Héctor Juan Pedro Bosio, mejor conocido como ‘Zeta’ Bosio, es el bajista de la banda argentina Soda Stereo. El trío, conformado por Zeta, Charly Alberti y Gustavo Cerati, fue considerado por los Latin Grammy como leyenda total que sigue inspirando a futuros creadores de música latina. Después de 41 años del lanzamiento de su primer álbum siguen vigentes con más de 20 millones de discos vendidos. Soda fue una de las primeras bandas extranjeras en realizar un concierto en Colombia en los ochenta. Zeta volvió al país con su ‘Rock Live Set’, un tributo a los clásicos del rock en español, y habló con BOCAS.
En los años 80, una llamada del extinto Departamento Administrativo de Seguridad, el DAS, puso en jaque la salida de Colombia de Zeta Bosio, Charly Alberti y Gustavo Cerati. Habían dado más de 28 conciertos en Estados Unidos y América Latina con la gira de ‘Doble vida’, el cuarto álbum de Soda Stereo, y los tres estaban agotados. Las dos últimas paradas fueron en Bogotá y en Medellín y era hora de volver a Buenos Aires, pero según el DAS y las leyes colombianas, tenían que quedarse en la capital antioqueña. Estaban atrapados. Juan Carlos Mendiri, el representante de la productora de la banda, los convocó de emergencia en su habitación del hotel y les soltó el baldado de agua fría: no podían montarse en el avión de regreso. “El DAS lo había llamado al teléfono, porque si no realizábamos un concierto en Medellín, no podíamos viajar de vuelta a casa”, relata Zeta Bosio, el bajista del grupo argentino, con unas gafas de sol y una gorra blanca, desde su casa en Miami. La exigencia, desatada en una “Colombia políticamente compleja” (los años 80 de Pablo Escobar), los dejó fríos, ansiosos y con el cuerpo lleno de nervios.
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Zeta confiesa que no sabe cómo Colombia se contagió en esa época de la ‘Sodamanía’, una devoción por la banda que para él sigue siendo un misterio. No sabe cómo el país descubrió a un grupo que nació en los salones de la Universidad de El Salvador, donde él y Gustavo Cerati forjaron una amistad de leyenda mientras estudiaban publicidad. Y Charly Alberti, su baterista, conocía a Cerati tras un sin fin de intentos por conquistar a su hermana Laura.
Gustavo y yo armamos la banda cuando teníamos 20 y habremos estado juntos hasta casi los 37 o 38. Prácticamente fue una época de crecimiento juntos, de maduración juntos, lo que se fue notando en la música. Más allá de ser tres músicos en Soda, nos volvimos un organismo que pensaba por sí mismo.
El trío —con un look y un sonido inspirados en las bandas inglesas The Cure y The Police— cautivó a un público que emergía de la posdictadura. Para esta generación, por fin había llegado el momento de pasar la página de las prohibiciones: desde letras tildadas de inmorales o de protesta, hasta mensajes eróticos o con un humor irreverente que desafiaba la censura silenciosa. Con el lanzamiento de sus dos primeros álbumes, Soda Stereo (1984) y Nada personal (1985), el grupo se dio a conocer con una estética radical: ojos delineados con lápiz negro y una cabellera parada con una extraña combinación de jugo de limón, cerveza y jabón blanco, como lo desvela Juan Morris en su biografía Cerati. Este impacto visual fue tan potente que el abuelo del rock argentino, Charly García, los puso en el radar por sus “raros peinados nuevos”.
El furor que Soda Stereo desató en clubes y discotecas porteñas no tardó en propagarse por toda Latinoamérica. Mientras la escena musical popular estaba dominada por figuras argentinas como Sandro o Leonardo Favio, fue con Soda que, por primera vez, países como Colombia tuvieron la oportunidad de ver una banda extranjera de rock en vivo. En 1986, el trío arribó a Bogotá para la promoción de su tercer disco, Signos. Zeta recuerda ese debut con una anécdota que lo marcó: a medida que ascendían por los peldaños de la tarima, una voz desconocida les gritó: “¡Suban, suban, que aquí va a morir gente!”. Al mirar al público, la banda constató que el recinto, diseñado para unas 800 personas, reunía a más de 3.000.
