Mario Mendoza, el ‘rock star’de la literatura colombiana

El portero era el mismo del año anterior. Lo habían puesto a cuidar la fila de autógrafos en la Feria del Libro de Pereira y, desde ese puesto de guardia, había visto algo que no entendía del todo: cientos de personas haciendo cola durante horas para que un hombre les pusiera su nombre en la portada de un libro. Ese hombre era el escritor colombiano Mario Mendoza, quien le regaló un ejemplar de una de sus novelas. El portero se fue con el libro bajo el brazo, sin mucha convicción.
Un año después volvió a la misma feria. Pero esta vez llegó con un libro y se puso en la fila como cualquier otro lector. “Ya me leí cuatro o cinco de sus novelas —le dijo cuando llegó hasta el escritor— y este lo compré yo”.
Esa historia, que cuenta Andrés Grillo, editor de Mendoza en Planeta Colombia, es una de las muchas anécdotas sobre un converso más del universo literario del escritor colombiano más famoso de la historia reciente, con la obvia excepción de Gabriel García Márquez, que juega en la liga de los inmortales.
Ese portero de la Feria del Libro de Pereira es la mejor expresión individual de un fenómeno literario sin equivalente en Colombia y probablemente sin par en América Latina. Es el resultado de un trabajo juicioso de más de tres décadas, durante las cuales Mendoza ha construido una relación cercana con sus lectores, que rompe todas las fronteras de clase, edad, geografía y formación académica.
En el pasado abril de este año, durante la Feria Internacional del Libro de Bogotá, la firma Nielsen IQ Bookdata presentó su más reciente reporte sobre el mercado editorial en 18 países de la región. El estudio registró las ventas de libros impresos en Colombia entre el 1.º de enero de 2023 y el 31 de marzo de 2026. Los resultados fueron alentadores en términos generales: Colombia creció un 6 por ciento en unidades impresas durante 2025, muy por encima del promedio de los 18 países medidos, que fue de 0,05 por ciento
Pero lo que más llamó la atención fue la tabla de autores con más unidades vendidas. Mario Mendoza ocupó el tercer lugar con 180.651 unidades vendidas, detrás de Gabriel García Márquez, con 303.795, y James Clear, con 192.106, y por encima de figuras como Isabel Allende, J. K. Rowling y Colleen Hoover.
Mario Mendoza ganó el premio Biblioteca Breve Foto:CEET Cesar Melgarejo
El dato merece leerse con cuidado. García Márquez es un clásico universal que se compra tanto por devoción lectora como por obligación escolar. Clear es el autor de Hábitos atómicos, el libro de autoayuda más vendido del planeta en años recientes. Mendoza, en cambio, es un escritor colombiano vivo, que escribe novelas urbanas de terror social y psicología oscura, que no ha ganado el Premio Planeta ni ha sido finalista del Booker. El único premio que tiene es el Biblioteca Breve, en 2002, por la que es, tal vez, su novela más famosa, Satanás. Aquí es bueno recordar que este premio lo ganaron, entre otros, Mario Vargas Llosa, con La ciudad y los perros; Guillermo Cabrera Infante, Tres tristes tigres, y Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé.
La dimensión del fenómeno Mendoza se puede medir cuando uno de los jefes regionales de Planeta llegó desde México a ver a Mendoza en una feria del Libro de Bogotá, salió impresionado: el autor había llenado el auditorio cuatro veces en el mismo evento, esto es, para el mundo de los libros, como hacer sold out dos veces en el estadio El Campín. Ochocientas personas por función. Tres mil doscientos lectores que esperaron su turno y se sentaron a escuchar a un escritor hablar durante dos horas sobre sus novelas y sobre los libros que lo habían marcado. En Medellín, cuando el recinto habitual no alcanzó, consiguieron el auditorio de la Universidad de Antioquia. Mil doscientas personas. En Pasto, en Manizales, en Villa de Leyva, la historia se repite con variaciones mínimas: llega gente de otros departamentos, de los Llanos, del Casanare. Solo por escucharlo. Solo por la firma.
Las firmas son todo un ritual y una clase de literatura. En ellas aparece algo que va más allá del fanatismo ordinario: una transmisión intergeneracional casi inexplicable en el ecosistema literario colombiano, un poco como los conciertos de las leyendas del rock. Un marido firma detrás de su esposa y confiesa que ya lleva setenta páginas de La hora de los lobos porque ella se lo puso en la mesa de noche. Una abuela firma un ejemplar para mandárselo a su nieta en Canadá y se queda conversando con desconocidos sobre Satanás. “Van la abuelita, la mamá, la tía, la hija”, cuenta Grillo. “Es un plan familiar”.
El monje y la calle
La pregunta es: ¿cómo llegó hasta aquí?
La primera parte de la respuesta es más bien obvia, y tiene que ver con una disciplina casi monástica a la hora de escribir, la otra no tanto, es el trabajo de calle, el respeto por el lector y el entendimiento del mundo del libro en todas sus dimensiones. Mendoza no deja sus novelas a su suerte, las acompaña en todo el proceso de encontrar sus lectores. Quitándole poesía al asunto, apoya el mercadeo.
“Mario tiene la disciplina de un monje”, dice Grillo. “Sacrificó todo porque para él su compromiso es la obra y está consagrado a eso”. Esa consagración tiene consecuencias concretas: termina una novela cuando ya tiene la siguiente en marcha. Durante la pandemia entregó dos manuscritos que había escrito en paralelo. “Nunca lo verá en un coctel literario. Mario está o leyendo o escribiendo o corrigiendo o haciendo reportería”, agrega Grillo.
