Torre de David: progreso y retroceso de un país
Una imagen vale mas que mil palabras, reza el dicho; y la fotografia constituye testimonio de ello. Las construcciones hablan y testimonian los aciertos y fracasos de una gestión, pública o privada. Van configurando la ciudad y el país.
La imagen que acompaña este artículo, representa a la importante urbanización San Bernardino, ejemplo de la ciudad emergente y progresista como lo era Caracas al final de la primera mitad del siglo XX y parte de la segunda, acompañada de sus alrededores inmediatos, como la populosa y siempre bulliciosa Sarria, la clásica San José, la dinámica y multicultural Candelaria, llena de transeúntes y comercios, zonas recogidas geográficamente circunscritas en lo político y administrativo a la parroquia Candelaria del departamento Libertador del Distrito Federal.
Viene a la memoria la imponente Avenida Vollmer y su majestuosa isla central que conduce desde la avenida Andrés Bello hasta ese momento el entonces moderno edificio de la compañía Shell, hoy la Comandancia de la Marina, en el presente la zona hospitalaria más importante de la ciudad. Se añade hoy día, en lo comercial, el imponente Centro Sambil. Recordando décadas pasadas encontramos en la confluencia de la avenida Andrés Bello, la Vollmer, la avenida El Lago y la principal de Sarria, negocios concurridos importantes como lo eran la Fuente de Soda Pacifico, Laboratorios Palenzona, el hotel Potomac, edificio El Encantado, entre otros. Más tarde, nuevas construcciones como la Torre Normandie.
Transcurrían los primeros años de la década de 1970, y se advertía la expansión de la economía venezolana al alcanzar los 3.7 millones de barriles diarios de petróleo, acompañados de los eventos de tensión en las relaciones internacionales y los siempre presentes enfrenamientos del medio oriente, antes -a finales de los años 60’s- la Guerra de los Seis Días, y luego en 1973, la guerra del Yom Kipur, posteriormente el embargo petrolero llevada a cabo por los países miembros de la OPEP. Se fue conformando un panorama de expectativas de aumento de los ingresos de la nación que se harían realidad tangible y contable a finales del período constitucional 1969 – 1974, encontrando la prudente decisión de los sectores políticos de aguardar el inicio del nuevo período constitucional para decidir sobre su mejor empleo en pro del desarrollo nacional, sustrayéndolo del torrente del gasto público. Esta idea llega a concretarse con la creación del Fondo de Inversiones de Venezuela, organismo que se encargaría de transformarlos en inversiones reproductivas para las sucesivas generaciones.
El nuevo acontecer económico de Venezuela despertó la iniciativa de los distintos sectores económicos y florecieron las oportunidades de nuevos negocios; los sectores de la construcción y el desarrollo urbano dieron acogida a los particulares y crecieron en paralelo a las obras de mayor envergadura que quedaban a cargo del Estado, con efectos importantes como motor del desarrollo.
A finales de esa década de los 70’s se hace presente con mayor fuerza de la que ya había exhibido desde sus inicios profesionales, un joven economista, constructor y promotor inmobiliario llamado J. David Brillembourg, quien advierte el potencial de la zona baja de San Bernardino, a lo largo del final de la avenida Andrés Bello e inicios de la Urdaneta, constituía la nueva zona financiera de Caracas, e inicia con mucho esfuerzo, gran visión e innumerables dificultades, la construcción de la Torre de David, que luego en el año de 1982, cambiaría su nombre al ser vendida al grupo Banco Mercantil, construcción que desde entonces es imagen de este importante grupo financiero que en 2025 alcanzó sus 100 años de liderazgo bancario
Brillembourg y su empresa Consorcio XXI, no cesaría en su afán constructor ni en el crecimiento de su grupo financiero, pero tampoco olvidaría su propósito de elevar una nueva torre y llamarla Torre de David, nombre con el que estaba en deuda; sería la segunda. A la par emprenderá nuevas importantes construcciones en la ciudad de Caracas, siempre con impulso constante a su grupo financiero que llevará a inicios de la década de 1990, a situarlo entre los primeros del país.