A pesar de la preocupación de los productores, la sensación de Zeta Bosio fue que los asistentes se mantenían “tranquilos” y disfrutaban intensamente de canciones como Cuando pase el temblor y Persiana americana. Desde esa primera visita se dio cuenta de que los conciertos en suelo colombiano distaban de ser los típicos. Lo que le llamó la atención fue que los militares se quedaban parqueados en los escenarios, al lado de los instrumentos musicales. Una señal de que, en aquellos años, “cualquier cosa podía pasar”, pero la llamada del DAS en noviembre de 1988 no estaba dentro de los planes de ninguno.
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Unas horas antes había caído un torrencial aguacero en Medellín y, en pleno concierto, la banda tuvo miedo de quedar electrocutada al interpretar los temas de su cuarto álbum, Doble vida, en la Plaza de Toros La Macarena. El escenario, para sorpresa y frustración de ellos, no tenía el techo que habían solicitado las semanas previas. Acto seguido, buscaron la puerta trasera del anfiteatro, “prácticamente huyendo”, y ni siquiera le pudieron avisar al público de la cancelación del concierto porque no había ningún micrófono disponible.
Charly Alberti y Zeta Bosio. Foto:Cortesía Soda Stereo
En el hotel, el trío planeó cómo responder a la denuncia de “incumplimiento de contrato por un show suspendido” que les había notificado el DAS. En los días siguientes, explicaron en la radio las razones de su ausencia y confirmaron una presentación en un lugar cerrado. Y solo de esa manera lograron sellar su boleto de regreso a Argentina.
Zeta se ríe, a pesar de esas experiencias insólitas en Colombia en los ochenta y comienzos de los noventa, el público nacional es, para él, “uno de los más calientes en Latinoamérica”. Un título que, según el bajista, “se ganaron a lo largo de los años”. El culto que se generó por estos roqueros convirtió al país en una escala obligada de las giras de álbumes como Canción Animal (1990-1992) y Sueño Stereo (1995), un disco que significó el regreso de Bosio a la música tras una devastadora tragedia personal: en 1994, su hijo Tobías perdió la vida. Su otro hijo, Simón, que apenas tenía 7 años, tuvo que lidiar con varias lesiones y hoy es músico como su papá.
Gustavo Cerati falleció el 4 de septiembre de 2014, Buenos Aires, Argentina. Foto:EFE
Según el libro Yo conozco ese lugar, escrito por Zeta, el detonante final para la separación de Soda Stereo se remonta a una serie de bromas pesadas con unos extintores —que terminaron con unos daños millonarios— durante la grabación del MTV Unplugged en 1996. Aquel episodio, de alguna manera, dejó aún más en evidencia las profundas grietas que terminarían por disolver la banda: diferencias creativas, desacuerdos por los derechos de autor y la distribución de las ganancias.
El reencuentro de Bosio, Alberti y Cerati llegó una década después. En Bogotá, la gira ‘Me Verás Volver’ (2007) convocó a más de 52.000 personas, uno de los conciertos más multitudinarios en Latinoamérica. Así, quienes no habían podido ver a la banda en vivo saldaron esa deuda histórica, mientras que otros —me incluyo entre ellos— lamentarían para siempre haberse perdido la icónica presentación de un grupo que vendió más de 20 millones de discos.
Zeta Bosio y Estefanía Iracet, su manager y esposa. Foto:edsmitter
Zeta formó su primera banda a los 14 años, tocó guitarra y batería en su juventud, pero el bajo —incluso durante el servicio militar— fue su instrumento eterno. Tras el final de Soda no tardó en reinventarse: fue director artístico de Sony Music en Argentina y fundó su propio sello discográfico, Alerta Discos. Exploró la industria desde la óptica del fan en el programa de televisión Rock Road, donde seguía de cerca a estrellas prominentes en festivales alrededor del mundo. Su voz también resonó en la radio con Keep Rockin.
