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Lili Boulanger: todo lo que cabe en veinticuatro años

📅 🕐 hace 2 min🔗 Fuente: TenemosNoticias.com🕑 5 min de lectura
Lili Boulanger: todo lo que cabe en veinticuatro años
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En la primavera de 1918, mientras los cañones del Kaiser batían París y Claude Debussy agonizaba en su casa, una muchacha de veinticuatro años dictaba a su hermana las últimas notas de un Pie Jesu. Ya no tenía fuerzas para sostener la pluma. Lili Boulanger murió el 15 de marzo; Debussy, diez días después. En aquel mismo mes se apagaron, casi a la vez, el mayor compositor francés de su tiempo y la que acaso habría sido su heredera más cercana. De él lo sabemos todo. De ella, todavía demasiado poco. Este es un intento de reparar, modestamente, esa injusticia.

Una niña que escuchaba lo que los demás no oían

Marie-Juliette Olga, Lili” Boulanger nació en París en 1893, en una casa donde la música era el aire que se respiraba. Su padre, Ernest Boulanger, había ganado el Premio de Roma en 1835 y enseñaba en el Conservatorio; era ya un anciano cuando ella nació, y murió siendo Lili una niña. Su madre, Raïssa, princesa rusa y cantante. Y su hermana mayor, Nadia, seis años más grande, destinada a convertirse en la pedagogа más influyente del siglo XX , maestra de Copland, Piazzolla, Quincy Jones, Philip Glass, pero que entonces era apenas la hermana que la llevaba de la mano a las clases del Conservatorio.

Allí, a los dos años, Gabriel Fauré descubrió que la pequeña tenía oído absoluto. A los cinco seguía las clases de armonía sentada en las rodillas de Nadia. Pero a esa misma edad, una bronconeumonía dejó su organismo arruinado para siempre. Lili creció sabiéndose frágil, convaleciente perpetua de un mal intestinal que la consumía a fuego lento. Compuso, podría decirse, contra el reloj: con la conciencia exacta de que el tiempo no le sobraría.

La primera mujer en conquistar Roma

En 1913, a los diecinueve años, Lili Boulanger se presentó al Premio de Roma , el galardón más prestigioso y más cerrado de la música francesa, con la cantata Faust et Hélène. Lo ganó. Fue la primera mujer en obtener el Primer Gran Premio de composición en los casi ochenta años de existencia del certamen. La prensa de medio mundo recogió la noticia.

La estancia de gloria en la Villa Médicis quedó truncada por la guerra. Lili volvió a Francia y, en lugar de encerrarse a componer, organizó con Nadia una red de ayuda para los músicos enviados al frente. Pero la enfermedad apretaba, y ella lo sabía. Cada obra de esos años lleva, como filigrana, la firma de una despedida.

Una música que no se parece a ninguna otra

Aquí está lo esencial, y es lo que querría que ustedes escucharan por sí mismos. Lili Boulanger hereda el mundo armónico de Debussy , la modalidad, los acordes que se mueven en bloque, el color por encima de la función, pero le añade algo que es solo suyo: una gravedad espiritual, una oscuridad sin autocompasión, una manera de mirar el abismo de frente.

Su obra maestra es el Salmo 130, Du fond de l’abîme ,el De profundis, dedicado a la memoria de su padre.

Y luego están sus dos últimas piezas gemelas, D’un matin de printemps y D’un soir triste: la mañana, vivaz y traviesa; la tarde, un adiós resignado y bellísimo. Las escribió casi a la vez, como quien se despide del día y de la vida en un mismo gesto. El Pie Jesu final, dictado a Nadia desde la cama, cierra el catálogo con una desnudez sobrecogedora.

Lo que pudo haber sido

¿Hasta dónde habría llegado? La pregunta es legítima porque su música, lejos de repetirse, evolucionaba a saltos. Al morir trabajaba en una ópera sobre La princesse Maleine de Maeterlinck ,el mismo Maeterlinck del Pelléas de Debussy, y todo indica que buscaba conciliar el color impresionista con un rigor estructural y una hondura sacra que pocos de sus contemporáneos poseían.

Es razonable imaginar que, de haber vivido, Lili Boulanger habría sido el gran puente entre el mundo de Debussy y Ravel y la modernidad que vendría después. No lo sabremos nunca. Lo que sí sabemos es que en veinticuatro años, y enferma, dejó un puñado de obras que no le piden permiso a nadie. No fue una promesa: fue ya una realización, interrumpida en pleno vuelo.

Hay un epílogo conmovedor. Nadia Boulanger, que habría podido ser una gran compositora, renunció casi por completo a componer ,“escribo música inútil”, y dedicó sus más de noventa años a enseñar y a custodiar la memoria de su hermana. Buena parte de lo que hoy podemos escuchar de Lili existe porque Nadia lo salvó. Dos hermanas, un padre compositor, una vocación partida en dos destinos: el que creó y el que protegió.

1. D’un soir triste

2. Clairières dans le ciel

3. Salmo 130, Du fond de l’abîme

4. Faust et Hélène

5. Pie Jesu

Escúchenla. Es una de las grandes de la historia de la música, y casi nadie lo sabe. Quizá la mejor manera de honrar lo que el tiempo le negó sea, simplemente, prestarle el oído que su época no le dio del todo.

Fuente de TenemosNoticias.com: www.analitica.com

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