Esta dualidad simbólica dentro del imaginario de Armas permitirá comprender su aproximación a este ámbito del aire y lo celeste, a ese «bien poseído». Cuando selecciona el vocablo «arropan» se refiere al acto que desde la infancia hemos aprendido: ser arropados se asimila a la idea de protección (cubrir, abrigar) que propicia en el infante poder dormir con serena confianza. Este acto amoroso es primordial para ella, para el ser humano, para la mujer: la he visto actuar protectoramente al igual que muchos que la conocen. Pero a ella la arropan las nubes, no está desprotegida y también está vigilante: consciente de la capacidad de nublar que también poseen sus amigas celestes, ruega por «la alta vista» que exigen las circunstancias que vivimos y que reclama la escritura del poema. Y al enunciar esta súplica, se conecta con la otra acepción que les da Revilla: «Epifanía o manifestación de la divinidad». Todo símbolo encierra una contradicción, las nubes abrazan tanto lo eterno como lo efímero, protegen y nublan. Esto se percibe a lo largo de este libro editado en Sevilla por Nautilus Ediciones.
Estructurado en tres partes, tituladas “Anotaciones nubosas”, “Anotaciones en otras pieles» y «Anotaciones de viajes», es un registro que se desliza de la impresión inasible de emociones a la crónica de acontecimientos. En él, como la autora lo expresa en la nota bene, incorpora —ya textuales o reescritos— unos pocos poemas de cuatro libros anteriores que anunciaban el surgimiento de este poemario.
Sobre él, lo primero que me interesa señalar es la idea del poema como anotación. Las anotaciones hablan de vigilia, de atención constante y de ordo fortuitas: lo fortuito que se cruza en el camino. Da idea de algo inacabado, instantes capturados y evoca esa cita del canto VI de Los cantos de Maldoror del conde de Lautréamont: «Es bello (…) como el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección.». Cuántas cosas anotamos en libretas y papeles como esbozos, asuntos que captan la atención y se van sumando para, fortuitamente, armar un mundo de sentidos. La anotación como gesto inacabado tiene que ver con la sustancia del poema y no con su forma, que aquí es verso, poema acabado y logrado.
Inacabado nos conduce al instante, eso que es ganancia y pérdida al mismo tiempo porque no se puede detener ni atrapar. Bien lo dice Octavio Paz: «Los poetas saben algo: el presente es el manantial de las presencias». Algo se asoma desde la vigilia poética y se capturan fragmentos de lo percibido; esto se vincula con lo que el poeta chileno Enrique Winter llama discontinuidad de las imágenes en la conferencia dictada en la LMU de Múnich el 16 de julio en 2025 titulada «Contratiempos: la discontinuidad de las imágenes en la poesía hispanoamericana actual». A propósito del libro que hoy comento, entre otras cosas señala que «Su libro, que también es confesional, dialoga con el padre en la luna de “Aguafuerte de azules” (61). El tema de Tiempo de nubes, quizás de su obra entera, es desacelerar». Sin duda, mirar el detalle obliga a detenerse, a bajar el ritmo y a alejarse del ritmo atropellado que marca los días de este siglo. La lentitud es una exigencia cuando se vive poéticamente, para recordar a nuestro querido poeta Armando Rojas Guardia.
En Anotaciones nubosas predominan impresiones y emociones que dejan la sensación de que no se ha dicho todo y que apenas nos asomamos al umbral de un lugar interior abundante en imágenes y en presentimientos porque, como nos enseña Gaston Bachelard en Los sueños y el aire, «La primera tarea del poeta consiste en desanclar en nosotros una materia que quiere soñar». Canto y delirio ante el objeto amado —las nubes— construye una especie de nefología poética en la que la palabra y el eros densifican el celaje que verso a verso va urdiendo. Uno de los poemas que deseo subrayar es «En la lengua del ángel», compuesto por doce partes y que manifiesta una intención estética que puede considerarse una poética:
Quiero envolver
con actos las palabras
purísimas
si acaso fuese posible
al escribirlas
Anotaciones en otras pieles subraya la presencia del otro. Si bien a lo largo del libro a través de los epígrafes, las dedicatorias y en los mismos poemas hay un diálogo sostenido con los poetas venezolanos y españoles, aquí se enfatiza este aspecto. «Creer en algo» poema-homenaje a Ida Gramcko es muestra de ello («Ida nos habla y hay que oírla. / Su melodía ampara») y el eros amoroso nos obsequia poemas como «Otras pieles» y «A paso de antílopes» para decirnos que permanecemos no solo por fortaleza interior sino también gracias al anhelo y a la compañía de los otros. Son poemas de esperanza y resistencia.