Con las risas que acompañan cada respuesta a mis preguntas, me cuenta que regresa a Colombia en su faceta más aclamada recientemente: la de DJ. Viste una camiseta rosa desteñida (tie-dye) al mejor estilo de roqueros como Janis Joplin o Kurt Cobain, y sobre ella, en negro, resalta la palabra ‘Fender’, la célebre marca de guitarras eléctricas, bajos y amplificadores.
Con esa actitud cool que no lo abandona a sus 66 años, me invita a su ‘Rock Live Set’: una celebración de los inmortales clásicos de Soda Stereo y, en general, de los sonidos que definieron a la juventud latinoamericana de finales del siglo XX. Un evento en el que fusionará beats electrónicos y juegos de luces en el Planetario de Bogotá. Habla un camaleón y una leyenda del rock en español.
Su mamá italiana lo llamaba ‘Ettorino’ y sus amigos de la niñez, ‘Torino’. Luego en Soda lo bautizaron ‘Zeta’. ¿Cuál le gusta más?
Extraño a mi mamá diciéndome ‘Ettorino’, porque no la tengo más. Ahora que me lo dijiste, me emocioné un poco, porque hace mucho que no escuchaba ese grito de ella llamándome. Pero Zeta se comió a todos los demás personajes.
Tengo entendido que Zeta viene de ‘Cetáceo’, porque en su juventud remaba…
En el único sitio donde digo Héctor es en el Starbucks, para que lo mencionen cuando me anuncian que ya está listo mi vaso de café (risas). Como me crie en San Fernando, un área urbana de la provincia de Buenos Aires, que se encuentra al lado del río La Plata, iba a un club que tenía un equipo de remo. Practicaba este deporte todos los días, de los 15 a los 18 años, hasta que terminé el colegio y el servicio militar cortó con eso. Pero en esa época me gané el apodo de ‘Cetáceo’.
Entonces, ¿cómo le colocó la última letra del abecedario a ese sobrenombre?
Eso fue en los comienzos de Soda. Un domingo en la tarde, estábamos Gustavo, Charly y yo con un periodista, un amigo que era director de una revista. Él nos ayudó con la primera gacetilla (nota de prensa). Escribió que éramos más jóvenes: a mí me hizo nacer en el 59, cuando la fecha es octubre 1 de 1958. Además, señaló que el lugar había sido San Fernando Valley en California, porque le pareció más glamuroso. Después en países como México me preguntaban si realmente había nacido en Estados Unidos. Esa gacetilla generó muchos errores. Y él nos dijo que en vez de agregar al texto unos nombres aburridos como Héctor pensáramos en otros más artísticos. Así que, nada, pensé rápido y me acordé de mi sobrenombre de la época de remo. Para él fue mejor con la letra zeta, y ¡pum!, así se quedó. Un año más tarde estábamos con la banda en Chile y nos hicieron la pregunta sobre Zeta. Con los chicos empezamos a inventar historias y una de ellas era que se debía a que siempre era el último en llegar a cualquier reunión o ensayo. Y debo confesar que me cargaban porque siempre faltaba cuando ya íbamos a salir al escenario.
Antes de Soda, en su servicio militar, se presentó junto con la banda del buque de la escuela de la Armada Argentina y recorrió el mundo durante la dictadura… ¿Fue la época más difícil en su juventud?
No fue la más difícil, sino la más aventurera. Difícil al principio por el choque: era un poco violento tener que entrar al Ejército y recibir órdenes a los gritos y a la fuerza. Pero, en últimas, me dio mucha seguridad, porque la vida me había llevado a esos extremos, para darme cuenta de que tenía instinto de supervivencia. En la “colimba”, como le decimos al servicio militar en Argentina, lo que me salvó fue la música. Fui el director de la banda del buque. Me acuerdo de que escuchaba las radios locales de las ciudades de embarque, para luego hacer el montaje de las canciones de esos puertos. En esos tiempos viajé a París para acompañar a un amigo a tocar música en la embajada argentina. Cuando me alistaba para la ‘Fiesta del Tango’ me di cuenta de que me había olvidado de mis zapatos en el buque y no tenía plata para comprar otros. Tuve que entrar a un destacamiento naval en la ciudad y allí encontré unos zapatos debajo de una cama. Solo fueron prestados, porque al día siguiente los devolví.
