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El ‘patio trasero’ de Donald Trump, dividido con el chavismo como parteaguas | elmundo.es

📅 🕐 21 Dic 2025🔗 Fuente: elmundo.es🕑 11 min de lectura
El 'patio trasero' de Donald Trump, dividido con el chavismo como parteaguas
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«¡La planta insolente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la patria!», bramó en 1902 el entonces presidente Cipriano Castro contra el bloqueo de las costas venezolanas. El grito de unidad nacional contra la diplomacia de las cañoneras de Gran Bretaña, Alemania e Italia, que reclamaban el pago de deudas pasadas, se convirtió finalmente en un golpe de efecto de Estados Unidos, que aplicó la Doctrina Monroe, aquella tan famosa impuesta hace dos siglos para mantener bajo control a su patio trasero. Se pusieron en marcha los Protocolos de Washington para contentar a las partes: el sheriff de las Américas dejaba claro que en su traspatio mandaba EEUU.

Como la geopolítica es así de rocambolesca, Nicolás Maduro repitió las palabras de Castro (Cipriano, no Fidel) tras observar en agosto que el despliegue de buques ordenado por Donald Trump en el Caribe iba tan en serio que amenazaba su supervivencia. Sus asesores le convencieron de que en semejantes circunstancias no había mejor discurso patriótico, pese a que tragó saliva cuando le tocó mencionar aquello de «me retiraré de las nostalgias del poder» y «abriré todas las puertas de las cárceles de los presos políticos».

Por supuesto, nada de ello ha pasado: Maduro ha adoptado una defensa numantina, tal y como ordena la biblia de las revoluciones, pese al histórico bloqueo naval y despliegue militar estadounidense en sus costas, la principal evidencia del giro de la Administración de Donald Trump hacia América Latina.

«Cipriano Castro era, a todas luces, el jefe de Estado legítimo. Maduro es todo lo contrario: un líder de facto que sostiene el poder en tanto que usa la violencia de forma ilegítima contra su propia gente. Cuando Castro enfrentó el bloqueo, su campaña nacionalista y antiimperialista fue exitosa. De hecho, el propio José Gregorio Hernández, recientemente beatificado santo de la Iglesia católica, se alistó voluntario en defensa de Venezuela. Maduro, aunque intentó replicar este sentimiento soberanista, no lo ha logrado», explica a EL MUNDO el historiador César Báez.

Diferencias evidentes, pero también coincidencias. «En ambos casos, el objetivo no era tomar territorio venezolano, sino forzar a los actores clave a tomar ciertas decisiones usando la fuerza como herramienta», añade el historiador.

El actual despliegue estadounidense en el Caribe y el bloqueo naval contra el chavismo son la confirmación de que una nueva era política se abre paso para América Latina. La percepción del mundo que tiene Donald Trump ha hecho añicos el antiguo tablero geopolítico continental, lo que ha llevado a las Américas de vuelta al primer plano internacional. Eso sí, un regreso marcado por una visión muy personal, donde mandan los intereses. Para Trump, América Latina es un conjunto de países que deben subordinarse a EEUU.

En el cóctel actualizado de la Doctrina Monroe, aquella que rezaba «América para los americanos (estadounidenses)», se mezclan la diplomacia coercitiva, las viejas cañoneras convertidas en portaviones, injerencias electorales extremas y la política de aranceles de palos y zanahorias, pero sin zanahorias. Ahora se llama Doctrina Donroe.

La gran carambola geopolítica es que esta nueva era ha devuelto las esperanzas a los pueblos oprimidos, convencidos de que sólo la fuerza, en sus distintas versiones, les devolverá la libertad. La escalada de presión contra Maduro continúa, aunque los ataques contra los «malvados» revolucionarios en tierra no han sucedido. En Cuba y Nicaragua, también permanecen expectantes, en medio de un debate mundial que ha conformado nuevas trincheras, a favor o en contra de Trump.

La cumbre de este fin de semana de Mercosur ha mostrado cuáles son los nuevos bloques: mientras el brasileño Lula da Silva advertía de que «una intervención armada en Venezuela supondría una catástrofe humanitaria para la región», el argentino Javier Milei, beneficiado en las legislativas por los llamamientos de Trump, instaba a la comunidad internacional a apoyar la presión contra el «narcoterrorista» Maduro. Bolivia, Ecuador, Paraguay, Panamá y Perú le respaldaban de inmediato.

Junto a un Gobierno claramente trumpista, como el argentino, al que se le unirá el recién elegido en Chile y donde ya se encuentra el salvadoreño Nayib Bukele, se mueven los países que gravitan en el área de influencia de Trump: los cinco firmantes más República Dominicana, Costa Rica, Guatemala y Haití, cada uno con sus peculiaridades; cada uno con sus relaciones especiales con el gran vecino del norte.

«Lamentablemente, han recuperado el nombre de Doctrina Monroe, porque eso desvía la atención: este continente ya está invadido. Los enemigos de la democracia, la libertad y los derechos humanos se han instalado sólidamente en Cuba, Venezuela, Nicaragua y en sus formatos peores, criminales. Y con extensión a otros países. El continente ya estaba marcado por la intromisión de potencias extrarregionales y de una gigantesca potencia transnacional, que es el crimen organizado, capaz de mover anualmente un trillón de dólares en mercados ilícitos. La salida pasa por restaurar la democracia y los derechos humanos y cortar los lazos con las potencias internacionales que promueven estos regímenes: Rusia, China, Irán y propio crimen transnacional, organizado junto a sus formas paramilitares y terroristas, como los cárteles narcos, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), las disidencias de las FARC, Hizbulá y Hamas. Esa es la verdadera batalla», subraya a este diario Juan Antonio Blanco, presidente del Laboratorio de Ideas Cuba Siglo XXI.

