Ciudades inteligentes: España ante el reto de los 50 millones de habitantes

En apenas cinco años, la población en España ha crecido en 2,2 millones de personas, hasta acercarnos a los 50 millones, barrera que, según el INE, superaremos ampliamente en 2030. A nivel mundial, la evolución ha sido igual de vertiginosa: tras sumar 347 millones de personas en el mismo periodo, hemos superado la cota de los 8.300 millones de habitantes. Estos números se traducen en importantes desafíos, siendo uno de los más apremiantes la presión sobre las infraestructuras existentes, que no fueron diseñadas para este volumen y que ahora deben reinventarse bajo el paraguas de la sostenibilidad.
La solución no pasa por construir más, sino construir mejor y esta transición no puede hacerse sin la tecnología. Las infraestructuras inteligentes (o smart infrastructure) conectan sistemas, edificios e industrias mediante tecnologías como el Internet de las Cosas (IoT) o el big data. «En lo cotidiano, esto se traduce en cosas muy concretas: edificios que regulan la temperatura para consumir menos manteniendo el confort; semáforos que se ajustan al tráfico real para evitar atascos; o redes de agua que detectan fugas antes de que haya un problema. Para el ciudadano, el resultado es más comodidad, ahorro y menos impacto ambiental, con mejor seguridad y sin cambiar sus hábitos», detalla Jesús Zurera, director de Design & Build en MVGM España.
Esta necesidad de optimizar los recursos se está viendo reflejada en el crecimiento de esta área. Como señala Zurera, el mercado global de infraestructuras inteligentes se estimó en 373.000 millones de dólares en 2023 y podría superar los 1,35 billones en 2030. Firmas como Fortune Business Insights, auguran una tasa de crecimiento anual del 11,4%, mientras que Gartner prevé que la inversión sólo en centros de datos —el motor que hace funcionar estos sistemas inteligentes— superará los 650.000 millones de dólares este 2026, nada más y nada menos que un 32% más que el año anterior.
Un pilar para la sostenibilidad
A menudo, los objetivos de sostenibilidad se vinculan casi exclusivamente con la generación de energías renovables. No obstante, alcanzar las metas climáticas (en Europa reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en al menos un 55% para 2030) requiere una estrategia más profunda: hacer más eficiente lo que ya existe e implantar sistemas cuyo leitmotiv sea la sostenibilidad. «Ahí es donde las infraestructuras inteligentes son decisivas: optimizan consumos, reducen emisiones operativas y permiten una gestión mucho más precisa de los recursos. Es pasar de un modelo reactivo a uno predictivo y eficiente», destaca el director de Design & Build en MVGM España.
Eso sí, el verdadero potencial de estas soluciones surge cuando dejan de actuar de forma aislada para compartir información, moldeando así las ciudades del futuro: las smart cities. «Inevitablemente, el futuro de las ciudades pasa por ser más inteligentes para gestionar con eficacia crecientes retos de densidad, espacio, presupuesto y sostenibilidad», indica Víctor Ruiz Ezpeleta, profesor de OBS Business School y autor del informe Realidades de las Smart Cities 2025. La implementación de este modelo de urbe «requiere una planificación municipal decidida, una implicación política profunda y, sobre todo, un compromiso con la transparencia en la toma de decisiones», añade Ruiz Ezpeleta.
Actualmente, la Red Española de Ciudades Inteligentes (RECI) integra a 160 municipios, frente a los 25 que se adscribieron en su fundación en 2012. A este respecto, los datos de la RECI muestran que caminar hacia entornos donde la digitalización juega un papel clave se ha convertido en una necesidad. «No hay que tener miedo: la tecnología es una herramienta para que todos vivamos mejor. La transformación digital no es reversible y los ayuntamientos deben convivir con ella y aprovechar sus muchas ventajas», apuntan desde la RECI.
La versatilidad de las infraestructuras inteligentes permite desde gestionar el tráfico de una gran ciudad a optimizar los recursos hídricos de localidades más pequeñas
De hecho, bajo este paraguas coexisten grandes urbes como Madrid, Barcelona, Valencia o Sevilla (que suman 6,7 millones de personas) y municipios con menos de 50.000 habitantes como Calpe, Ermua o Úbeda. Como explican desde la RECI, «las ciudades asociadas a la red que ya han desarrollado proyectos ponen esas experiencias a disposición del resto, de forma que los municipios más pequeños no tienen que empezar desde cero, con todo lo que conlleva de errores y gastos».
