8 de mayo de 1945: dos Francias en la colina de Montjuïc

El 8 de mayo de 1945, Barcelona celebra la victoria aliada en una atmósfera singular. En la colina de Montjuïc, dos Francias se cruzan sin encontrarse: la de la Francia Libre, reunida ante el monumento a los caídos, y la de Vichy, encerrada tras los muros de la fortaleza junto a Pierre Laval.
En mayo de 1945, Barcelona se convierte en uno de los últimos refugios de los vencidos de la Colaboración. La Alemania nazi se derrumba y los antiguos responsables de Vichy buscan una salida. Entre ellos, Pierre Laval, antiguo jefe del Gobierno francés. Su nombre resume por sí solo el abismo al que el régimen de Vichy arrastró a Francia: la Colaboración, la represión, la participación en las persecuciones antisemitas, la esperanza depositada hasta el final en la Alemania hitleriana.
Pero, en Barcelona, Laval no es libre. Las autoridades franquistas lo instalan en la fortaleza de Montjuïc, que domina la ciudad y el Mediterráneo. La prisión tiene su propia historia, marcada por represiones y ejecuciones. Durante unos días, se convierte en el escenario de la caída de un hombre que había gobernado en nombre de una Francia sometida al ocupante.
El símbolo es aún más fuerte porque, al mismo tiempo, en esa misma colina, otros franceses se reúnen. En efecto, el 8 de mayo de 1945, varios centenares de franceses de Barcelona suben al monumento a los caídos. Llevan flores tricolores en la solapa. Cantan La Marsellesa. Celebran la capitulación de la Alemania nazi, pero también la victoria de una cierta idea de Francia: la que no aceptó la derrota, la que se reconoció en la Resistencia, la Francia Libre, el general De Gaulle, los maquis, los prisioneros, los deportados, los exiliados.
A solo unos cientos de metros, dos Francias se enfrentan.
Una canta. La otra calla.
Una deposita flores al pie de un monumento a los caídos. La otra espera detrás de los muros de una fortaleza.
Una celebra el regreso de la República. La otra encarna el derrumbe de un régimen que había pretendido hablar en nombre del país.
Esa proximidad confiere a la jornada una fuerza casi teatral. No se trata solo de un contraste político. Es una escena de memoria. La colina de Montjuïc se convierte, durante aquel 8 de mayo, en un mapa en miniatura de la Francia de 1945: una Francia liberada, orgullosa, reunida en torno a sus muertos; y una Francia comprometida, vencida, recluida, ya destinada a los tribunales.
Estas dos Francias se miran sin hablarse. Montjuïc se convierte entonces en algo más que un lugar de Barcelona. Se convierte en un espejo de Francia al salir de la guerra: dos Francias, una de las cuales recupera su voz mientras la otra desaparece en la sombra.
Guillaume Horn es historiador
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Fuente de TenemosNoticias.com: www.elperiodico.com
En la sección: El Periódico – internacional
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