Trump y la ‘OTAN de Schrödinger’: compromisos, ausencias y una enorme incertidumbre | elmundo.es

Hay dos preguntas que se repiten cada día en Estados Unidos, en el Congreso, la Casa Blanca o los platós de televisión, y que rara vez obtienen una respuesta directa por parte de la élite del Partido Republicano. La primera es si Joe Biden ganó las elecciones de 2020. La segunda, si Estados Unidos cumpliría con sus compromisos y defendería a un país europeo, por ejemplo uno de los Bálticos, en el caso de una invasión rusa. Ambas cuestiones están en el núcleo del sistema democrático y del sistema internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial, dos pilares básicos, innegociables, sin los que casi nada tiene sentido. Y aun así, el liderazgo de Donald Trump ha hecho imposible responderlas con claridad. La primera, por miedo a represalias de quien sigue sosteniendo que ganó y le robaron. La segunda, porque nadie lo sabe con certeza, y se opta por predicados retorcidos antes que asumir lo que supondría reventar lo único que sostiene a la Alianza, la promesa de la defensa colectiva.
Jana Puglierin y los expertos del European Council on Foreign Relations han acuñado la expresión «la OTAN de Schrödinger» para definir el estado actual de las relaciones internacionales, en el que «Estados Unidos parece estar comprometido con la Alianza y, al mismo tiempo, ausente de ella«. Trump, desde su primer mandato, «ha sido inusualmente coherente al señalar que Estados Unidos ha dejado de garantizar la seguridad de Europa y ha mostrado poco interés en enfrentarse a Rusia», pero al mismo tiempo, «en la práctica, la OTAN sigue siendo la columna vertebral de la seguridad europea y Estados Unidos aún proporciona la mayor parte de la fuerza operativa de la Alianza, pues aproximadamente 75.000 soldadosestadounidenses permanecen desplegados en Europa y el máximo líder militar de la OTAN, es estadounidense», dice su informe de cara a la cumbre de esta semana.
Entre los diplomáticos europeos estos días hay una profunda inquietud, y el hecho de que el sábado, el mismo día en el que su país celebraba su 250 aniversario, Trump hablara por teléfono más de una hora con Vladimir Putin (que acto seguido atacó Kiev matando a más civiles inocentes) no ayuda. Las cumbres de la OTAN solían ser una mera escenificación de unidad y sintonía, con los ministros y jefes de Gobierno simplemente firmando lo que se había negociado y acordado durante meses en los despachos. Ya no.
Cada cita es una gran incógnita, una posibilidad más de que todo salte por los aires, de reproches, acusaciones, peleas. «Solo quiero su lealtad», dijo el estadounidense, flanqueado por Mark Rutte la semana pasada cuando le preguntaron qué esperaba de la cita, a la que admitió que probablemente no asistiría si no la organizase Erdogan. Trump sigue furioso con los europeos por su falta de implicación en la guerra de Irán y su personalidad no destaca precisamente por el perdón. Esta cita no va de números, ni siquiera de palabras, sino de ajuste de cuentas.
Para 31 países y líderes la reunión es básica en términos colectivos y quizás para pulir algunas disputas bilaterales puntuales. Para Trump, en cambio, es una cuestión (como todo lo que hace y le rodea) personal. Una ocasión más para demostrar que es el líder mundial, el centro de atención, que todo gira en torno a él. Ha usado las cumbres previas para llamar gorrones a sus aliados, para gritar en la sala a Pedro Sánchez o Angela Merkel. Para abrirse paso a codazos para la primera fila de una foto. Esta vez será igual, y su mensaje en redes sociales atacando a Giogia Meloni de nuevo, bromeando con que quizás necesite una «orden de alejamiento» son el mejor ejemplo.
Trump cree que su fama y su respeto se cimentan cuando va a Londres, a París, a Pekín. O ahora, a Ankara, donde tendrá encuentros privados con Erdogan, Volodimir Zelenski y el presidente sirio, Ahmed al-Sharaa. El resto se han preparado lo mejor que uno puede prepararse para lo imprevisible, reduciendo la agenda, aprobando por segundo año seguido una declaración muy corta. «Y rezando mucho», añade una fuente diplomática aliada.
Mayor presión a los aliados
El escenario base de los expertos es que Trump aprovechará el viaje a Turquía para seguir presionando a los aliados europeos para comprobar hasta dónde están dispuestos a llegar para satisfacer sus exigencias de que asuman una mayor parte del gasto en Defensa y más responsabilidades, pero sin que Washington pierda el control, algo que ha dejado claro en infinitas entrevistas, declaraciones y en sus estrategias de seguridad nacional y Defensa. En el eje está el cumplimiento del objetivo de invertir un 5% del PIB en Defensa y capacidades antes de 2035, tal y como se pactó en La Haya el año pasado, con la posición discrepante de España, el único país que ha dicho que no necesitará llegar ni llegará a esos niveles para cumplir con sus obligaciones y compromisos.
Trump también busca que haya una mayor producción industrial de armamento y munición dentro de la OTAN y seguir vendiendo material. Una de las patas más importantes es la posible venta de cazas F-35 a Turquía, algo que el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha criticado en las últimas horas. Erdogan quiere volver al programa del Lockheed Martin F-35 Lightning II y comprar estos aviones, y la Administración de Donald Trump ha dado señales de que desea mejorar las relaciones y estudia esa posibilidad. Pero es complicado porque el país sigue operando el sistema ruso de defensa antiaérea S-400 Triumf, que fue la razón por la que Washington expulsó a Ankara del programa en 2019.
«El consenso inicial alcanzado por los 32 aliados respecto a la declaración de la cumbre sugiere que el presidente Trump no la desechará por capricho, como hizo con la declaración del G-7 en 2018. Los funcionarios esperan que el espíritu constructivo de la reunión del G-7 de este año en Evian, incluyendo el apoyo a Ucrania, se extienda a Ankara. Sin embargo, también admiten que mucho depende de su estado de ánimo ese día», explica Oana Lungescu, durante muchos años portavoz de la Alianza. «Así pues, a pesar de los planes mejor trazados de la OTAN, la cumbre podría brindarle a Trump una plataforma para reprender a otros líderes, en particular al presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, a la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, o al primer ministro saliente del Reino Unido, Sir Keir Starmer, a quienes ha criticado recientemente».
«El problema radica en la arbitrariedad», apunta Sophia Besch, del Carnegie Endowment for Internacional Peace en un texto del think tank sobre la cumbre. «Los funcionarios del Pentágono han sido bastante claros en su impulso por la redistribución de la carga y la denominada OTAN 3.0. Sin embargo, cuando el secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, anunció recientemente una revisión de la distribución de fuerzas específica para Europa, similar a una evaluación, dio a entender que las reducciones se basarían en un sistema de recompensas y castigos para los aliados considerados «buenos» y «malos», en lugar de en cambios en la evaluación de amenazas de Estados Unidos (o incluso en consideraciones de costes). Pero lo que constituye un buen aliado parece estar determinado por la política y no solo por el gasto en Defensa (…) . Quienes esperen que la cumbre aporte claridad probablemente se sentirán decepcionados», avisa.
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