Viaje a la supersónica Shenzhen: cómo una aldea de pescadores china pasó a liderar la revolución tecnológica | elperiodico.com

Todo desliza a un futuro inminente en el ático de esta torre de la tecnológica Tencent. Una empleada muestra el nuevo pago con la palma de la mano: basta con escanearla y vincularla a una tarjeta bancaria. Apoyándose en enormes pantallas interactivas desgrana lo que el chatbox hace y hará por nosotros manejando jerga abstrusa para el ajeno a la ciencia ficción. A través del ventanal de 360 grados se vislumbra, incluso en esta mañana grisácea, la línea de arrogantes rascacielos en la lejana orilla opuesta de la bahía de Shenzhen. Bajando los ojos se descubren solares aquí y allá ya alisados, con camiones, hormigoneras y grúas atareados entre esqueletos de edificios.
“Queremos hacer futuro, no dinero”, insisten. Han desarrollado un sistema para prestar primeros auxilios en cinco minutos y presumen de su filantropía en desastres naturales como inundaciones y terremotos. El presidente Xi Jinping ya dijo años atrás que las tecnológicas se habían enriquecido mucho y tocaba devolver algo a la sociedad. Pocas se enriquecieron tanto como Tencent, propietaria de Wechat. Nació como un servicio de mensajería rápida, la versión nacional de Whatsapp, y hoy es la navaja suiza en la cotidianeidad china: pagar en un país que ha erradicado el dinero en metálico, llamar a un taxi, reservar un restaurante…
Grapada a la vida de 1.400 millones de usuarios ha levantado Tencent su imperio. También esta ciudad, donde viven 30.000 empleados que serán 80.000 en un puñado de años, con edificios de cristal y acero y geometrías audaces. Aquí se juntan el centro de convenciones, los laboratorios, los institutos de investigación y desarrollo, un hotel de cinco estrellas, canchas deportivas, viviendas, guarderías, colegios internacionales, tiendas y restaurantes en un entorno esponjado por zonas verdes. Los alquileres alrededor de los 300 euros para salarios superiores a los españoles refuerzan la idea de una ciudad autosuficiente. Una ciudad dentro de la ciudad inacabable de Shenzhen.
Sede de Tencent en Shenzhen (China) / ADRIÁN FONCILLAS / EPC
Shenzhen es un conjunto de vastas avenidas y epatantes rascacielos. Cuenta con 440, más que muchos países del mundo. También ha crecido a lo ancho, desparramándose a partir de varios centros urbanos que exigen larguísimos trayectos a través de parques y arboledas. No es el lugar para zambullirse en una civilización milenaria. Los chinos la eligen cada año como la mejor ciudad para vivir a pesar de la pegajosa humedad de su clima subtropical.
Muchos turistas occidentales que años atrás buscaban el futuro en Tokyo van ahora a Shenzhen, en la provincia de Guangdong (antigua Cantón). Es la primera ciudad china con un despliegue integral de las redes 5G y sede de varias multinacionales con las que Pekín le pelea el trono tecnológico a Estados Unidos. Además de Tencent está Huawei, segundo mayor fabricante de teléfonos del mundo y líder en redes; DJI, mayor vendedor global de drones; BYD, principal fabricante de coches eléctricos del mundo… Una década atrás se le escapaba la risa a Elon Musk cuando le preguntaban por sus rivales chinos y ahora, superada Tesla ya en ventas por BYD, los define como los mejores del mundo por ingenio y capacidad de trabajo.
IA, robótica y semiconductores
Una visita a su sede certifica que no solo compiten en precio. Basta con cargar nueve minutos su batería para cubrir el millar de kilómetros que separa Berlín de Barcelona. Su último vehículo, el Yangwang U9, junta las líneas sugerentes de un deportivo italiano con una suspensión prodigiosa que le permite saltar e incluso bailar al son de una melodía china. Cuesta 1.680.000 yuanes, unos 215.000 euros. “Es el precio de China, en Europa pagaréis mucho más por los aranceles”, advierten.
Las mediáticas multinacionales conviven con miles de startups de IA, robótica y semiconductores, atraídas por las sinergias, la densidad de talento y el impulso de un gobierno que destina más del 4% de su PIB a I+D. Es Shenzhen el corazón de las “nuevas fuerzas de producción de calidad”, el término acuñado por Xi con las que China releva el modelo de manufacturas baratas por el de la innovación. Acoge a más de 2.600 empresas de IA, incluidas seis unicornios o valoradas por encima de los mil millones de dólares.