Estas realidades tan diferentes constatan, asimismo, que la puesta en marcha de infraestructuras inteligentes no es una cuestión de tamaño. La versatilidad de este tipo de sistemas permite desde gestionar el tráfico de una gran ciudad a optimizar los recursos hídricos de localidades más pequeñas.
Así, la clave para sobrevivir en un mundo cada vez más presionado es saber usar la tecnología. Como indica Jesús Zurera, en los próximos 10 años veremos una evolución muy fuerte hacia ciudades gestionadas por inteligencia artificial en tiempo real. «No se tratará solo de tener sensores o edificios conectados, sino de sistemas capaces de optimizar de forma automática energía, tráfico, agua o mantenimiento urbano. Ya existen hoy bases reales como las redes eléctricas inteligentes o los edificios que ajustan su consumo según la demanda, pero la gran transformación será escalar esta lógica a nivel de barrio o ciudad, con una gestión mucho más autónoma y coordinada, siempre bajo supervisión humana y marcos regulatorios».
Además, empezarán a incorporarse de forma progresiva materiales avanzados como hormigones autorreparables o superficies adaptativas al clima, que están aún en fase de investigación o pilotos. «En conjunto, la gran innovación no será una tecnología aislada, sino la integración de todos estos sistemas en un ecosistema urbano conectado, donde las ciudades empiecen a comportarse como sistemas vivos que se optimizan en tiempo real dentro de límites definidos por las personas», concluye Zurera.
Un pilar de la seguridad nacional
Toda esta conectividad plantea un importante reto: su seguridad. Y es que dada la naturaleza de las infraestructuras críticas (proporcionan servicios esenciales para la sociedad), su ciberseguridad se ha convertido en un eje estratégico de la seguridad nacional, más si sabe en un escenario de competencia tecnológica a nivel global.
Como recoge Grupo Oesía en su informe Ciberseguridad en infraestructuras críticas, sectores como la energía, el transporte, la defensa, las comunicaciones gubernamentales, los sistemas financieros o la sanidad funcionan hoy como ecosistemas interconectados, lo que permite optimizar recursos, anticipar incidencias y mejorar la eficiencia operativa, pero también amplía la superficie de exposición y aumenta el impacto potencial de cualquier vulnerabilidad. Además, recuerdan, los ciberataques ya no se orientan únicamente al robo de información, sino a la interrupción de servicios esenciales, la manipulación de sistemas de control industrial o la desestabilización institucional.
«El reto es que la seguridad no siempre escala al mismo ritmo que la innovación. Además, todos estos proyectos adolecen del mismo problema estructural, la seguridad no suele estar considerada desde el momento inicial del proyecto«, señala Eusebio Nieva, director técnico de Check Point Software para España y Portugal. En su caso, Alberto Alonso, A&E and compliance manager en Axis Communications España, reconoce que «en general hemos desarrollado núcleos urbanos con cierta ausencia de criterio de seguridad».
Y es que a la hora de desarrollar ciudades inteligentes y sistemas conectados, existe una brecha entre la velocidad de despliegue y la madurez de la seguridad: «Olvidamos los ciclos de vida de los dispositivos, la heterogeneidad entre ellos y, sobre todo, el marco de seguridad que deberían tener. Lo más preocupante es la normalización de la vulnerabilidad, cuando los sistemas con fallos de seguridad funcionan durante años sin graves incidentes, se genera una falsa sensación de robustez», subraya Sergio García Estradera, gerente de i3e.
En un escenario en el que la tecnología digital evoluciona a una velocidad de vértigo, mientras que las infraestructuras se construyen pensando en largos periodos de tiempo, ¿cómo podemos proteger estos activos? «La clave está en construir arquitecturas vivas y modulares. Ya no diseñamos sistemas estáticos, sino plataformas capaces de aprender y evolucionar en producción. Al integrar capas de agentes inteligentes (lo que llamamos Agentic AI), podemos actualizar la lógica de operación de una infraestructura sin necesidad de reconstruir el activo físico, permitiendo que la tecnología se adapte al ritmo de la innovación digital», argumenta Doris Seedorf, CEO de Softtek para España.