Se refleja que en esas décadas de los años 60, 70 y 80, el Estado venezolano, a pesar del centralismo de toda índole que alinderaba su gestión, daba cabida al sector privado y estimulaba su crecimiento; era promotor del desarrollo privado. La obtención de dinero era fácil porque los organismos financieros del Estado suministraban créditos sin mayores requisitos y menos aún en cuanto a la exigente supervisión de su empleo. Como diría un ministro de CAP, a cada sector económico le asignaron una fuente de crédito: así tomaron vida Foncrei, el Fondo de Crédito Agropecuario, FONDUR, la siempre poderosa Corporación Venezolana de Fomento (CVF), y ante la coyuntura de excesivo numerario el Fondo de Inversiones de Venezuela. Pocos años luego el desequilibrio en las finanzas del Estado y la crisis no se harían esperar, y en 1983, ocurriría la explosión devaluatoria, agravada posteriormente por su mal manejo.
La primera Torre de David llegó a un final feliz cumpliendo su objetivo de contribuir al progreso económico del país y el desarrollo urbano: su demostración palpable. Una obra dinamizadora de la economía. Era la Venezuela pujante y de la consecución de metas. Ello sucedía en el marco de gobiernos que se habían propuesto desarrollar social y económicamente al país mediante la adecuada distribución del ingreso nacional que traducido en riqueza consolidaría al régimen democrático de libertades.
El ciclo de bonanza parecía concluir y los cambios profundos de la economía ya se advertían; pero el empresario constructor creía en el país y para él los signos que se advertían seguramente no pasaban de coyunturas pasajeras superables. Seguiría adelante con el proyecto de la segunda Torre de David.
Mientras tanto, ya el sector San Bernardino – Andrés Bello, era cotizado entre la banca por sus dos magnas construcciones, la Torre Provincial y la Torre Mercantil, y en la cercanía el Banco Exterior, junto a otras de entidades menores, confirmando así que esa ubicación geográfica sería el nuevo centro financiero de Caracas, por tanto adecuada para la presencia de las sedes principales de la banca nacional.
Transcurriendo la segunda mitad de 1980, el promotor Brillembourg, inicia la discreta compra de todos los terrenos al norte y oeste de la Torre Mercantil, y con sucesivas integraciones se logra configurar la gran parcela que albergaría el mayor complejo financiero y el más alto edificio de Caracas, luego de las torres de Parque Central. Todo se iniciaría y llevaría a cabo sin cesar para llevar a cabo la obra de ingeniería de vanguardia de la Caracas de los 90’s. Diseño arquitectónico novedoso, materiales de revestimiento de primera, ascensores de vanguardia tecnológica y veloz ascenso, escaleras mecánicas, espacios abiertos de reconfortante paisajismo y valiosas obras de arte adornarían los espacios abiertos del complejo, coronándolo un helipuerto. La majestuosidad de la obra venía acompañada de eficiencia operativa que hacían al desarrollo una obra única. Para finales de 1993, todos los insumos y equipos estaban en sitio ya dispuestos para su instalación y quizás para finales de 1995, esa obra estaría en pleno funcionamiento.
Pero todo eso sucede cuando la economía venezolana atravesaba una crisis sistémica coincidente -o derivada de un golpe de Estado- y la intervención del Banco Latino, la pone en evidencia. Ésta, lejos de ser advertida, resultó mal manejada, aderezada con política, lo que nunca auguró buenos resultados pero sí daños económicos incuantificables. El plan presentado para evitar su caída no recibió el respaldo de los grandes del sector, ni del Estado, y el día 13 de enero de 1994, fue negada la compensación bancaria a pesar de que se trataba de papeles del propio Estado venezolano (Centro Simón Bolívar), y así, el Latino fue sacado de Cámara de Compensación. ¡No hubo marcha atrás! Poco importó la realidad de que con la intervención de cada institución financiera salía del torrente dinerario un importante porcentaje de circulante oxigenante de la economía, proceder con el cual el Estado Venezolano, por intermedio del BCV, cargaba sobre sus hombros un nuevo pasivo que resquebrajaba la solidez económica del país y el aumento de la pobreza general. El Estado Venezolano aún no había aprendido la lección dejada por las intervenciones del BND (1978), BTV (1982) y Banco de Comercio (1985), quizás, en importante grado políticamente motivadas. En concreto, en el caso Latino, la terapia empleada resultó de mayor daño estructural que la crisis bancaria que quisieron superar, eso sin hablar de su segunda quiebra luego de ser rehabilitado con ley ad-hoc, y de mayor carga para el BCV, duplicando la que ya soportaba.