Mendoza ha creado una verdadera legión de lectores Foto:Carlos Ortega
Mendoza tiene la pasión del periodista investigador. Para Satanás, basada en la masacre del Pozzetto en 1986, investigó durante años. Para Los vagabundos de Dios entró en contacto con grupos religiosos que normalmente nadie frecuenta. Sale a la calle, conoce los escenarios y luego escribe.
Y sobre el trabajo de calle, la historia que Grillo cuenta es la del día que llegó a Medellín a “maletear”: visitar librerías, hablar con los libreros, pedirles que pusieran sus libros en lugares visibles. Un vendedor de la editorial lo acompañó convencido de que sería una tarde incómoda. No lo fue. Mendoza recorrió todas las librerías sin quejarse, hablando con cada librero como con un viejo conocido. “Eso no lo hace ningún autor”, dice Grillo.
Sembrar para recoger
Pero quizás el trabajo más importante fue el de los colegios. Durante años recorrió instituciones en pueblos de Boyacá, en el sur de Bogotá, en zonas donde los escritores colombianos nunca iban. En el Lucero Alto encontró una vez un cartel pintado a mano que decía: “Somos la people”. Años después, esa misma gente apareció en una feria del libro con el mismo cartel, para decirle: “Usted fue a vernos, nosotros venimos a verlo”.
Hernando ‘Keco’ Olano, arquitecto e ilustrador, es el artista con quien Mendoza construyó el universo de sus novelas gráficas comenzando por la adaptación de Satanás. Juntos han construido un universo que conforma un arco narrativo complejo, con múltiples líneas temporales y personajes que se interconectan. “Llegó a Mendoza casi por accidente —dice—: había hecho una novela gráfica con Antonio García llamada El taxista llama dos veces, que retrataba una Bogotá nocturna y violenta. Mario la vio, reconoció en ella la ciudad que había construido en sus novelas, y me llamó”.
Los lectores más fieles descubren todos los guiños entre las distintas historias. “Ellos analizan cada gráfico, detallan cada dibujo”, cuenta Olano. “Nosotros llenamos los libros de easter eggs, de pequeños mensajes ocultos, y ellos los captan todos”. Esa capacidad de generar comunidad interpretativa, de producir lectores que no solo consumen, sino que analizan y debaten, es quizás uno de los signos más claros de la profundidad del fenómeno.
Martha Mejía es una de las lectoras fieles de Mendoza, trabaja en la parte operativa de una empresa de transporte en Medellín y llegó al autor bogotano de una manera que parece sacada de una de sus novelas. Estaba pasando por un proceso oncológico cuando su médico, viéndola leer en la sala de quimioterapia, le preguntó qué tenía entre manos. En la próxima sesión le regaló Cobro de sangre.
Eso fue en 2017. Para 2021 ya había creado en Facebook un grupo de lectura dedicado a la obra de Mendoza. “Pregunté quién quería leer a Mario y puse mi número de WhatsApp. Al otro día tenía más de doscientas personas escribiéndome”. Hoy el grupo —que se llama Comunidad Lectora Abrazo Libro, porque ya terminaron de leer toda la obra— tiene cerca de mil integrantes. Se reúnen todos los miércoles, a las 7:30 de la noche, por videollamada, leen en voz alta, hacen tertulias. Hay integrantes en Bogotá, Barranquilla, Cali, Armenia, Pereira, Alemania y Cuba.
Martha viaja a Bogotá para las presentaciones. Sale de Medellín en un vuelo de las 5:30 de la mañana para llegar a Corferias antes de que abran las puertas. Ha sido la primera en la fila en más de una ocasión. Lo que describe es un tipo de comunidad lectora que las editoriales llevan años intentando fabricar artificialmente. En este caso, nació sola, de abajo hacia arriba, impulsada por lo que los estudios de mercado llaman identificación emocional con el texto.
El escritor incómodo
Hay una última dimensión de Mendoza que sus editores mencionan con cautela pero que sus lectores sienten claramente: su relación con la crítica y los sectores académicos. “El establecimiento literario sigue siendo muy cerrado”, dice Grillo. “Si van a criticar, que lo hagan leyendo. Que no vengan a decir que vende mucho, porque eso no es una crítica”. Mendoza conoce perfectamente su posición en ese tablero. Ha optado por no disputarla en ese terreno, sino en otro: el de los lectores reales, los que hacen fila a las seis de la mañana, los que aprenden a leer con sus libros en la cárcel —en la Cárcel Distrital, en El Buen Pastor, sus novelas son las más desgastadas de las estanterías—.
Pero también es cierto que sus libros se vuelven necesarios. En plena pandemia, Mendoza publicó Bitácora del naufragio, construido sobre historias de gente que murió o que sobrevivió sin finales felices. En la primera firma presencial después del encierro llegó una familia con el ejemplar manoseado. “Este fue el libro que nos sostuvo”, dijeron. “Nos reuníamos por las noches a leer”. Grillo no entiende del todo la conexión. “Es un libro muy duro. Y la gente se sentía reflejada. Hay algo de seguirla guerreando con todo, con dignidad. Y la gente se identifica con eso”.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.eltiempo.com
En la sección: EL TIEMPO.COM -Cultura
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