Como estudiante de publicidad tuvo varias bandas como ‘The Morgan’, en la que también estuvo Gustavo Cerati. Pero fue con Soda que su música empezó a sonar en la radio…
En medio de la Guerra de las Malvinas, que duró unos cuantos meses en el 82, a las emisoras se les prohibió transmitir música inglesa. Para los programadores radiales fue un problema, porque Buenos Aires era una ciudad que miraba mucho a Europa. Justo en ese momento nosotros estábamos dejando casetes por todas las radios. Ahí fue que empezaron a probar las canciones que llevábamos. Ese fenómeno fue, de algún modo, lo que nos dio el primer impulso antes de tener un disco, porque ya empezamos a sonar con esos demos sin haber grabado todavía nuestro primer álbum.
En la trayectoria de Soda Stereo se cuentan siete álbumes en estudio. Pero también grabaron EP’s que se podrían considerar como los sencillos que ahora se lanzan en plataformas como Spotify. ¿Son precursores de este tipo de lanzamientos en Latinoamérica?
Nosotros tratamos de que la compañía discográfica aceptase este formato. Con Soda Stereo lo hicimos, pero no fue el caso con otros artistas. El concepto del EP lo vimos nosotros en las bandas de Estados Unidos y de Inglaterra. Entonces, empezamos con un vinilo que tenía la canción Sobredosis de TV a un lado y al otro estaba Nada personal. Regalamos unas 3.000 copias a los DJ para que estos temas sonaran en las fiestas. Para nosotros fue un logro muy grande. Años después hicimos un segundo remix que se llamó Languis y llevaba cuatro canciones, incluyendo la inédita Mundo de quimeras. Fue así como le hicimos saber al público que las versiones iniciales de los álbumes en estudio no eran las definitivas, porque en algunos casos generábamos mezclas más largas o bailables. De este modo, nuestra música se podía escuchar de otra manera o lucía en las pistas de los clubes y las discotecas.
En varias ocasiones se habla de un “cuarto Soda”…
Ahora ya no somos un trío, sino que quedan solo dos, pues Cerati se nos fue en el 2014 con ese accidente cerebrovascular. En todo caso, hoy en día es una forma de decir que no éramos nada más que tres, sino que había un montón de gente que nos apoyaba. De los que no están, Alfredo Lois fue importantísimo con su visión artística. Otro es Adrián Taverna, ingeniero de grabación y mezcla, quien estuvo desde los comienzos y sigue siendo un gran pilar para cualquiera de los proyectos que armamos, porque tiene el ADN del sonido. Con Diego Sáenz, un amigo productor, trabajamos habitualmente cuando hacemos cosas con Charly.
Estefanía Iracet hace parte del Rock Live Set con Zeta. Foto:edsmitter
Sin duda, la gira con mayor producción fue la relacionada con el álbum Canción Animal, pero también fue con la que se endeudaron mucho…
Artísticamente esa gira salió fantástica. Se promocionó el disco, lo que generó que la banda explotase a nivel latinoamericano. Pero nosotros nos habíamos separado recién de Ohanian Producciones y empezamos a armar la gira como un emprendimiento nuestro, con algunos productores locales de Argentina. Nos propusimos demostrar que haríamos algo que nadie más hubiese logrado. Eso fue una monstruosidad: luces móviles y tecnología que no se usaba en la época. Nos mandamos a la pileta con una supergira. Ya cuando revisamos los números, fue evidente que era mejor que esas producciones fueran organizadas por otros (risas). Nosotros nos dábamos todos los gustos, pero, viste… después hay que pagarlos.
Andrea Echeverri en su exposición del Claustro de San Agustín. Foto:César Melgarejo/ EL TIEMPO
Soda coincidió en algunos escenarios con Aterciopelados, especialmente con Andrea Echeverri, en el Unplugged de MTV en 1996. ¿Cuál es su percepción de ellos como representantes de Colombia en ese movimiento del rock en español?