Con la intervención del Latino se activó el botón de inicio del efecto dominó de crisis bancaria, y en pocos meses sus efectos nocivos se hicieron palpables en la economía.
Así, acto seguido del Latino, llegó, en el mismo año 1994, la subsecuente ola de intervenciones. Sería el turno de los bancos Bancor, Construcción, Fiveca, Barinas, Maracaibo, el grupo Metropolitano-Confinanzas-Crédito Urbano-Metroamerica. El Estado Venezolano no acertaba a determinar el mecanismo idóneo de tratamiento de la crisis frente a los institutos con problemas de liquidez, y así pasa en pocos meses de la política de los veedores a los administradores Ad-hoc, y luego a las juntas designadas por Fogade para el reflotamiento de las instituciones y su posterior privatización, y finalmente a la intervención a puerta cerrada, con el que se expedía a todas ellas el certificado de defunción. Mas, era el caso que las instituciones bancarias comerciales, contaban con filiales como bancos hipotecario o sociedades financieras, o arrendadoras, con solidez patrimonial. Ese era el caso del Banco Hipotecario de Crédito Urbano, el primer y mayor banco hipotecario del país, cuya cartera íntegramente estaba cubierta con hipoteca de primer grado. Se castigó el vínculo grupal y accionario.
En el desarrollo de la crisis, el grupo Metropolitano-Confinanzas-Crédito Urbano- Metroamérica, fue integralmente intervenido, y con él todos sus activos, y en estos, la ya naciente segunda Torre de David, concluida en un 90%, con su esplendorosa fachada Curtain Wall, instalada. Fueron negados préstamos solicitados para su terminación, lo que hubiera podido significar la realización del negocio inmobiliario, y la superación de la crisis de liquidez de uno de los grupos. La segunda Torre de David no llegaría a nacer
La desidia del Estado Venezolano frente a la segunda Torre de David, será compartida por otros bienes a lo largo de treinta años. Hará pareja con El Helicoide, el sistema sur del Metro de Caracas, y La Estación Las Mercedes del Metro de Caracas, El Metro Guarenas-Guatire, El Ferrocarril a Valencia, obras que permanecen en el tiempo y en constante deterioro, sin dolientes.
La desgracia y orfandad de la segunda Torre de David, va de la mano con el desmantelamiento del régimen institucional que se inicia en 1992, luego, a partir de 1999, como política de Estado. Todos los equipos, fachadas, accesorios e inmuebles por destinación de la obra, fueron lenta y continuamente desmantelados, hurtadas, millones de dólares invertidos quedaban a la buena de Dios, y el pretendido edificio majestuoso transmutaba en un gran barrio vertical. Pero eso mismo pasaría con muchas obras del Estado, que quedaban sometidas a la inercia del tiempo, como el Ferrocarril, cuyos muchos de sus durmientes y rieles a pesar de haber sido instalados, tienen paradero desconocido.
Podemos encontrar un paralelismo entre la segunda Torre de David y la democracia y la economía nacional. Concurrentemente con la paralización de la obra, la democracia comienza a ser demolida por seres mesiánicos e incautos que les siguen. El desmantelamiento de los componentes de la obra tiene su equivalente con la supresión de las instituciones democráticas y la aparición de las formas populistas y de distorsión del poder para quedar al final sujeta a la voluntad de un sólo hombre. En la misma medida en que el edificio es invadido y convertido en rancho, se va produciendo una degradación urbanística en Caracas y en el país, y la Av. Libertador, Catia La Mar, y otras, sirven de vergonzoso ejemplo.
Parece que la segunda Torre de David, es representativa de la caída política, social y económica del país, y esperemos que su resplandecimiento también anuncie la reinserción de nuestro país en el senda de progreso.
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