‘No puedo más’, ‘estoy reventado’, ‘no me da la vida’. Frases repetidas, una y otra vez, en todos los ámbitos sociales. Estar exhaustos es más la regla que la excepción. Las vacaciones se entienden solamente como una forma de recarga, un paréntesis de desconexión para enchufarse de nuevo al aparato con más ímpetu y un rendimiento óptimo. Retomando los planteamientos de Emma Goldman, en su Derecho a las cosas bellas (2025), y de Paul Lafargue, en su Metafísica de la pereza (2022), el profesor de filosofía Juan Evaristo Valls Boix (Elche, 1990) reivindica que la vida no puede limitarse al trabajo.
LEA TAMBIÉN
Emma Goldman decía que las cosas bellas no son un lujo, sino que son necesarias porque sin ellas la vida sería insoportable. ¿Cómo garantizar el derecho a las cosas bellas en una sociedad que grita rendimiento, eficiencia, hiperproductividad?
El desafío del ensayo era justo ese: mostrar que abogar por las cosas bellas, por una vida que valga la pena y no esté consagrada al trabajo no es una utopía, sino que es una cuestión que puede encarnar una serie de políticas públicas. Por eso está articulado como una serie de derechos. Pero cuando se habla de descentrar el trabajo, o de habilitar un mejor descanso, o de darle pábulo a ese deseo perezoso, rápidamente se cuestiona el discurso. Y eso es muy llamativo porque lo han tratado de refutar diciendo ‘este tiene pinta de no trabajar mucho’ o ‘¿qué nos va a decir este, que el trabajo es malo?’.
Las personas deben aprender a responder en lugar de reaccionar. Foto:iStock
Hablaba de derechos… ¿Como cuáles?
Como garantizar que la ciudad sea un espacio de descanso y para habitar y no solo un espacio donde trabajar o consumir. El derecho a las cosas bellas pensado como el derecho a la inutilidad es un pensamiento básico de que trabajamos para vivir y no vivimos para trabajar. Es decir, que la vida tiene valor en sí misma, no por su productividad. Habilitar esto es un proceso muy largo que requiere muchos frentes y muchas investigaciones, pero a mi parecer es sumamente factible. Precisamente porque haciendo muy poco ya se va a avanzar mucho. Con la reducción de la jornada laboral, habilitando el derecho a la desconexión, garantizando la vivienda como un derecho y no como un bien de consumo…
A menudo se plantea la tesis de que si se abandona la hiperproductividad no se podrá sostener el Estado de bienestar (en Europa). ¿Qué contestaría a esto?
Es al revés: el Estado de bienestar consiste en parar. Tenemos que dirigir todos nuestros esfuerzos políticos en habilitar una sociedad donde uno pueda hacer otra cosa que producir, donde la vida valga por sí misma y donde se pueda habitar. Porque, si no, el espacio político no tiene ningún sentido. Parar no nos va a alejar del Estado de bienestar, sino que nos va a llevar a su cumplimiento. En los países donde habitualmente se considera que este se ha desarrollado más, que suelen ser los escandinavos, es donde más se están ensayando las reducciones de la jornada laboral, la conciliación, la desconexión y limitando la especulación con las viviendas. Han invertido, pioneramente, en ciudades verdes donde recostarse, descansar, etcétera. Por otra parte, hay que decir que el Estado de bienestar es una de las alianzas más tardías entre Estado y capitalismo y, como tal, tiene sus límites. Una comprensión radical de los derechos a la pereza exigiría un modelo de Estado que no asuma el modelo gerencial de las empresas, sino otra forma de entender lo común.
La pereza es muy incómoda, se le ha visto siempre como un vicio, hasta es uno de los pecados capitales en la tradición cristiana. Pero usted cita a Pascal Bruckner, que dice que le tenemos “alergia al trabajo”…
Sí, somos alérgicos al trabajo y eso no es malo. Es un deseo absolutamente esencial de resistencia y de desobediencia civil. Desde los años 80 se expandió como mantra el ‘amor por el trabajo’. En el espacio laboral no solo se nos exigen nuestro tiempo y nuestras capacidades, sino que se nos exige también nuestra pasión. El buen trabajador no es hoy un trabajador disciplinado, sino un trabajador motivado que confunde la vida personal y la vida profesional. Está más que demostrado que el vínculo afectivo es un elemento esencial en la producción de la plusvalía contemporánea. De hecho, el gran gesto ideológico en estos tiempos de crisis, que algunos llaman austericidio, es la idea absolutamente falsa de que la pasión no solo nos puede ayudar a escapar de la crisis, sino que nos puede garantizar la felicidad.
