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Humor y Curiosidades

Un placer que la ciencia declaró imposible: el enigma químico del opio fumado que la ciencia europea del siglo XIX no pudo explicar

📅 🕐 hace 3 min🔗 Fuente: TenemosNoticias.com🕑 6 min de lectura
Un placer que la ciencia declaró imposible: el enigma químico del opio fumado que la ciencia europea del siglo XIX no pudo explicar
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Las imágenes vinculadas al consumo del opio atraviesan la cultura popular desde hace décadas. Si el cine y las artes han romantizado la imagen del fumador que, reclinado con una larga pipa encendida, se deja llevar por visiones y delirios, la historia ha presentado el opio como el instrumento arquetípico de la dominación colonial: una sustancia que enriqueció a Europa mientras sometía a China. Ese relato histórico, sin embargo, oculta una historia paralela y menos conocida.

Pocos imaginan que el contacto europeo con el consumo de opio fumado despertó, ya en el siglo XIX, un intenso interés médico por sus vapores terapéuticos. Aquel entusiasmo inicial daría origen a un programa de investigación que atravesó el continente durante más de medio siglo, obsesionado con una única pregunta: ¿de qué está hecho realmente el humo del opio?

La paradoja resultaba desconcertante, ya que la química experimental sostenía que los alcaloides activos del opio no podían vaporizarse sin destruirse. Fumar opio, en términos estrictamente moleculares, debería haber sido imposible. Así lo documenta el historiador Matthew Perkins-McVey en un exhaustivo estudio publicado en The British Journal for the History of Science, que reconstruye cómo los médicos alemanes, franceses, británicos y neerlandeses lidiaron con este enigma sin resolverlo jamás del todo.

En el siglo XIX, la química experimental sostenía que los alcaloides del opio no podían vaporizarse sin destruirse por completo.

Pipa para fumar opio. Fuente: Wikimedia/Collectie Amsterdam Pipe Museum

Inspirado por los relatos de viajeros por China y Bengala, en 1809 el médico alemán Ettmüller introdujo el opio fumado en la medicina europea. Lo usó para tratar a una joven paciente con «males del alma» colocando opio sobre un hierro caliente junto a su lecho. En apenas media hora, la mujer cayó en un sueño plácido.

El caso resultó tan convincente que Ettmüller repitió el método en pacientes con histeria, melancolía y convulsiones. Según sus observaciones, así se obtenían resultados rápidos y sin los efectos secundarios del opio ingerido. La noticia circuló con rapidez en la prensa médica alemana, y otros autores, como Schlegel, recogieron el testimonio poco después.

A lo largo de las décadas siguientes, médicos como Martin-Solon, Ebers o Maddock desarrollaron sus propios inhaladores y protocolos, convencidos de que la asunción a través de las vías respiratorias mejoraba la eficacia del opio frente a la ingestión. Ninguno de ellos, sin embargo, intentó replicar la técnica china de fumar opio. Simplemente, se limitaron a prescribir la inhalación de los vapores generados a través de la fumigación o el hervido.

Ernst von Bibra, siguiendo las costumbres de los fumadores orientales, preparó su propia chandu, pero no logró sentir los efectos narcóticos descritos por los consumidores asiáticos.

Fumadero de opio
Fumadero. Fuente: Wikimedia

La chandu que desconcertó a Europa

El verdadero punto de inflexión llegó en 1848, cuando el médico Robert Little publicó una descripción minuciosa del proceso de refinado del opio crudo hasta convertirlo en chandu, la pasta que fumaban los consumidores chinos. Little detalló cada etapa, desde la disolución y el hervido hasta el filtrado y la segunda cocción en recipientes de cobre.

Su informe llegó a manos del naturalista alemán Ernst von Bibra, quien advirtió algo llamativo. Aquel segundo hervido al que se sometía la sustancia debía alterar químicamente el opio; quizá destruía unas sustancias para generar otras nuevas. Bibra intentó preparar su propia chandu siguiendo el método de Little, pero al fumarla no logró reproducir los efectos narcóticos descritos por los consumidores asiáticos. No obstante, Little ya había sembrado la sospecha: el opio fumado parecía comportarse como una sustancia distinta del opio ingerido y esa diferencia exigía una explicación química.

La misma ausencia de morfina en el humo sirvió a unos para condenar el opio y a otros para absolverlo.

Artilugio ideado por Maddock para inhalar los vapores medicinales del opio
Artilugio ideado por Maddock para inhalar los vapores medicinales del opio. Fuente: Perkins-McVey 2026

A la caza del alcaloide fantasma

Entre 1860 y 1900, los laboratorios de toda Europa intentaron identificar la morfina en el humo del opio, sin obtener resultados consistentes. El químico Heinrich Limpricht demostró que la morfina se descomponía antes de vaporizarse; Rudolf Buchheim llegó a conclusiones similares. El médico Louis Waldenburg, por su parte, propuso que el calor generaba productos de descomposición desconocidos, responsables del efecto narcótico.

En los Países Bajos, Hasselt y Burgersdijk confirmaron en 1869 la ausencia total de alcaloides conocidos en el vapor de opio. En Francia, el futuro premio Nobel Henri Moissan diseñó en 1892 un experimento con pinzas termoeléctricas para calentar chandu de Shanghái, Patna y Saigón a temperatura controlada. Apenas encontró rastros de morfina, junto con pirrol, acetona y piridina.

El discípulo suizo de Hartwich, Nikolaus Simon, remató la cuestión en 1903. Incluso sublimando morfina pura durante diez minutos a 300°, solo una cantidad ínfima permanecía intacta. La conclusión parecía no admitir dudas: fumar opio no equivalía químicamente a consumirlo por vía oral.

Durante medio siglo, la ciencia europea persiguió un alcaloide fantasma que nunca terminó de encontrar.

Ilustración de un fumadero de opio en Francia
Ilustración de un fumadero de opio en Francia. Fuente: Wikimedia

Colonias contra metrópoli: la misma química, moral opuesta

Lo más revelador del estudio de Perkins-McVey es la divergencia de interpretaciones entre los investigadores continentales y los coloniales. Pese a compartir idénticos hallazgos químicos, en Europa, autores como Hartwich concluyeron que el opio fumado era un flagelo social y el causante de la supuesta decadencia de los pueblos asiáticos. En Hong Kong, en cambio, los analistas gubernamentales Hugh McCallum y Frank Browne llegaron a la misma certeza química (esto es, la ausencia de morfina activa) para defender la conclusión contraria: que fumar opio no era más peligroso que fumar tabaco.

Una pregunta que la ciencia nunca cerró

Perkins-McVey sostiene que la ciencia del opio nunca fue un simple instrumento de dominación colonial, sino un espacio polifónico en el que se negociaron distintas versiones de la realidad biomédica. En el centro de todo permaneció un dato que casi nadie cuestionó: la experiencia intoxicante de los fumadores asiáticos, presente y determinante, que los científicos europeos jamás llegaron a observar directamente. Como concluye el autor del estudio, más de un siglo después, la pregunta original de qué produce realmente el placer del opio fumado, sigue sin respuesta definitiva.


Referencias

  • Perkins-McVey, Matthew. 2026. «An ‘unholy’ alchemy: the nineteenth-century European medico-scientific encounter with opium smoking and the circulation of knowledge». The British Journal for the History of Science: 1-21. DOI: https://doi.org/10.1017/S0007087426102039

Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com

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