En Anotaciones de viajes se prolonga la atmósfera de las pieles. Lo amoroso abre con un poema en la tradición del carpe diem: «Vuelo rampante». Y aquí es oportuno mencionar uno de los ejes que sostienen a este libro: el instante, otra manera de nombrar lo efímero. Tal vez porque el viaje como vivencia está marcado por esa condición. Quizás porque el devenir heracliteano nos recuerda que todo cambia y nada se repite, aunque pensemos que sí. Tal vez porque, como escribió Octavio Paz, «La poesía está enamorada del instante y quiere revivirlo en un poema; lo aparta de la sucesión y lo convierte en presente fijo». Entonces, la memoria reelabora con dulzura los pasos dados, tanto los interiores como los físicos. «Saudade lírica» surge de la añoranza de los momentos compartidos con el amigo, con el poeta Rodolfo Häsler, este poema es la expresión de lo que los griegos llamaron philos. El eros en sus tres manifestaciones (no olvidar ágape) constituye el otro eje de Tiempo de nubes.
La palabra y la memoria en inevitable unión quieren atrapar el instante, lo cambiante, lo inasible. Esta es tarea de la poesía y de las artes, y este deseo sostiene a Tiempo de nubes. Lo fortuito encuentra lugar en esa tensión entre el anhelo por la vista alta que conecta con el cielo y por lo nublado que se vive con los otros. Edda Armas nos recuerda, así, las palabras de Novalis: «Todo descenso hacia uno mismo es al mismo tiempo un vuelo hacia el cielo, una mirada hacia el verdadero mundo exterior». Tiempo de nubes nos ofrenda mirada y luz que señalan la esperanza. Tradicionalmente, el mundo interior se representa como un jardín o un bosque, sin embargo, después de terminar de leer este libro, creo que ese mundo interior también se puede representar como un cielo lleno de nubes y presentimientos que nos cubren con amorosa amabilidad.
Poemas de Tiempo de nubes, de Edda Armas
ANOTACIONES NUBOSAS
Tiende la belleza a la esfericidad.
MARÍA ZAMBRANO
Buscamos el lugar seguro
que no existe.
Envuelto queda
el cuerpo en un manto de grillos.
El agua salada se mueve
donde sientes el torrente.
Hay un tránsito celeste.
Hay una piedra escalón
y una soga suspensa.
Una piedra arrojada
migrada.
Nunca olvidada.
Los rostros emergen
del trasfondo de la esfera.
La garza ceniza me visita.
Forma del aspirado volar.
Volver a la estación
de lo que inquieta.
Lo tenso no se neblina.
Mantra diario:
La nube como bien poseído.
ALFILERES
Se irguió una vez tras otra con
la intención de sostenernos.
ANTONIO LÓPEZ CAÑESTRO
Hay un tramo atascado.
Una gota que no termina de caer.
Asocio lo azul a la espiritualidad.
Trago saliva cuando no entiendo.
Busco y busco hasta encontrar.
Sabrás de la otra entrada.
Más afín o más inédita,
al achicarte y avanzar
hacia las puertas con cerraduras.
Todo (o casi todo) es frágil.
Soplo formas en las nubes.
Importa este momento que estiro.
La trama la sostienen los alfileres.
Los azules que punzan en las manos.
Cubro mis ojos cuando duele el alma.
Escribir nos ha sostenido.
En la noche se mueve el sol.
De la oscuridad brinca el grillo.
La voz de Sigmund Freud repite:
De tus vulnerabilidades surgirá
tu fuerza.
LÍNEAS DE TIEMPO
En la punta de alguna trama sientes
acaso que eres menos
cuando en realidad eres distinto.
