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Dos tragedias y un alma que respira en Venezuela | elmundo.es

📅 🕐 hace 6 min🔗 Fuente: elmundo.es🕑 6 min de lectura
Dos tragedias y un alma que respira en Venezuela
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Esta imagen la hemos visto en múltiples formas en las últimas horas: un grupo de ciudadanos cualquiera mueve escombros de cemento en lo que fue un edificio en la costa de Venezuela. Al fondo, una pared partida conserva una consigna del régimen y un mural de Maduro atravesado por una grieta.

En este mismo plano aparecen dos ruinas. Una acaba de caer por la violencia ciega de la tierra. La otra llevaba años allí, sostenida por pintura oficial, miedo y silencio. Lo que el mundo mira hoy por televisión y redes no es solo un terremoto es una radiografía que muestra nítidamente el alma herida de Venezuela.

Pero sería un error mirar esos escombros como si fueran únicamente ruinas. El sismo no causó la destrucción venezolana, la hizo visible. La del terremoto fue súbita y violenta, la herida del alma nacional ha sido lenta, administrada y por diseño.

Quisiera subrayar que, cuando los venezolanos vimos con horror las imágenes de lo que pasaba en nuestro país y que han sacudido al mundo entero, nuestro primer pensamiento ha sido: esta es la destrucción dolorosa de lo que se ve y es un infierno en la tierra. Ojalá el mundo pudiera captar una destrucción, aún mayor, y que no se ve tan palmariamente, la herida que la dictadura ha infringido durante casi 30 años al alma de Venezuela.

Pero frente a esa destrucción que parece total y final, hay una fuerza que no ha sido vencida. Se ve hoy en quienes cocinan en toda Venezuela para repartir comida, quienes van a la costa a excavar con las manos, en quienes cargan heridos en puertas arrancadas, en quienes lloran y actúan al mismo tiempo. El pueblo que busca desconocidos entre las ruinas es el mismo que ha luchado todos estos años por la libertad, marchando, votando, firmando, protestando, cuidando votos, organizando testigos y demostrando que la dignidad podía sobrevivir a la maquinaria del miedo. La gesta electoral y la solidaridad ante la catástrofe son el mismo pueblo. Un pueblo al que han tratado de destruir durante décadas y se niega a entregar lo último que le queda, la dignidad.

Eso dice algo esencial, el alma venezolana está herida, pero no muerta. Hay países que, tras demasiado dolor, dejan de amarse. Venezuela no ha llegado ahí. Solo se reconstruye lo que se ama, y este pueblo sigue amando lo que el régimen quiso enseñarle a desmantelar: la casa común, la verdad compartida, la familia, el barrio, la República. El bien no avanza con estruendo. Avanza lento y a mano, con polvo en los dedos, con agua repartida, con nombres anotados, con una vela encendida cuando la electricidad vuelve a fallar.

La ruina venezolana fue lenta y tuvo método. Durante casi 30 años, quienes gobernaron no improvisaron el daño, lo diseñaron. Primero fracturaron a Venezuela, la dividieron para enfrentarnos unos con otros, luego los cuerpos de seguridad, que en una sociedad sana se buscan cuando llega el miedo, pasaron a ser lo que se teme. Vaciaron las reglas con instituciones huecas, justicia secuestrada, elecciones desconocidas cuando el resultado no convenía.

Pero el plan iba más hondo. Se propuso destruir la autoestima de un pueblo, enseñarle a dudar de sí mismo y a creerse incapaz de gobernarse. Intentó corromper cuanto tocó: la empresa, la universidad, la Iglesia, los partidos, hasta convertir el saqueo en costumbre. Empobreció a conciencia, material y humanamente, y entregó la soberanía de manera grotesca a otras dictaduras, la cubana entre ellas. Quiso borrar la Historia, vaciar la cultura, ridiculizar los valores y clausurar el futuro, hasta que más de ocho millones de venezolanos tuvieron que marcharse por todos los rincones del mundo. Hay hijos que llaman desde Madrid, Lima o Santiago buscando a padres que no contestan, y madres que no saben si el silencio del teléfono es un apagón, censura, muerte o simple imposibilidad.

Por encima de todo, abolieron la verdad pública. Durante la emergencia, el régimen mantuvo bloqueadas más de doscientas webs y apenas levantó a medias la censura de redes: apagó la luz justo cuando la gente necesitaba ver.

Vuelvo a la imagen inicial. Un grupo de ciudadanos cualquiera saca a alguien vivo del cemento sin ayuda del Estado. Esa escena resume la tarea entera del país que no es otra cosa que cavar en lo que parece muerto hasta encontrar lo que aún respira.

La reconstrucción del suelo empezará pronto y tendrá grúas, focos y promesas. La del alma será más lenta, callada y larga, y no tendrá quien la lleve a las redes sociales. Lo importante es que, bajo los dos escombros, hay un país que respira.

*Julio Borges Junyent es político y abogado venezolano, ex presidente de la Asamblea y fundador del partido Primero Justicia.



Fuente de TenemosNoticias.com: www.elmundo.es

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