El patio trasero de Trump aparece de nuevo radicalmente dividido y el gran parteaguas es el chavismo. A las tres dictaduras, Venezuela, Cuba y Nicaragua, se ha unido por afinidad ideológica el colombiano Gustavo Petro, quien ha protagonizado un pulso muy desequilibrado con Washington. A los discursos incendiarios y los trinos (tuits, en Colombia) de zafarrancho se sucedieron un sinfín de ataques, incluso sanciones, como las que llevaron al ex guerrillero colombiano a perder su visa estadounidense. La peor situación en 120 años, tras desgajarse Panamá del país cafetero gracias a la ayuda de Washington, que el secretario de Estado, Marco Rubio, ha querido suavizar en las últimas horas: «Tienen un presidente inusual, pero tenemos buenas relaciones».

Los cuatro enemigos de Trump se asoman al Caribe, y no es casual. «El despliegue de EEUU tiene que ver con algo que va más allá de Venezuela y de Centroamérica. Es la recuperación de la hegemonía que históricamente EEUU había mantenido en el Caribe y que se había perdido en los últimos años. Ahora tratan de recuperarla, con mucha presión sobre Venezuela y su impacto sobre Nicaragua, por el vínculo tan fuerte entre revoluciones. Está pensado en relación a los actores externos, China y Rusia, para hacerles comprender que el control es estadounidense. En el caso de los Ortega Murillo, han bajado el tono de los discursos antiimperialistas y han aceptado sin rechistar a todos los deportados enviados desde EEUU, que ya son más de 6.000. También han aflojado con los prisioneros políticos (liberaron a medio centenar), por efecto de las presiones directas de Washington», destaca la socióloga Elvira Cuadra, directora del Centro de Estudios Transdisciplinarios de Centroamérica.

En Managua temían especialmente las sanciones comerciales de Washington, con imposición de aranceles al 100%, y la salida forzada del Tratado de Libre Comercio entre Centroamérica y EEUU.

Una receta de fuerza que en Centroamérica también se dirigió sorpresivamente desde el primer día contra Panamá, aliado histórico al que hace justo 36 años se liberó de otro narcodictador, el general Manuel Noriega. Los esfuerzos evidentes del presidente José Raúl Mulino de distanciarse de China, el cambio de titularidad de dos puertos fundamentales y la retirada de la ruta de la seda parecían haber calmado a Washington en lo que parecía otra obsesión presidencial sobre el Canal de Panamá.

Pero en las últimas semanas volvieron a surgir fricciones, con amenazas incluso de retirada de visas. En el tiempo coincidió con una injerencia electoral extrema en Honduras: el apoyo de Trump al candidato derechista Nasry Asfura, quien, gracias al empujón de Washington (promesa de ayudas económicas, bajada de aranceles, mejoras para los casi dos millones de migrantes catrachos en EEUU) enjugó el 5% de desventaja con el liberal Salvador Nasralla. Si el escrutinio final que se celebra estos días en Tegucigalpa en un clima de máximo tensión no lo cambia, Papi a la Orden, como llaman a Asfura, será presidente en 2026, pese a que el propio Trump indultó al ex mandatario José Orlando Hernández, condenado a 45 años por narcotráfico.

La cercanía política con el populista Nayib Bukele no sólo eximió a El Salvador del pressing de Washington: el país centroamericano también se benefició del alquiler temporal de las instalaciones de la megacárcel del CECOT. Los nuevos acuerdos comerciales con El Salvador y Guatemala, como parte del ajuste de aranceles globales, se han prolongado en el tiempo con Costa Rica, otro aliado clave durante décadas, pese a los pataleos económicos de China. Al ex presidente Óscar Arias, Premio Nobel de la Paz, también le retiraron su visa por sus críticas a Trump.

¿Y México? El vecino del sur forma parte del tercer grupo de países, con Brasil y Uruguay. Están en las antípodas ideológicas de Trump, pero no quieren enfadar al gigante del Norte. «Más allá de la amenaza constante de aranceles, es en el campo de la seguridad donde se hace realmente patente la doctrina Trump para América Latina. Administraciones pasadas actuaban con tibieza contra los tentáculos de los cárteles narcos que traspasaban las fronteras. La nueva política exterior de EEUU se refleja en México a través de golpes certeros al corazón financiero de los cárteles: el congelamiento de recursos de bancos y casas de valores acusados de blanquear dinero del crimen organizado», desentraña el analista Pablo Cícero.

Al torpedear la línea de flotación financiera, varios líderes criminales de alto perfil fueron capturados y juzgados en tribunales estadounidenses. «Lo más revelador es que, incluso en un México profundamente polarizado por la narrativa del gobierno, estas acciones no han sido calificadas de intervencionismo. Por un lado, el Gobierno mexicano acepta, sin quejarse públicamente, las acciones de la diplomacia de Trump. Por el otro, la oposición ve en estos actos un contraste evidente con la pasividad gubernamental frente a los cárteles», añade Cícero.

Para Rubio, cuyo primer viaje en enero fue a América Latina, México está haciendo en materia de seguridad más que en ningún otro momento de su historia.

Fuente de TenemosNoticias.com: www.elmundo.es

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