Debate político en Venezuela: Notas a ¿Usted me comprende?

Johan López Mujica analiza el panorama político en Venezuela y responde al texto de Jonatan Alzuru. Un debate necesario sobre el chavismo y la democracia.
En primer lugar —esto debe quedar claro— hago este texto en código de contestación al colega Jonatan Alzuru a propósito de su texto ¿Usted me comprende? (El Nacional, 6 de junio de 2026) por dos razones que, en definitiva, se complementan.
Se trata de un texto sólido con una buena base argumental, por lo que vale la pena entrar en el ring del debate. En esa dirección, salvando distancias y personajes, recuerdo un pasaje entre Ludovico Silva y Briceño Guerrero, dos de los más interesantes intelectuales de segunda mitad de siglo XX venezolano.
Como se recordará, Briceño Guerrero escribió El laberinto de los tres minotauros, libro que en su tiempo concitó varios debates en la escena intelectual venezolana. Ludovico Silva tuvo la buena idea de contestar y contrastar (en sentido contra argumental) las posturas intelectuales de Briceño Guerrero en ese texto.
La contestación por parte de Silva me resultó interesante por varios motivos, principalmente porque somos un país poco dado a los debates sustantivos y, tanto peor, argumentados. Un argumento solo puede ser rebatido con otro argumento.
Palabras más, palabras menos; Silva sostenía algo así en los prolegómenos de su texto:
“Voy a rebatir y contrastar los conceptos planteados por Briceño Guerrero porque me resultan llamativos y de una argumentación densa y delicada. Y aunque estoy en desacuerdo con la mayoría de sus planteamientos, vale la pena el gesto del disputatio”.
Volviendo al texto de Alzuru, rescato la voluntad intelectual para discutir estas cosas a la luz pública (en su texto de El Nacional del 1 de mayo de 2026, Venezuela: la urgencia de un debate público, Alzuru hacía el convite al debate político).
Es fundamental colocar un grano de arena en el escenario de una opinión pública nacional algo ruinosa y no pocas veces ruidosa. En ese sentido, ambos textos (tanto el de Jonatan como este) están acicateados por la misma voluntad: discutir el abigarrado panorama político nacional desde una perspectiva crítica y, en gran medida, propositiva.
Un primer momento de mi contestación al texto de Alzuru tiene que ver con un asunto muy básico y que no requiere mayores explicaciones desde el orden intelectual: Edmundo González Urrutia renuncia a su cargo porque atendió, entendió y asumió una línea política; más específicamente, González atendió a principios—no escritos, evidentemente— de eso que llaman la realpolitik.
González cumplió un rol preponderante en la lucha por la democracia. Su actitud valiente fue vital para mantener la llama viva del espíritu del 28-J de 2024. Esa línea política asumida por González debe leerse en un contexto de relaciones político-sociales muy complejo.
Un contexto en el que vemos a un Gobierno que, en modo alguno, está dispuesto a someterse al arbitrio de la voluntad popular. De allí su absoluta reticencia a un proceso electoral con garantías democráticas.
El Gobierno sabe que sus opciones en el plano electoral son escasas; para que el chavismo asuma la ruta electoral debe tener la certeza cartesiana (“por las buenas o por las malas”, como han dicho tantas veces) de que van a ganar.
Nada de imprevisibilidad democrática; si no tiene la certeza de triunfo, no se somete a una votación que, ahora mismo, le es francamente desfavorable.
En todo caso, lo que no debemos olvidar es lo siguiente: estamos en presencia de un aparato gubernamental —inédito en la historia política nacional, por lo menos en el siglo XX y lo que va del XXI— que no tiene escrúpulos al momento de usar la fuerza militar (y también la paramilitar) para reducir cualquier tipo de oposición realmente antagónica.
Entiendo que hay otras oposiciones en el país; buena parte de esas oposiciones, sino todas, son funcionales al chavismo. Algunas porque “hacen su trabajo” (para eso las confeccionó el chavismo como traje a la medida) y otras, muy reducidas, hacen oposición desde la buena voluntad, desde procederes éticos, apegados a un deber ser republicano que, en modo alguno, nos hará ver alguna luz al final del túnel.
