Hallan 15 víctimas de la peste en Suiza y resuelven un mito de 400 años, revelando la clave que decidió quién sobrevivía

Basilea acaba de ofrecer una de esas lecciones históricas que incomodan porque suenan demasiado actuales. Un grupo de investigadores ha reconstruido la vida y la muerte de 15 personas enterradas apresuradamente en una antigua zona hospitalaria de la ciudad y ha llegado a una conclusión contundente: en plena epidemia de peste del siglo XVII, no todos corrían el mismo riesgo.
El hallazgo procede del solar del actual Stadtcasino de Basilea, donde entre 2016 y 2017 aparecieron restos de un antiguo convento franciscano reconvertido tras la Reforma en espacio asistencial. Allí salieron a la luz centenares de enterramientos de época moderna, algunos individuales y otros múltiples. Entre ellos destacaban cuatro fosas con cuerpos depositados casi al mismo tiempo, señal inequívoca de una crisis de mortalidad.
La investigación, publicada en Antiquity, ha sido dirigida por Laura Rindlisbacher y un equipo multidisciplinar de la Universidad de Basilea. Tal y como indica el estudio, la combinación de arqueología funeraria, análisis óseo, isótopos estables y ADN antiguo ha permitido ir mucho más allá de la simple datación de unas tumbas.
Y la datación era importante. Basilea sufrió varias oleadas de peste a lo largo de los siglos, favorecidas en parte por su posición estratégica como ciudad comercial. Las autoridades, dependientes del tránsito mercantil, fueron reacias en numerosas ocasiones a cerrar puertas y rutas. Eso convirtió a la ciudad en una puerta de entrada de contagios hacia otras regiones suizas.
Una pista diminuta cambió toda la investigación
Entre los esqueletos apareció un objeto aparentemente modesto: una pipa de arcilla blanca. El sello del fabricante permitió relacionarla con Reichard West, artesano documentado en Mannheim hacia la década de 1670. Como estas pipas tenían una vida útil breve, la pieza situaba el enterramiento en una fecha muy concreta.
Ese detalle arqueológico encajaba con la última gran epidemia de peste registrada en Basilea, entre 1667 y 1668, dentro del brote que afectó a Suiza entre 1665 y 1670. Pero faltaba la prueba decisiva.
Los investigadores la encontraron en los dientes de varios individuos. Tal y como ha revelado el equipo, el análisis genético detectó ADN de Yersinia pestis, la bacteria responsable de la peste, en al menos cinco personas enterradas en esas fosas. Es decir: no se trataba de una sospecha histórica, sino de víctimas confirmadas de la enfermedad.
Solo entonces emergió la parte más inquietante del estudio.

Los muertos eran demasiado jóvenes
La media de edad de los 15 enterrados era de apenas 17,7 años. El más pequeño tenía entre 3 y 4 años, y solo cuatro habían superado los 20. No es el perfil habitual de una mortalidad ordinaria. Tampoco el de una comunidad acomodada.
Los esqueletos mostraban desgaste articular, lesiones degenerativas en columna y hombros, fracturas curadas, problemas dentales severos y señales de estrés fisiológico sufridas desde la infancia. Varios adolescentes presentaban marcas propias de esfuerzos repetidos que normalmente se asocian a trabajo físico intenso.
Según los autores, todo apunta a jóvenes de extracción humilde que comenzaron a trabajar pronto y acumularon fatiga corporal antes de alcanzar la edad adulta. En otras palabras: muchachos y muchachas que llegaban debilitados a la epidemia.
En Basilea, la enfermedad no golpeó al azar, sino siguiendo las grietas de la desigualdad.
La peste seguía la ruta de la desigualdad
Los registros históricos del hospital municipal refuerzan esa imagen. No todos accedían a la asistencia en igualdad de condiciones. Ciudadanía, reputación, vínculos familiares o respaldo económico podían abrir puertas o cerrarlas. Los sirvientes enfermos, por ejemplo, podían ser expulsados de la ciudad si no tenían protección suficiente.
Eso significa que la peste no golpeaba sobre una sociedad plana, sino sobre una jerarquía ya marcada por el trabajo duro, la mala alimentación y el acceso desigual a cuidados. Cuando llegó el contagio, algunos partían con clara desventaja.
Los análisis isotópicos de hueso sugieren dietas modestas basadas en cereales y proteínas animales limitadas, compatibles con sectores populares urbanos. No se observan grandes diferencias entre individuos, pero sí un patrón coherente con vidas austeras y vulnerables.

La juventud no siempre fue una ventaja. De hecho, para muchos trabajadores pobres, apenas significó más exposición.
Una epidemia del siglo XVII con ecos del XXI
La gran aportación del estudio no es solo identificar víctimas concretas de la peste, sino demostrar cómo una crisis sanitaria amplifica desigualdades previas. La idea de que las epidemias “igualan” a ricos y pobres se resquebraja ante la evidencia osteológica y documental.
Basilea muestra que los más expuestos podían ser quienes no podían dejar de trabajar, quienes dependían del jornal diario o quienes carecían de redes familiares sólidas. Cuatro siglos después, el mecanismo resulta inquietantemente reconocible.
La Historia rara vez repite escenas exactas, pero sí conserva patrones. Y bajo el suelo de una sala de conciertos suiza han aparecido 15 vidas que lo recuerdan con una claridad incómoda.
Referencias
- All equal in the face of death? Life histories of confirmed victims of the last plague epidemic in Basel (Switzerland), Antiquity (2026). DOI: 10.15184/aqy.2026.10297
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
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