Creatividad más allá del pistacho / ‘El Condimentario’, columna de Margarita Bernal

Cuando un plato o un ingrediente se pone de moda, pareciera que la creatividad colectiva se redujera a repetirlo como un mantra. Basta con que alguien saque una receta exitosa y, de repente, aparece en todas las cartas, vitrinas y redes sociales. Ya nos pasó con el volcán de chocolate, con el pulpo con papa, con los cupcakes y tantos otros que llegaron en oleadas y que se fueron desvaneciendo en silencio. Después llegó la fiebre del matcha y luego la de la tarta vasca, que se multiplicó hasta perder todo misterio. Y ahora vivimos la era del pistacho: todo se baña, rellena, pinta o espolvorea de verde.
El problema no es la tarta, ni el pistacho, ni el chocolate. Es la repetición que si bien puede ayudar al reconocimiento, también condena al aburrimiento. Es tentador dejarnos llevar por lo viral. Pero esa comodidad mal manejada tiene un costo: la pérdida de identidad y de valor diferencial.
Desde la mirada del mercadeo, muchas de estas estrategias no son espontáneas, sino diseñadas para instalar deseos. Se crean productos que se convierten en símbolos aspiracionales, prometiendo estatus o pertenencia. Pero cuando esa promesa se repite en todos lados, deja de ser única.
Observar las tendencias es valioso, pues muestran hacia dónde se mueve el gusto y qué buscan los clientes. Pero nunca debe implicar cambiar la personalidad o el concepto de un lugar. Seguir la moda sin criterio diluye lo que nos define y puede volver un negocio indistinguible, además de que existe el riesgo de perder clientes si no se hace bien.
El verdadero diferencial está en encontrar la propia voz y construir un relato que no dependa de la última novedad. Las modas pueden inspirar, pero la prioridad siempre debe ser mantener aquello que no se puede copiar: identidad y carácter.
Esta dinámica conecta con un problema mucho más profundo. En el libro Comer hasta la extinción, Dan Saladino recuerda que de las 6.000 especies vegetales que alguna vez alimentaron a la humanidad, hoy apenas nueve dominan nuestra dieta, y solo tres (arroz, trigo y maíz) aportan la mitad de las calorías del planeta. En otras palabras: nos hemos vuelto un monocultivo humano. Ese apetito por repetir, clonar y masificar lo mismo no solo satura; erosiona la diversidad real de lo que comemos.
Quizá lo que nos seduce de estas tendencias es el espejismo de pertenencia: si todos comen tarta vasca, yo también; si todo es pistacho, yo quiero pistacho. Pero en esa fila del gusto global y homogéneo, perdemos la diversidad que nos da historia, memoria y sabor. “En la actualidad hay una perdida tanto nutricional y genética como cultural”, afirma Saladino. Así desaparecen sabores, texturas y tradiciones, relegados al olvido mientras seguimos el ciclo de la moda: novedad, saturación, sucedáneo barato o artificial y, al final, olvido.
El reto no es ignorar las tendencias, sino escucharlas sin que nos dominen. Mientras muchos repiten lo mismo, hay un universo de sabores y recetas esperando que los descubran para enriquecer la mesa. Buen provecho.
Margarita Bernal
Para EL TIEMPO
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