De esta forma, marco la cancha de este lado del ring: confrontar a un Gobierno como el chavista no solo demanda agudeza política convencional, sino que necesita de lo inconfesado, de lo impropio, de aquello que va más allá del bien y del mal; por lo que no basta rezar.
En ese (des) orden de cosas, el chavismo terminó por adaptar la democracia—sus instituciones— a sus fines, procederes y principios. De esta forma, cualquier oposición que salga al ruedo político, por bienintencionada y de avanzada que sea, corre el gran riesgo de quedar empantanada, cuando menos… o peor.
Esa lección la aprendieron a fuego y sangre varios venezolanos acallados por la razón de la bala impuesta por chavismo.
La urgencia por restablecer marcos institucionales
Al caracterizar al chavismo como composición político-gubernamental, lo primero que se observa es su condición iliberal o, más teóricamente hablando, el chavismo se enmarca dentro de los límites de lo que Zakaria (1997) denominó como democracia iliberal.
Su llegada al poder se da en los marcos de la democracia republicana: llega al Gobierno por la vía de los votos, un precepto estructural y estructurante de la democracia liberal.
Ya en el poder, el chavismo inicia un proceso sistemático de ajustes y calibraciones para hacer de la democracia un utillaje, un medio para alcanzar un fin: perpetuarse en el poder.
De allí que, y por mucho que nos pese, en la Venezuela del chavismo es perfectamente entendible que se hable del fiscal o el Tribunal Supremo de Justicia del Gobierno.
Es decir, las instituciones democráticas están allí, son una realidad, un significante que fue resignificado según los intereses del hegemón chavista. Pero la resignificación no se dio solo a nivel retórico, sino que se estableció como práctica que, a la fecha, ya muchos venezolanos terminaron por naturalizar.
De esta manera, hacer oposición ante una forma política tan particular y, sobre todo, tan enraizada en sus lógicas y procedimientos (son 27 años ininterrumpidos de chavismo gubernamental) resulta un ejercicio de complejidades sin iguales.
El 28 de julio de 2024 ocurrió un acontecimiento inédito en nuestra historia política: el chavismo (desde su Consejo Nacional Electoral) desconoció el mandato popular expresado en el voto. Lo hizo a la luz pública de las redes y las multipantallas.
No le tembló el pulso. No tuvo reparos en quebrar las formas republicanas más elementales; como quiera verse, el chavismo cumplió (“ganaremos como sea, por las buenas o por las malas”) y se apoltronó en el Ejecutivo.
En ese escenario, el reclamo razonado y argumentado, las pruebas del fraude electoral, las actas y las demostraciones de que, en efecto, esas actas daban cuenta de que González Urrutia ganó en una proporción 70-30, no tenían ningún tipo de validez ante el poder desnudo y descarado, ante un chavismo que no está dispuesto a deponer su actitud irrepublicana.
El chavismo no solo hizo lo que le dio la gana, sino que los venezolanos, inermes en todos los sentidos de la palabra, poco o nada podíamos hacer.
De esta forma, la prédica desprevenida (o ingenua) según la cual “dejemos que los venezolanos resuelvan sus problemas políticos” (así decían, entre otros, José Rodríguez Zapatero, Lula o Gustavo Petro) terminaba por cerrar una ecuación nefasta que, amparada en una lectura republicana descontextualizada, desconoce que el chavismo no tiene contendor dentro del país, y los que quedan han sido proscritos, defenestrados, encarcelados, desaparecidos o comprados.
Lo que urge, desde hace varios años, es la institucionalización del país. Tener reglas básicas para restablecer el tejido democrático. Pero, convengamos, ese no es el idioma del chavismo.
El chavismo está cerrado a habilitar espacios institucionales. Por eso no acuerdo con este señalamiento de Alzuru:
“Yo no entiendo por qué en el 2025 no se fue a las elecciones parlamentarias, si se tenía la experiencia de ganar la Asamblea Nacional en el 2015 y, además, se contaba con la práctica para demostrar el fraude como en el 2024”.