Como ejemplifica Sergio García Estradera, una subestación eléctrica diseñada en 2010 no es menos potente en 2026, «pero el ecosistema de amenazas que la rodea es radicalmente distinto. El activo no cambia; su vulnerabilidad relativa aumenta con el tiempo. Esto podríamos llamarlo como la obsolescencia de seguridad sin obsolescencia funcional».
Los ciberataques ya no se orientan al robo de información, sino a la interrupción de servicios esenciales o la desestabilización institucional
Y esta es precisamente una de las grandes preocupaciones de la ciudadanía respecto a la conectividad de todos estos sistemas con información muy sensible, la vulnerabilidad de sus datos. «En sectores como las telecomunicaciones o el consumo, donde el volumen de datos es enorme, la privacidad depende de controlar todo el ciclo del dato: desde el dispositivo hasta la nube. Esto exige cifrado extremo a extremo, control de acceso granular y modelos Zero Trust. El riesgo no está solo en el dato almacenado, sino en cada conexión entre sistemas», sostiene Eusebio Nieva.
Todos los expertos coinciden: evitar un ataque es prácticamente imposible. Por tanto, la defensa de estos sistemas debe pasar por «organizar una respuesta rápida y eficiente en caso de que el ataque tenga algún nivel de éxito», apunta Alberto Alonso. Para Doris Seedorf, hay que tener en cuenta que «la defensa debe ser tan inteligente como el ataque. Ya no basta con muros digitales; necesitamos una inteligencia operativa que detecte anomalías en tiempo real y sea capaz de reconfigurar las defensas de forma autónoma».
Por supuesto, defender y asegurar todo lo posible nuestros datos no puede hacerse sin inversión y formación y la ciudadanía debe ser una parte activa de ello. «Hay que conseguir que, igual que tenemos interiorizado cerrar la puerta de nuestra casa al salir, adoptemos medidas de protección como las políticas de usuarios y contraseñas, el cifrado y protección de las comunicaciones y mantener actualizados los dispositivos y sistemas», indica Alberto Alonso.
Para Eusebio Nieva la clave para que la sociedad sea consciente de la importancia de la ciberseguridad está en vincular esta a los servicios que vivimos y utilizamos: «Cuando falla una administración pública digital, un banco o una red de telecomunicaciones, el impacto es inmediato. Con una media de casi 2.000 ataques semanales por empresa en España, no hablamos de un riesgo teórico, sino de una realidad constante. Invertir en ciberseguridad es, en esencia, garantizar la continuidad del país digital». Algo en lo que coincide Doris Seedorf: «Invertir en seguridad es, en última instancia, invertir en la continuidad de nuestra forma de vida digital y física; es lo que permite que el mundo siga funcionando sin interrupciones».
Qué ‘quita el sueño’ a los expertos
Cada día ocurren brechas de ciberseguridad que pasan totalmente inadvertidas para la ciudadanía. Sin embargo, cuando se trata de infraestructuras críticas, ¿cuál es el escenario que desvela a los expertos?
- Para Eusebio Nieva, el mayor riesgo es «un ataque coordinado y silencioso contra sistemas de gobierno o telecomunicaciones que manipule servicios sin interrumpirlos completamente; es decir, una alteración progresiva de datos que pase desapercibida durante semanas».
- Por su parte, Sergio García Estradera apunta a la manipulación sutil de datos de control en tiempo real: «No un ataque que destruye, sino uno que miente. Me preocupa el bombero que llega tarde porque el sistema de emergencias le redirigió por una ruta ‘optimizada y falsa’ o el fallo más peligroso de una alerta: el silencio cuando debería estar sonando».
- Desde su perspectiva, Doris Seedorf pone el foco en «la degradación silenciosa de la toma de decisiones autónoma. Imaginemos un sistema que, por un sesgo no detectado o una optimización errónea, empieza a tomar micro-decisiones que, a escala, desequilibran la equidad de servicios básicos o la estabilidad económica de una ciudad. Por eso insistimos tanto en el ‘gobierno de algoritmos’ y en mantener siempre al humano en el bucle para supervisar la ética del sistema».
- Por último, Alberto Alonso señala que «todas las infraestructuras están amenazadas y todas pueden presentar vulnerabilidades. Lo que más nos debe preocupar no es tanto un posible ataque y sus consecuencias evidentes, sino la respuesta de los ciudadanos y la capacidad de las autoridades para mantener el orden y la seguridad».
Fuente de TenemosNoticias.com: www.eleconomista.es
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