Sede de Tencent en Shenzhen (China) / ADRIÁN FONCILLAS / EPC
“Shenzhen es una ciudad muy abierta y con muchos jóvenes. Tenemos un dicho: animamos a la innovación pero también toleramos el fracaso. Y eso hace que la gente se sienta libre para expresarse, para crear, para disfrutar y para compartir. Deseamos que nuestra tecnología pueda beneficiar a la gente de todo el mundo”, señala Cao Saixian, directora general de la oficina de Relaciones Exteriores de Shenzhen.
La ciudad resume el milagro chino o el tránsito de una economía rural a potencia tecnológica. Era en 1978 un puñado de aldeas de pescadores cuando fue elegida como laboratorio de un nuevo capitalismo híbrido. Deng Xiaoping, el clarividente arquitecto de las reformas, la premió con una de las llamadas Zonas Económicas Especiales, por su geografía: frente a Hong Kong, faro entonces del desarrollo, y blindada del resto del país por cadenas montañosas y ríos, por si fallaba. Mao había muerto apenas tres años atrás y esas microburbujas capitalistas, con exenciones fiscales y estímulos a la inversión extranjera, eran un anatema para los defensores de las esencias. China se abría paso, sin precedentes a los que asirse, por el método de prueba-error. La fórmula se replicaría progresivamente al resto del país si funcionaba.
Al principio apenas fabricaba pantallas LCD y otros componentes tecnológicos de compañías hongkonesas, atraídas por los alquileres y salarios ridículos. Poco después la industria local emitía sus primeros balbuceos con copias groseras y baratas de artilugios occidentales, como aquellos móviles de pantalla táctil que exigían dejarte el pulgar, y que provocaban chanzas globales. Gentes de toda la provincia acudieron a la llamada tecnológica. Y otra vez Deng dio otro impulso en 1992 con su histórico Viaje al Sur en un momento crítico.

Sede de Tencent en Shenzhen (China) / ADRIÁN FONCILLAS / EPC
Las protestas de Tiananamén tres años atrás habían congelado el proceso de apertura y el Pequeño Timonel hubo de aclarar que no había marcha atrás, que los reticentes serían destituidos y que Guangdong debía espabilar para igualarse a los “cuatro tigres asiáticos” en dos décadas. El aluvión hacia Shenzhen pasó de provincial a nacional y configuró la macrourbe de 18 millones de habitantes actual.
Shenzhen ha levantado su identidad en su falta de identidad. Apenas el 5% de la población es local. Si en Guangzhou, la capital provincial, se escucha en la calle el cantonés, aquí manda el mandarín. A Shenzhen no la frena la desesperante burocracia china. “A la velocidad de Shenzhen”, se escucha a menudo en China, en referencia no sólo a su auge meteórico sino a la agilidad de los trámites. La economía de la ciudad ha crecido a un ritmo superior al 20 % anual, su PIB supera ya el hongkonés y la renta per cápita ha pasado de los 74 euros a los 23.000 euros.
Nidos de startups y espacios de coworking
Shenzhen es un hervidero de nidos de startups y espacios de coworking para emprendedores con una creciente presencia de extranjeros. El venezolano Tomás Alarcón, ingeniero y diseñador electrónico, ocupa una mesa en Makerspace, una caótica oficina atiborrada de paquetes aún sin abrir y variados cachivaches. “Shenzhen es la punta de lanza de la tecnología china. Todo pasa o se discute aquí aunque se produzca en otros lugares. Hay gente de todo el mundo con ideas muy interesantes. Algunas son muy locas y nunca llegarán a materializarse pero te inspiran para hacer cosas que resolverán problemas cotidianos. Se puede crear en otras ciudades chinas, pero en ninguna hay tanta interacción con otros ingenieros ni te llegan los componentes tan rápidamente como aquí”, señala.
La edad media no alcanza la treintena en un país con serios problemas de envejecimiento. Es el ecosistema idóneo para que los licenciados de las universidades de todo el país exploten su creatividad. Las políticas oficiales, además, aceitan su llegada. Los jóvenes que buscan trabajo disfrutan de alojamiento gratuito durante dos semanas, las compañías que contratan a los mejores reciben recompensas económicas y estos se benefician de ayudas fiscales, vivienda barata y préstamos preferentes. Son medidas necesarias porque el viraje nacional ha estimulado una competencia feroz por el talento. Toda la provincia de Guandong o la vecina Zhejiang, otras tradicionalmente atrasadas como Anhui o Gansu, ciudades bendecidas por Xi como Xiong’an… ninguna quiere el vagón de cola en el tren tecnológico.

Compañía robótica en Shenzhen (China) / ADRIÁN FONCILLAS / EPC
China contra Estados Unidos, Shenzhen contra Silicon Valley… el segundo modelo prioriza las patentes exclusivas y el impulso privado; el primero descansa en el flujo de información y el timón público. Los nichos de mercado son tan rápidamente identificados como satisfechos y la altísima densidad y especialización abaratan los costes, estimulan la experimentación y desdramatizan el fracaso.
Entre las montañas Tanglang y Yangtai, en el nuevo distrito de Nanshan, se asienta el “Valle de los robots”. En una franja de diez kilómetros caben ya 200 compañías de robótica, once universidades técnicas y numerosas fábricas de componentes, así que basta un santiamén para que el ingeniero toque con sus manos su idea. Un robot practica kung-fu y encadena cabriolas y otro sirve el té mientras brazos metálicos insertan las piezas en complejas maquinarias con ritmo y precisión imposibles para el humano.
Rachel Tan, secretaria general de la Asociación de Robótica de Shenzhen, relativiza los perjuicios de la guerra comercial. “Nvidia fabrica algunos de los mejores chips del mundo y nosotros estamos entre sus mejores clientes. Si Estados Unidos no permite venderlos a China, salimos todos perjudicados. Pero los chips chinos cada vez ofrecen versiones más cercanas, no hemos ralentizado nuestro desarrollo”, opina. Las sanciones y aranceles como única defensa de Occidente certifican el éxito de los descendientes de aquellos pescadores que miraban embelesados el skyline hongkonés.
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