Has logrado zafarte.
Remanso sientes al cambiar de piel.
De una piel pasas a la otra
texturizando alocados sentidos.
Un arder distinto. Lo palpas. Lo plisas.
Aprecias, entonces, el surco
escorado de una honda respiración.
La metamorfosis sientes.
¿Duraba aquel instante menos
que el instante que ahora habitas?
En tus manos lo calibras y tomas la otra punta
y dentro de un cuenco vacío ordenas lo disperso
lo astillado, en ese lugar –sin coordenadas visibles–
al que algunos días
añorabas llegar, a sabiendas de que
más allá era donde hallarías lo sublime;
lo que podía alcanzarte en ese otro instante.
a Diego Tovar
CREER EN ALGO
Endimión es el nombre donado a una florescencia
arquetipal. El nombre donado y una perspectiva
distinta para esta florescencia.
IDA GRAMCKO
Hay una suerte que sondea lo leve
lo aparentemente inútil.
Lo pasmado en algún momento
de fallas u olvidos.
Pretendías devolver el hallazgo.
Ida nos habla y hay que oírla.
Su melodía ampara.
Procurarla, saltando incertidumbres,
cuando la neblina enturbie el porvenir.
Atreverse a brincar la verja espinosa
poner el pie sobre otra piedra del risco.
Tragar saliva al evocar a Endimión.
Salva creer en algo.
a Camila R.A.
OTRAS PIELES
Si me entregara al deseo pospuesto
verse a la brevedad
sería la única cita
entre esta luna y la próxima lluvia.
Subamos al ala de la abeja
o del cuervo que incisivo nos ronda
mientras acordamos un punto de encuentro.
Debe ser nostalgia. Brecha abierta
en el cajón de los almacenados recuerdos.
Otra vez el olor a miel habla.
Todo se repite y la ola nos alcanza.
Bracear hacia el sol, respirando hondo.
Vienen o iremos…es el dilema que incendia.
Forjemos otras pieles, entretanto.
La presencia elige el refugio de los abrazos.
Alíferas estaciones tendremos
cuando las orillas
hospeden nuestras pieles.
A PASO DE ANTÍLOPES
Viajas. Lo transparente se coloca
a mi lado, se posa en mi hombro.
Del gesto haces lluvia. Alisas
la mañana ruda en mi cabello rizo.
Cinta azul. En el aire balanceas
el don. La risa clara del acierto.
Dámela. Tómala. Tirada de dardos
sobre la cavidad añil del cielo.
Uno en el otro. Una en la nube.
Acogidos en la servilleta blanca.
Al paso del antílope cruzamos
entre orillas. Con el susto inquieto
de sabernos pieles soñantes
del dardo
del mismo deseo.
NI ACÁ NI ALLÁ
Volver a algún lugar
tiempo después
al trocar la sonrisa
libera su vuelo.
Dices aquello que tal
vez querías oír antes.
Llega el fantasma y
en su rostro lo ves.
Únicamente miras.
Le tomas el pulso.
El lugar es pequeño.
Salta de nuevo
el grillo.
Ni tú ni yo sabemos
de otra tutela.
Ni acá ni allá
habita el perfecto
estado vítreo
de la felicidad.
VUELO RAMPANTE
Ven, acércate y arrímate más a mí,
hagamos un selfie y otros retratos
–si tú también así lo quieres– para
congelar algunos momentos de vida
al seguir leyendo el amor juntos
en el vuelo rampante de escapada
con la instantaneidad de los paisajes
que se suceden como fugaces nubes
miradas desde la ventanilla del avión
vaciándonos entre una ciudad y otra
entre heridas y dudas asaltantes
una puesta de sol y la siguiente
y el celaje que nos recuerda la cita
a la salida del cine o el teatro
aunque sigan aterradoras las noticias
mientras se derriten los helados
de yogurt con topping de pistacho
en la estación de nuestras pieles
yuxtaponiendo caricias y capítulos
en el cuadernillo de anotaciones
en el transcurrir de nuestros días
pero, como lo dijo el poeta Cadenas,
Haz que la vida cuaje así sea solo un día.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.elnacional.com
En la sección: EL NACIONAL
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