Yo sí lo entiendo. Supongamos que el sector opositor realmente antagónico, representado por María Corina Machado, hubiese decidido acudir a ese acto electoral. No dejo de interrogarme sobre lo siguiente: ¿qué hubiese pasado si el chavismo, ¡una vez más!, desconocía la voluntad popular y se autoproclamaba ganador así, sin más?
En un escenario como ese, la oposición realmente antagónica no puede más que levantar quejas formales y mostrar pruebas fehacientes del fraude. Además, pruebas fehacientes y quejas legítimas irían a parar a las fauces de la triunidad Gobierno-Estado-Partido, o sea, al chavismo que cometió el fraude.
¿Ya no hemos transitado por escenarios parecidos en el pasado más reciente? ¿Si el chavismo fue capaz de robarse la elección presidencial, por qué no haría lo propio en una elección de menor calibre? ¿O acaso el chavismo iba a aceptar una derrota colosal luego de lo sucedido el 28-J? Las respuestas saltan solas a la vista.
En relación al Manifiesto de Panamá hay cosas por discutir, es cierto. En lo sustantivo, estoy de acuerdo con los cuatro puntos fundamentales de este documento, a saber:
1.- Convocatoria a elecciones. 2.- Liberación de presos políticos. 3.- Retorno de exiliados. 4.- Desmantelamiento inmediato de los aparatos represivos del Estado y de grupos armados irregulares. No sé en qué punto el documento reviste carácter personalista.
Son, además, exigencias democráticas básicas sin las cuales no habría ni transición política ni prosperidad económica, dado que una antecede a la otra.
Asumiendo la primera persona
En condiciones normales, teniendo un marco republicano más o menos sano, mis opciones políticas serían muy distintas a las que estoy casi obligado a asumir hoy.
Porque estoy muy lejos de creer que la opción política representada por MCM se instaló mayoritariamente en las preferencias electorales por su programa político-económica y social de avanzada o porque su ideología logró impactar a la mayoría de los venezolanos.
Me inclino a pensar que la identificación con MCM es menos elaborada, acaso más pragmática.
La gente ubica a MCM en las antípodas del chavismo; fíjense que la opción antagónica no corre por el centro político (ni de izquierda ni de derecha). ¿O no hacemos esa lectura?
Mi consulta es, en este punto, muy rudimentaria y diría que en extremo básica: ¿Qué pasa si sacamos de la ecuación política venezolana al factor antagónico realmente existente? ¿Qué nos queda? ¿Bernabé Gutiérrez, José Brito, “El Burro” Martínez, Leopoldo López, Ledezma, Claudio Fermín, Ochoa Antich, Chúo Torrealba, Capriles?
La pregunta va en serio. Porque también podemos pensar en un liderazgo opositor de avanzada… uno que, ahora mismo, no existe y que, por tanto, habría que construir colectivamente.
¿Cuánto tardaría en construirse ese liderazgo de avanzada, esa vanguardia esclarecida? ¿Cinco, diez, quince años? Las opciones son esas. Lamento una frase como la anterior. Pasa que esa frase está allí como lápida, como realidad política cruda y sin afeites.
Ahora bien, reconozco el lugar de enunciación desde el que habla Alzuru. Lo reconozco porque también he padecido los embates de un chavismo arrasador, atílico. Una composición política que partió los abrazos y quebró los sueños de tantos.
De allí que nuestra necesidad política más urgente, según pienso y siento, es salir por las vías democráticas del chavismo. Eso pasa, entre otras cosas, por desposjarlo de su condición gubernamental. El chavismo es, en gran medida, en tanto tiene para sí la estructura Gobierno.
Fuera de él, sus posibilidades son pocas. De allí que prefiriera bombazos y lanzarse un fraude electoral descomunal antes que ceder el Gobierno. Por eso se queda “por las buenas o por las malas”.
Por ahora, sumo mi voluntad al antagonismo realmente existente; fuera de eso, no hay nada que buscar para confrontar al chavismo.
Finalmente, este ejercicio deliberativo es central para generar opiniones públicas más sensatas. El desacuerdo y el debate, como diría Ranciere, deben estimularse para fortalecer la democracia.
Sé que Alzuru lo sabe, por eso su texto lo asumí como provocación y convite al diálogo discordante y fructífero.
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