LEA TAMBIÉN
Aunque tras la pandemia este paradigma se empezó a poner en jaque…
Para mí la principal revolución social durante estos años, particularmente después de la pandemia y la Gran Renuncia, tiene que ver con que nos hemos desenamorado del trabajo. Hay un cambio que cultiva eso que Mark Fisher llama “deseo poscapitalista”, que ya no se afirma a través de la ganancia, la acumulación, sino a través de otra cosa. Y creo que se ve muy bien no solo en la cultura que romantiza sistemáticamente el descanso y el estar en casa, sino también a través de todos los activismos contemporáneos que piden mejores condiciones para habitar. Los activismos climáticos, contra la gentrificación, contra el retraso de la edad de jubilación, por la vivienda digna, articulan esa sensibilidad nueva que Pascal Bruckner llama “alergia al trabajo” para señalar que es mala y nociva, pero para mí es una desobediencia afectiva. Hemos aprendido que nuestro amor por el trabajo no era amor, era obsesión. Y esa obsesión por alimentar una fantasía de vida buena —que no llegaba— lo que mantenía era una vida que no funciona: una en la que sufrimos de insomnio o dormimos con bruxismo, una en la que tenemos que fingir todo el tiempo que estamos excitados y con proyectos y con sueños. Ese ideal de vida buena trae tanto malestar que hemos dejado de quererlo.
LEA TAMBIÉN
Hace poco hablé con Costica Bradatan (filósofo rumano) sobre cómo el fracaso es capaz de mostrarnos nuestra verdadera condición humana. ¿Cómo soltar y dejar caer esa ilusión de éxito que tenemos tan arraigada?
La cuestión del éxito es clave en el imaginario capitalista sobre la pereza. Porque siempre que uno se toma unas vacaciones o está descansando se siente culpable, sabe que no da buena imagen y, por tanto, rápidamente lo justifica a través del éxito: ‘Me tomo vacaciones porque me lo he ganado’. Como si las vacaciones fueran el premio. Esto me parece triste porque así se pierde el gran potencial político de la pereza y del fracaso. Cuando uno fracasa, entiende que en el fondo no pasa nada y que hay otras posibilidades. Es pensar en la alternativa. Esto se expresa muy bien en la etimología del término derrota, que viene del francés déroute. La derrota y el fracaso tienen que ver justamente con el desvío y con la alternativa, con explorar si otro mundo es posible allí donde creíamos que no lo era. Y esto es importante porque estas promesas de felicidad, que están muy vinculadas al ideal del éxito, saturan hoy el horizonte político. Impiden preguntarnos si podemos vivir de otro modo al imponernos una forma de vida como la única vida buena y posible. En el momento en que el entusiasmo y las pasiones superlativas se tornan una virtud ética del buen trabajador se generaliza una obediencia. En ese escenario cualquier gesto contrario al de la carrera es problemático porque no sirve para avanzar. Entonces, las preguntas, las reflexiones, las pasiones tristes como la rabia, el cansancio o el descontento se ven como improductivas y como gestos propios del mal trabajador. Pero son importantes, porque cuanta más pasión por el trabajo, menos capacidad crítica.
Algunas personas se sienten fracasadas. Foto:iStock
Se vuelve algo casi religioso. Más allá de la relación entre el capitalismo y la ética protestante, se juega con la culpa. Hay estudios que muestran el lazo entre lealtad y explotación, que, mezcladas con la culpa, en el fondo llevan a siempre cumplirle a esa gran figura de autoridad.
Una de las cosas que decía Paul Lafargue en La religión del capital es que si el capitalismo es una religión, es porque transforma el amor en mercancía. Es una verdad demasiado dura que atraviesa la contemporaneidad y yo creo que hay que preguntarse qué tipo de religión es esta de hoy. A finales del siglo XIX y en el siglo XX el capitalismo era una religión protestante, de austeridad, contención, previsión, que tenía que ver con sacrificarse, con trabajar mucho…
Una religión en la que perder el tiempo era ‘el peor de los pecados’…
Eso es. Y ahí valores religiosos y valores económicos coinciden: no soportar la pérdida en términos económicos ni la perdición en términos morales. Pero en el capitalismo tardío la religión tiene que ver con algo distinto: vivimos a crédito; nos gobierna a través de la deuda. Por otro lado, funciona como religión porque usa la fe, y esto lo decía ya Kierkegaard es la más alta de las pasiones. Y lo que hace es gobernarnos a través de la excitación de nuestro deseo, a través de la seducción constante para que estemos siempre estresados, ilusionados, motivados, entusiasmados. Es decir, para que seamos fanáticos creyentes. Demanda que seamos productivos a través de la movilización total de nuestro deseo.
