Cuba vive a oscuras una situación más calamitosa que la causante del estallido social de hace cinco años | elperiodico.com

Cuba llega exhausta y con el horizonte en penumbras al quinto aniversario del estallido social que partió en dos al proceso político iniciado en enero de 1959. El 11J ubicó en las calles el malestar acumulado especialmente durante la pandemia. Las manifestaciones en La Habana y otras ciudades de la isla sorprendieron a un Gobierno que primero invocó la mano dura para disciplinar a los «contrarrevolucionarios», después reconoció la razón de los enojos colectivos, pero nunca reconoció el derecho a manifestarlos. La respuesta final del Estado a esos episodios fue penal: cerca de 1500 ciudadanos fueron detenidos por la policía y un estimado de 700 de ellos fueron procesados.
A partir de ese momento, Cuba fue distinta. La crítica que proliferaba en las comunicaciones telefónicas y redes sociales llegó de manera espontánea al espacio público. Desde entonces, la seguridad estatal y la policía redobló los controles. Ese carácter masivo no volvió a repetirse. El endurecimiento político y la crisis económica provocaron un éxodo sin precedentes. Su población ha pasado de los 11 millones a menos de 10 millones. Los principales protagonistas de la ola reciente migratoria son jóvenes y profesionales calificados, entre los 19 y 49 años. Nada se compara con lo que sucedió después de aquellas horas de inédita agitación. El estrangulamiento energético y las sanciones contra el Gobierno que impuso Estados Unidos a partir de enero, tiene efectos dramáticos en la mayor de las Antillas. Washington apuesta sus fichas a un nuevo estallido cada vez que se corta la luz por varias horas. Los apagones –que a veces duran más de un día – han desparramado el ejercicio de la micro protesta por los barrios. El ruido de las cacerolas (los «cazuelazos», como les llaman) se ha convertido en la banda sonora de la crispación en muchas esquinas de La Habana, pero también en la provincia de Santiago de Cuba (oriente) y otras regiones.
Esa furia en estado latente ha obligado a las autoridades a intensificar la vigilancia al tiempo que se redoblan los esfuerzos comunicativos para explicar al colapso como una consecuencia de las históricas políticas de hostigamiento de EEUU. La falta de energía, que ha paralizado a la administración pública y las instituciones educativas, la escasez de alimentos y medicamentos, el aumento de la pobreza y la mortalidad infantil, el pronunciado declive del servicio sanitario y la ausencia de transporte público debido a la falta de combustible, ofrecen un panorama más desolador que el del tórrido verano de 2021. El artista y performer Luis Manuel Otero Alcántara fue arrestado el 11 de julio de 2021, cuando intentó sumarse a las masivas protesta. Lo acusaron de los delitos de «desacato, desórdenes públicos y ultraje a los símbolos de la patria de carácter continuado». Acaba de cumplir su condena de cinco años de cárcel. Se ha convertido en un símbolo de la disidencia. Sin embargo, no ha recuperado plenamente la libertad y se desconoce su paradero. Su caso da cuenta de la complejidad del momento político.
Nada es igual
Si un lustro atrás la crítica abierta pertenecía especialmente a sectores que habían cortado amarras sentimentales o políticas con el castrismo y sus herederos, la actualidad muestra que el desencanto y la frustración afecta a parte significativa de los cubanos que hasta entonces seguían confiando en el proyecto histórico de Fidel Castro. Los decepcionados toman la palabra en las redes. Sus irritaciones parecen hablar por muchos. Horas atrás, Iraida Calzadilla, una experiodista de Granma, el órgano oficial del Partido Comunista, no pudo contener su exasperación después de un nuevo apagón. «Otra violencia psicológica», escribió en Facebook. «Vivimos en función de la espera. Atrapados en casa hasta que llegue la susodicha (luz). Detenido todo lo demás. No hay planes. No hay presente y no avizoramos futuro. Qué descuadre y qué desmadre». Un lenguaje inimaginable hasta hace poco.
El 11J ha cambiado el lenguaje y los espacios de discusión. Han aparecido nuevos medios digitales independientes. En uno de ellos CubaXCuba, Manuel García Verdecia recuerda a sus lectores lo que en otro contexto habría sido una desobediencia de inmediata represalia: «El Gobierno cubano, no solo no es resultado de una elección popular, sino que, entre los ciudadanos, no se siente como un servidor público. Esto es ostensible en la difícil situación por la que transitan los compatriotas de la Isla. Hace ya mucho tiempo que el Gobierno no consigue satisfacer las necesidades de la población, aun con sucesivos intentos de reformas que no logran resultados«.
El «paquetazo»
En medio de la extrema precariedad, y 15 años después de vacilaciones y retrocesos programáticos, el Gobierno ha lanzado una ambiciosa reforma económica que se abre a posibles inversores de la diáspora cubana, así como el capital extranjero. El «paquetazo» aspita a reducir el peso del Estado, facilitar una transformación del uso de la tierra, la banca y las finanzas. Medidas de esa naturaleza habrían sido aplaudidas durante la administración de Barack Obama, el presidente que reestableció las relaciones bilaterales. Pero para Trump, y en espacial su secretario de Estado, Marco Rubio, hijo de inmigrantes cubanos, esas medidas no son suficientes porque no afectan el engranaje de control político. La posibilidad de una salida negociada del diferendo entre La Habana y Washington se ha reducido a la mínima expresión.
En este contexto, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, el nieto de Raúl Castro, se presentó ante USA Today como interlocutor calificado para acerca posiciones. «Si me designan, puedo negociar con cualquiera seleccionado por el gobierno de Estados Unidos. Dada la oportunidad, claro que con Trump». Sus palabras provocaron ofuscación dentro de la isla. Elier Ramírez Cañedo, un integrante del Departamento Ideológico del Comité Central del Partido Comunista, negó que el Rodriguez Castro actúe a título personal. «Ha sido designado por la máxima dirección del país». Llamativamente, Ramírez Cañedo hizo esa afirmación en Facebook y no en la prensa oficial.
«El Cangrejo», como se conoce a Rodríguez Castro, es a su vez el hijo del fallecido general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, quien hasta su muerte, años atrás, dirigía GAESA, el conglomerado empresarial controlado por las Fuerzas Armadas cubanas que ha sido objeto de una batería de sanciones del Gobierno norteamericano. Se presentó a la entrevista con Usa Today con «unos jeans ajustados azul claro, una camiseta negra entallada de Hugo Boss y tenis Hermès», además de un Rolex, como solía utilizar su tío abuelo Fidel». Para el historiador Julio César Guanche el «mapa de los consumos» de este coronel del ministerio del Interior es una «geografía del poder», con Nueva York y «viajes frecuentes a Panamá» para adquirir «artículos de lujo». La vieja élite latinoamericana «era visiblemente extranjerizante». Guanche remarca que la Revolución se propuso en 1959 tener a los humildes en el centro de sus preocupaciones. Rodríguez Castro es, a su criterio, otra cosa: «el neoliberalismo». Carlos Alzugaray Treto, un exembajador, calificó las palabras del coronel de «frívolas». Entregarle el rol de interlocutor» a alguien sin experiencia y con una actitud más bien frívola hacia la vida de los cubanos puede tener graves consecuencias«. La advertencia fue lanzada en las vísperas de un nuevo 11 de julio.
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