El sufrimiento a veces pasa desapercibido y en Venezuela, un país en el que no hay cifras oficiales de mortalidad desde 2016, la desesperanza y la depresión se viven en soledad. Solo cuando ya es demasiado tarde, las decisiones radicales de atentar contra la propia vida se dan a conocer. Entre el estigma y el tabú, las señales de alarma pasan desapercibidas en medio de una emergencia de salud mental que normaliza el sentir ansiedad o el no dormir bien. Sin políticas públicas, ni cifras que permitan su estudio, el dolor queda en el ámbito privado y se disfraza de resiliencia. Silenciosos, los suicidios son una realidad de la que no se habla, al menos en voz alta.
Hay 10 años de retraso en estadísticas oficiales publicadas por el Ministerio de Salud. No se puede hacer vigilancia y monitoreo de un tema que sigue generando inquietud en la comunidad científica. Sin cifras no se puede establecer qué ocurre o si hay un aumento o descenso en el número de suicidios en un país que este año comenzó con un “nuevo momento político”. El Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) asumió la rigurosa labor de aproximarse al tema en un contexto complicado. Su monitoreo, un subregistro obtenido de reportes en medios de comunicación y fuentes extraoficiales, paró en 2025.