Andrea fue una mujer muy importante en el movimiento. Se trataba de un periodo en que costaba mucho que las mujeres llamaran la atención y que plantaran las cosas de esa manera, ¿no es cierto? Era más difícil. Así como tuvo una época punk, un poco más rabiosa, ahora es una persona supertranquila. También una gran artista plástica, que hace cosas increíbles, muy psicodélicas. El aporte de Andrea y Héctor a la música es esencial y lo digo porque lo hicieron desde el corazón, desde sus raíces y con muy buena onda siempre. Me acuerdo que ellos pasaron como fans al camerino del Unplugged. Meses antes habíamos compartido con Aterciopelados la gira del álbum Sueño Stereo. Mientras a Gustavo lo estaban maquillando para el concierto desconectado, le hizo el ofrecimiento a Andrea de cantar En la Ciudad de la Furia. Improvisaron ahí no más y quedó para la posteridad.
Hace pocos meses Aterciopelados grabó una canción dedicada a Cerati…
Tenemos una relación muy linda y larga con Andrea y Héctor. Ahora acabo de participar en su último disco de Aterciopelados con el tema Eterno. Una canción muy simpática que le dedicaron a Gustavo. Quienes la cantan pueden expresarle su amor.
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Y para usted eso debió ser como devolverse en el tiempo…
Gustavo y yo armamos la banda cuando teníamos 20 y habremos estado juntos hasta casi los 37 o 38. Prácticamente fue una época de crecimiento juntos, de maduración juntos, lo que se fue notando en la música. Más allá de ser tres músicos en Soda, nos volvimos un organismo que pensaba por sí mismo: estábamos juntos. Gustavo sigue estando muy presente en mi vida. Ahora, por ejemplo, estamos hablando de él. Es así todos los días. Fue mi mejor amigo; en la facultad compartimos todo y no teníamos secretos. Así que, imagínate, lo extraño mucho. Aunque vivimos distintas situaciones, incluyendo algunas que nos alejaron, hoy estamos más maduros y ojalá hubiéramos tenido la oportunidad de disfrutar nuestra amistad de mejor manera.
He hablado con amigos contemporáneos de países europeos como España y conocen muy poco de ustedes. ¿Por qué cree que no lograron conquistar el mercado europeo?
Fue, principalmente, por una cuestión de distancia. Desde Argentina llegamos hasta Estados Unidos. Si bien la compañía discográfica se encontraba en toda Hispanoamérica, no era una organización que trabajara de manera conjunta con los países. Cada localía tenía sus propios objetivos, entonces era muy difícil encaminarlos hacia un grupo de rock. Por eso eran historias distintas: uno tenía que viajar y coordinar en cada lugar. La Sony de Colombia vendió muchos discos y nos apoyaba para que fuéramos a tocar al país. De no ser así, no hubiese pasado nada.
El bajista de Soda Stereo sigue en plena forma. Foto:Cortesía Zeta Bosio
Con Soda y su sello discográfico Alerta navegó el negocio de la música, ¿qué cree que debería cambiar para que se reconozca mejor el trabajo de los artistas?
Antes las compañías discográficas hacían el trabajo. Además, los medios de comunicación, la radio en especial, eran más enfocados. Ahora todo es más atomizado; es muy complejo estar en todos lados. En muchos casos, el artista está preparado para hacer música, pero no para venderla. Lideré una plataforma aquí en Miami que se llama Hit Me, mediante la cual bandas que tienen buen material me lo envían y las promociono para que la gente les preste más atención. Pero muchas veces ese reconocimiento es suficiente para que se empoderen y sientan que alguien los escuchó, porque quizá habían subido una canción a YouTube y solo alcanzaron 10 vistas. No es necesariamente culpa del tema, sino de tanta información que circula.
Entonces, ¿qué se puede hacer con esa sobreinformación?
Creo que es cuestión de no bajar los brazos: tratar de seguir comunicándose todos los días. En las redes sociales hay muchas posibilidades. Hay artistas que logran llegar a un montón de gente con un mensaje que no aporta nada, mientras tanto muchas personas se pierden de música muy interesante. Pero ahí es donde radica conocer el porqué.
Soda grabó varios discos de conciertos en vivo. Ahora, con el Auto-Tune y la edición tecnológica tan precisa en estudio muchos artistas no consideran grabar música tal cual fluyó en una presentación, ¿qué opina de esto?
