La necrópolis de la Edad del Bronce de Las Capellanías resuelve el enigma de las estelas guerreras ibéricas: esta era su verdadera función

Hace casi 6.000 años, alguien hincó una losa de piedra en la tierra de lo que hoy es Huelva. No sabemos su nombre, pero sí sabemos que aquella piedra, tallada con la figura de un guerrero, estaba destinada a permanecer allí durante milenios, entre caminantes, pastores y generaciones enteras de habitantes locales. Hubo qu esperar hasta 2018 para que un hallazgo fortuito volviera a sacarla a la luz.
El descubrimiento de esta estela diademada en Cañaveral de León fue el motor que alimentó un proyecto conjunto de las universidades de Durham, Gotemburgo, Huelva, Sevilla y Southampton. Entre 2022 y 2023, se programaron varias campañas de excavación, cuyos resultados se han publicado en 2026 en la revista especializada Antiquity.
El yacimiento de Las Capellanías escondía otros secretos arqueológicos: no una, sino tres estelas grabadas. Y no estaban solas. En las inmediaciones, lse encontraron 18 estructuras funerarias, un camino milenario y un relato de mestizaje cultural que se extiende a lo largo de más de1.500 años.
El descubrimiento de una estela diademada en Las Capellanías fue el motor de un proyecto arqueológico cuyos resultados se han publicado en 2026 en la revista Antiquity.

Un hallazgo casual que llevó a descubrir toda una necrópolis
Durante décadas, las llamadas estelas guerreras diademadas (monumentos de piedra grabados con figuras humanas, armas y otros elementos) habían planteado numerosos enigmas para los prehistoriadores del suroeste ibérico. Aunque se habían catalogado cientos de ejemplares, casi siempre procedían de hallazgos accidentales, sin un contexto arqueológico fiable. Nadie podía demostrar con certeza si marcaban tumbas, señalaban territorios o cumplían ambas funciones a la vez.
El yacimiento de Las Capellanías ha cambiado las reglas del juego. Tras el hallazgo casual de la primera estela, los equipos de investigación realizaron prospecciones de superficie entre 2019 y 2021 en un radio de 5 kilómetros. Las campañas de excavación posteriores, en 2022 y 2023, sacaron a la luz un total de 18 estructuras funerarias en un área de apenas 1.250 metros cuadrados. De las ocho que se excavaron por completo, tres aparecieron prácticamente intactas. El resto mostraba huellas de haber sido saqueadas.
La datación por radiocarbono situó el grueso de las cremaciones humanas entre el 800 y el 550 a. C., en plena Edad del Hierro. Sin embargo, el suelo bajo una de las estelas proporcionó una datación anterior, de mediados del segundo milenio a. C. Este dato sorprendente apunta a una ocupación del lugar mucho más prolongada de lo esperado.
Durante las excavaciones, se encontraron otras dos estelas, varias tumbas y ajuares funerarios con objetos fenicios, tartésicos y mediterráneos.

Tumbas de piedra: tres arquitecturas para 14 personas
El equipo identificó tres tipos de sepulturas. Las más antiguas eran cistas de la Edad del Bronce: fosas rectangulares excavadas en la roca y recubiertas de losas de pizarra, típicas del segundo milenio a. C. Otras, propias de la Edad del Hierro, consistían en pequeñas fosas rodeadas de lajas horizontales y cubiertas con un túmulo de piedras. Un tercer grupo combinaba ambos esquemas en estructuras compuestas y subdivididas.
En total, se recuperaron casi dos kilos y medio de huesos cremados, pertenecientes a un mínimo de catorce individuos. La mayoría de las tumbas albergaba a una sola persona, aunque una de ellas conservaba los restos de dos individuos. Otra sirvió de tumba a seis cuerpos. El análisis de isótopos de carbono, además, reveló algo inesperado. Varios de los cuerpos mostraban trazas de haber llevado una dieta compatible con el consumo habitual de pescado marino, pese a que el mar más cercano se situaba a más de 100 kilómetros.
Esta combinación de formas autóctonas y foráneas es la prueba material de la convivencia, en un mismo espacio funerario, de tradiciones que, en apariencia, pertenecerían a mundos separados.

Objetos que hablan de encuentros lejanos
El verdadero valor del yacimiento reside en sus ajuares funerarios, pues constituyen un catálogo de objetos de distintas áreas culturales. Entre las cenizas de una de las tumbas, por ejemplo, apareció una urna de tipo «Cruz del Negro», una forma cerámica torneada que los fenicios introdujeron en el sur de Iberia en el siglo IX a. C. Junto a ella, vasijas hechas a mano de tradición local, del tipo Chardón, propias del Bronce Final.
Los metales cuentan la misma historia de hibridación cultural. Una de las tumbas conservaba un pendiente de plata de tipo arracada, una fíbula de doble resorte y una hebilla de cinturón de tradición tartésica. Otra albergaba un cuchillo de hierro de tipo falcata, ya de la Edad del Hierro tardía, junto con un juego de aseo personal de bronce compuesto por un estilete y dos pequeños cuchillos decorados con finas líneas incisas. También se hallaron cuentas de vidrio y cornalina, incluido un colgante en forma de lágrima, sin apenas paralelos conocidos en la arqueología ibérica. Esta combinación de formas autóctonas y foráneas (cerámica hecha a mano junto a piezas torneadas, orfebrería local junto a modas mediterráneas) es la prueba material de la convivencia, en un mismo espacio funerario, de tradiciones que, en apariencia, pertenecerían a mundos separados.
El camino pudo haber conectado los valles del Guadalquivir y del Guadiana durante milenios y haber servido de corredor tanto para los vivos como para el recuerdo de los muertos.

Piedras que señalaban el camino que conectaba a los vivos y los muertos
El hallazgo más revelador, sin embargo, tiene que ver con la ubicación de las tres estelas. Una apareció junto a una de las tumbas de la Edad del Hierro; otra, hincada boca abajo en el túmulo de la sepultura más antigua; la tercera cubría parcialmente otra estructura funeraria. Las tres, además, se alinean con un antiguo camino que atraviesa el yacimiento.
Según los responsables del estudio, ese trazado no es casual, ya que coincide casi exactamente con el itinerario que el geógrafo Al Idrisi describió en el siglo XII entre Sevilla y Badajoz. El camino, por tanto, pudo haber conectado ambos valles, el del Guadalquivir y el del Guadiana, durante milenios, y haber servido de corredor tanto para los vivos como para el recuerdo de los muertos. Así, Las Capellanías resuelve un debate centenario: las estelas ibéricas marcaban las tumbas y, al mismo tiempo, señalaban las rutas de paso.
Referencias
- Rivera Jiménez, T., Díaz-Guardamino, M., Wheatley, D. W., Lozano Rodríguez, J. A., Montero Artús, R., Shaw Evangelista, L., Ruiz Flores, J., Lupión Álvarez, J. J., Bermejo Meléndez, J., Jiménez Ávila, J., Cousseau, F., Ling, J., Sánchez Díaz, F. y García Sanjuán, L. 2026. «Road to encounters: stelae, burial practices and cultural hybridisation at Las Capellanías, Spain». Antiquity: 1-22. DOI: https://doi.org/10.15184/aqy.2026.10369
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
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