Y también se ha ido creando un ‘capitalismo del descanso’, del ‘wellness’, en el que la lentitud y el bienestar se están inscribiendo en la misma lógica y volviéndose un privilegio para quien lo pueda pagar.
En otros momentos históricos, decir que el aire o el silencio se venden habría sido bastante irrisorio. Sin embargo, hoy en día son las mercancías más valiosas. Si se hacen rankings de ciudades con calidad del aire o con calidad de silencio es por esto. Efectivamente, el capitalismo del descanso nos muestra que la pereza y el no hacer son imposibles a no ser que sean como mercancía. En un mundo donde el descanso se ha convertido en una mercancía, donde solo conocemos la pereza como propiedad privada (y de pago), a mí me parece más importante que nunca reclamar un derecho a la pereza.
DD Foto:iStock
LEA TAMBIÉN
Le devuelvo una pregunta que plantea en el libro: ¿cómo sería un mundo de perezosos?
Cuando hablo de un mundo de perezosos, hablo de un mundo donde el trabajo no estructura la vida, sino que son otras cosas las que la estructuran. Donde uno se puede jubilar dignamente y verdaderamente dejar de trabajar. Un espacio para investigar, dedicado al saber por la curiosidad, pero también por la alternativa. O sea, ¿podemos vivir de otra forma? Por supuesto, un mundo de perezosos es un mundo donde se trabaja menos, donde se puede desconectar más y donde hay formas de ocio que no son capitalistas, que tienen que ver con el cultivo del tiempo, con la curiosidad, con la divagación.
¿Cómo vaciar el ajetreo sin caer en el ‘horror vacui’? ¿Cómo saltarse la paradoja de que la holgazanería se convierta en un estar echados haciendo ‘scroll’ infinito en redes sociales, pura economía de la atención…?
Estar tumbado haciendo scroll en realidad no es descanso, es hedonia depresiva; es el consumo por otros medios, ese término de Fisher donde uno está continuamente consumiendo estímulos de placer. Una de las grandes fuerzas del estrés y de la cultura del ajetreo consiste en prometernos que un día vamos a dejar de estar angustiados. Con el american way of life que se impone después de la Guerra Fría, la promesa es que el capitalismo va a acabar con el aburrimiento. ¿Cómo? Saturándonos de placer. Esto ha generado más malestar del que buscaba prevenir, porque lo que ha traído es una excitación constante, un estrés constante, una dependencia constante de los aparatos, y por tanto la incapacidad de reflexionar, de objetar y criticar. Por otro lado, esas promesas son falsas, precisamente porque la angustia no es algo por evitar. Es algo constitutivo de nuestra vida. Si estamos vivos, es porque deseamos, y si deseamos, estamos angustiados. Cuanto más nos angustiamos es, de alguna forma, cuanto más libres somos, porque el horizonte de expectativas ante nosotros es más vasto y ese es un privilegio muy grande.
Scroll en redes sociales Foto:Pexels
LEA TAMBIÉN
¿Y qué ayuda a salir de la anestesia?
La cuestión no tiene que ver con calmar nuestra ansiedad, sino aprender a vivir con nuestra angustia y con nuestro deseo. Esta es una de las grandes propuestas de la filosofía: aprender a vivir sin certezas ante lo desconocido. Aprender a habitar la angustia nos permite criticar esas fantasías irrealizables de vida buena en nombre de las cuales nos vinculamos a vidas miserables que no funcionan. Una vez que nos liberamos de esta fantasía superlativa del emprendedor exitoso podemos empezar a articular un discurso sobre condiciones materiales de vida buena, banal y holgada para todos. Convivir con el deseo holgazán, que no tiene objeto, que se preocupa por dejar abierto el porvenir. La reflexión de la vida holgada y la condición horizontal es también una reflexión sobre los horizontes.
MARIANA TORO NADER
Ethic*
(*) Ethic es un ecosistema de conocimiento para el cambio desde el que analizamos las últimas tendencias globales a través de una apuesta por la calidad informativa y bajo una premisa editorial irrenunciable: el progreso sin humanismo no es realmente progreso.