Cofradía del Espíritu Santo y Nuestra Señora del Socorro

Recorrer la historia de Valencia es, inevitablemente, cruzarse con la mirada serena y doliente de nuestra Señora del Socorro. Para el cronista y el investigador, la devoción a nuestra Patrona no es solo un hecho de fe litúrgica; es el eje fundamental sobre el cual se tejió la identidad carabobeña. Cuando en 1616 se fundó la Cofradía del Espíritu Santo, ocurrió un milagro civilizador: en una sociedad colonial rígidamente dividida por castas y estamentos, el manto de la Virgen logró lo que las leyes humanas no alcanzaban: unificar a indígenas, pardos, esclavos y mantuanos bajo una misma condición de hijos y hermanos. El mayor prodigio de la Virgen del Socorro ha sido ese: sostener el alma colectiva de nuestra ciudad en sus horas más oscuras, transformando un aparente error de destino en nuestra más grande bendición.
Fue precisamente esta cofradía de indios y esclavos la que encargó a España (posiblemente a Sevilla) la imagen de la Virgen que hoy es la protectora de Valencia, estimándose su llegada antes de 1690. Es aquí donde cobra vida la hermosa leyenda —que ya forma parte de nuestro acervo— de que la cofradía había solicitado la iconografía de la Virgen del Perpetuo Socorro, mientras que el Virreinato del Perú esperaba una Dolorosa. En el camino, las cajas se trocaron. Al desembarcar en Puerto Cabello, los valencianos se encontraron con el rostro sufriente de la Dolorosa, a quien adoptaron y llamaron “del Socorro” desde ese mismo día, mientras que al Perú llegó la otra advocación. Cuando desde tierras andinas reclamaron el intercambio, el pueblo se negó rotundamente. Como bien inmortalizó Andrés Eloy Blanco: “…Virgen no se cambia”.
Debido a esta creciente y fervorosa devoción, en 1723 la cofradía reformó sus constituciones para incluir formalmente a la Virgen en su título oficial, pasando a denominarse Cofradía del Espíritu Santo y Nuestra Señora del Socorro. Años más tarde, en 1752, la institución recibió la aprobación del Rey de España bajo el pomposo y digno título de “Pontificia, Real y Muy Venerable Cofradía”. Desde entonces, sus miembros asumieron la alta responsabilidad de costear el culto, los ricos vestidos de la imagen y las procesiones; quedando establecido en aquellas constituciones de 1752 que los pardos mantendrían el honorífico privilegio de cargar la sagrada imagen sobre sus hombros.
De todos los testimonios que atesora la hermandad, el “Milagro del Jobo” es, quizás, el que mejor retrata esa comunión entre la Virgen y su pueblo. Aunque es una historia conocida, vale la pena revivirla. Dice la crónica tradicional que en 1758 una sequía inclemente y prolongada borró el verde de nuestras tierras valencianas, trayendo consigo la sombra del hambre y la peste. Con los pozos secos y el ganado muriendo, el obispo Diego Antonio Diez Madroñero, junto a la Cofradía y los fieles, sacó a la Patrona en una procesión de rogativa hacia el noreste de la ciudad, por el sector del Monte de la Acequia.
Al detenerse la caminata frente a un imponente árbol de jobo, el obispo Madroñero, con el corazón encogido por el sufrimiento de su grey, golpeó la raíz del árbol con su báculo implorando el auxilio del cielo. En ese instante, desafiando las leyes de la naturaleza y la aridez de la tierra, de las entrañas del jobo brotó un manantial de agua cristalina. Aquel chorro de vida no solo calmó la sed material de Valencia, sino que devolvió la fe a una comunidad que se sabía amparada.
Hoy en día, la Cofradía tiene su sede oficial en el centro de Valencia, en la calle Martín Tovar con calle Independencia, manteniendo su epicentro de veneración principal en nuestra Catedral Basílica de Nuestra Señora del Socorro, frente a la Plaza Bolívar.
Solo me resta felicitar a Marina Bencomo, presidenta de la Cofradía de Nuestra Señora del Socorro de Valencia, así como a los demás integrantes de la Junta Directiva saliente, a la nueva directiva y a los nuevos miembros que se incorporan a esta noble misión. No hay duda de que nuestra Señora del Socorro seguirá cuidando los pasos de los valencianos. Los milagros, después de todo, no se quedaron atrapados en las páginas amarillentas de la historia colonial ni en las raíces de aquel árbol bendito; Ella sigue obrando en lo cotidiano, en el silencio de los corazones que la visitan en su Catedral o que conservan con amor su estampa en el rincón más querido de la casa.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.el-carabobeno.com
En la sección: Destacados articulistas sobre temas de política, Educación, salud, cultura de Valencia, Carabobo y Venezuela
También te puede interesar




