Apure, la revolución que destruyó su propia historia
Hace varios días, en uno de esos grupos de Whatsapp tan comunes en tiempos de precariedad comunicacional, el respetado periodista Alexander Medina, de San Fernando de Apure, hacía un llamado de atención, su mensaje tenía el tono de quien ya no protesta, sino lamenta: hablaba de los constantes apagones, y la crisis de los servicios públicos en Apure, que son de cinco y seis horas sin electricidad cada jornada diaria, de la inexistencia de agua potable, de la infraestructura vial pulverizada por el abandono, de los problema crónicos, que atravesamos los ciudadanos, y que paralizan la producción y la vida cotidiana, en su breve mensaje se resumía la agonía de una región, haciendo un llamado ciudadano a no continuar bajo el peso de la indiferencia y la ruina que nos golpea a todos.
Precisamente por eso, Apure, tierra heroica y punto cardinal de la independencia venezolana, fue el escenario donde el general José Antonio Páez concibió las más decisivas campañas libertadoras, de aquellas jornadas de coraje y sacrificio nació una identidad llanera asociada a la libertad, la resistencia y el trabajo, pero esa memoria histórica fue capturada por una retórica política que convirtió el pasado en consigna, y la revolución que prometía reivindicar al pueblo terminó por despojarlo de todo: de sus servicios básicos, de su dignidad, de su esperanza, que es lo peor.
Así, el deterioro en Apure no es accidental ni producto de circunstancias ajenas, sino el resultado directo de un modelo político que usa la noción de “pueblo” como escudo y no como compromiso, los gobernantes locales, más atentos a la propaganda que a la gestión, han hecho del estado un laboratorio del desinterés institucional, las fiestas municipales y parroquiales, los actos con pancartas y las frases absurdas sustituyen la planificación y el trabajo; mientras tanto, los ciudadanos se sumen en un ciclo de dependencia, frustración y resignación, en este ecosistema de destrucción, la llamada revolución ha confundido presencia política con control social, y ha hecho de la pobreza su mejor instrumento de poder.
Por consiguiente, no puede hablarse ya de desarrollo, porque casi todo tejido económico y productivo ha colapsado, del potencial agrícola y ganadero que sostenía al país quedan hatos en condiciones deplorables, carreteras destruidas, corrales vacíos y estaciones de servicio que son puntos de control del contrabando, el llano se volvió un desierto simbólico, las gestas patrias son una consigna ridícula de fanáticos políticos, pero lo hacen en medio del silencios y la oscuridad de los apagones, la historia se convirtió en un relato oficial que ya nadie cree, porque la realidad contradice al mito cada día.
Además, lo más grave es la pérdida del sentido colectivo, ya que la revolución, que en teoría pretendía dignificar al pueblo, ha desarticulado las bases mismas de su convivencia, los ciudadanos ya no confían entre sí ni esperan de las instituciones más que promesas incumplidas, la indiferencia de los gobernantes se transformó en apatía social, y el sentimiento de humillación se volvió parte de la vida cotidiana, en cada apagón, en cada jornada sin agua ni transporte, se refuerza una enseñanza tácita: el poder ha renunciado a su deber, y el ciudadano debe sobrevivir como pueda.
En este contexto, Apure, que fue símbolo de independencia, hoy encarna la dependencia absoluta: dependencia del discurso, de la dádiva, de un sistema que necesita mantener la miseria para sostenerse, esa es la verdadera paradoja de esta revolución: acabó destruyendo lo mejor que tenía el pueblo, su capacidad de resistencia moral y productiva, todo lo que alguna vez hizo de Apure una tierra de valientes y trabajadores ha sido reemplazado por la ansiedad del día a día, por la impotencia ante una autoridad ausente y por el miedo a reclamar lo que legítimamente nos corresponde.
Y, sin embargo, debajo de esa ruina persiste un fuego silente, porque el apureño no ha olvidado quién es, aunque tenga que recordárselo cada amanecer sin electricidad ni agua, en la memoria de Páez, en los caminos del llano, en los maestros que aún enseñan con dignidad y los ganaderos que guardan bríos, sigue viva la posibilidad del renacimiento, la reconstrucción no vendrá del poder que negó la historia, sino de quienes aún creen en ella.
Porque la historia de Apure no puede terminar en la falsa revolución que la destruyó; está destinada, como sus llanos y su gente, a levantarse de nuevo, pero para hacerlo, primero hay que reconocer el engaño, mirar la herida y aceptar que la verdadera independencia, aquella que nació en estas tierras aún espera ser despertada.
@jufraga12
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