Hay shows que son más espectáculos visuales, de cuadros que son increíbles. En estos casos, la música no es lo más importante. En otras ocasiones uno realmente va a ver al cantante o a la banda. Hace poco fui al concierto del músico y compositor americano Nile Rodgers, quien tocó todos sus hits con Duran Duran. Y fue una experiencia increíble de una banda que tocaba, cantaba en vivo. Ese es el tipo de presentación que a mí me gusta mucho y es lo más parecido a una presentación de rock. Al final, sea cual sea el espectáculo, lo que vale es que la música nos une.
Creció escuchando a los Beatles y su trayectoria musical ha estado atravesada por una profunda admiración hacia el cuarteto inglés. ¿Alguna vez conoció a Paul McCartney?
No, pero me encantaría. Con mi programa de televisión Rock Road estuve cerca de gestionar una entrevista con él, pero no se pudo concretar nunca. Hubiese estado muy nervioso (risas). Gracias a ese programa tuve una charla con Ian McCulloch, el cantante líder de Echo & the Bunnymen. Nos tomamos una cerveza y hablamos de letras de canciones y de Argentina. Fue algo muy lindo y es como me hubiese gustado alguna vez que se hubiera dado una conversación con alguno de los Beatles.
Después de la partida de Gustavo, en el 2020 con Charly Alberti organizaron una gira. ¿Cuál fue el aporte al medio ambiente por la realización de los conciertos?
Esa fue la gira ‘Gracias Totales’, en la que participaron artistas como Andrea Echeverri, Juanes, Benito Cerati —el hijo de Gustavo—, Gilberto Santaolalla, Julieta Venegas, entre otros. Algunos nos acompañaron en vivo, otros fueron proyectados en las pantallas gigantes de las tarimas. Charly se encargó del aporte al medio ambiente, que consistió en plantar árboles en cientos de hectáreas de bosque en la Patagonia, con tal de compensar la huella de carbono que dejaron los conciertos.
Zeta Bosio y Estefanía Iracet. Foto:edsmitter
¿En qué consiste el Rock Live Set que ahora trae a Bogotá?
Es una idea que surgió en familia. Con Estefanía Iracet, mi actual esposa, ya llevamos 18 años juntos. Además, ella ha sido mi gran mánager desde hace varios años. Desde que estoy con Estefanía mi carrera es mucho más tranquila. Con ella empezamos a mezclar rock latino y, a partir de ahí, armamos este show con canciones que todos conocemos: Lamento boliviano de Enanitos Verdes, Bolero falaz de Aterciopelados, y otros temas de Babasónicos y Café Tacuba, entre otros. Son versiones nuevas para bailar, incluyen un sonido más tech house e indie dance, y solo se puede escuchar en el espectáculo. Es cuando disfruto tocar el bajo de las canciones de Soda. Además, me gusta la idea volver a Bogotá, una ciudad que se ha vuelto muy cosmopolita. Nada que ver con lo que era allá en los ochenta, principios de los noventa.
¿Existe actualmente una conexión con su hijo Simón a través de la música?
Simón acaba de lanzar un disco que se llama Adiós amigo cigarro, muy bueno, que está en Spotify. Es música alternativa. Actualmente, trabaja comercialmente haciéndoles pistas de sonido a sitios de internet, pero se da el gusto de hacer su música y ser libre para editarla como quiera.
Antes mencionó que con Charly aún vislumbran proyectos en el futuro, ¿puede nombrar alguno?
Con Charly estuvimos muchos años sin vernos. La creación en el 2017 del espectáculo ‘Séptimo Día – No Descansaré’, inspirado en Soda, nos obligó a entrar nuevamente al estudio y ahí quedamos entusiasmados. Más adelante nos reunimos con la gira que comenté de ‘Gracias Totales’. Yo no puedo adelantar mucho ahora, pero sí estamos trabajando en proyectos futuros. Me parece que Soda sigue estando tan vigente como siempre y que nunca faltarán las posibilidades de hacer cosas para sorprender a la gente desde el lado del espectáculo en vivo, ¿no?
MARÍA XIMENA PLAZA
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 152
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Portada de la revista Bocas con Estefanía Piñeres. Foto:Hernán Puentes / Revista BOCAS