Emiliana Arango es la raqueta número uno de Colombia; 2025 fue su año y terminó entre las mejores 50 del mundo. Fue finalista en dos torneos WTA 500 y ganó el WTA 125 de Cancún; pero su camino ha estado lejos de ser fácil: cuando tenía 19 años tuvo una lesión de cadera que la dejó una larga temporada fuera de las canchas y tuvo que pasar parte de su recuperación en silla de ruedas. Tras pasar por una serie interminable de sesiones de fisioterapia terminó en una clínica en Colorado, donde la operaron y pudo volver a empuñar la raqueta. Tiene un biotipo especial, con sus golpes rompe más cuerdas de lo normal, y este año tendrá a una nueva persona en su equipo: Fabiola Zuluaga, la mejor tenista colombiana de todos los tiempos. Y ya llega su debut en el Abierto de Australia. Su primera rival en Melbourne será la estadounidense McCartney Kessler.
Esta entrevista podría ser una similitud de la vida frenética de Emiliana Arango (Medellín, 2000) y lo que significa el año para una tenista profesional que pasa más tiempo en aviones y aeropuertos que en su casa: coordinar la charla mientras finaliza su temporada en Asia, las fotos en Barcelona, donde tomó unas cortas vacaciones —las primeras en mucho tiempo— y el diálogo desde la Florida (Estados Unidos), donde vive hace varios años. Fue una cuestión de ajustar tiempos, de organizar escalas.
Emiliana Arango posó para la revista BOCAS en Barcelona. Foto:Camilo Rozo / Revista BOCAS
Arango, la mejor tenista colombiana y de Latinoamérica (es la número 49 del mundo en el escalafón de la WTA) acaba de cerrar el mejor año de su carrera: campeona en el WTA 125 de Cancún (México), finalista en el WTA 500 de Guadalajara (México) y en WTA 500 de Mérida (México) y por primera vez el tiquete directo a los cuadros principales de Roland Garros, Wimbledon y el US Open (en 2026 lo hará en Australia, donde solo había jugado el cuadro de clasificación).
Carolina Gómez en la portada de Bocas. Foto:Hernán Puentes / Revista BOCAS
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Esta charla es para conocerla un poco más, como debe ser, desde el principio, desde que acompañaba a su hermano mayor a clases de tenis cuando tenía tres años y se ponía a jugar con el polvo de ladrillo de la cancha, o cuando empuñó la raqueta y empezó a ser mejor que otras niñas de su edad, o cuando su mamá le regaló las primeras, marca Prince, las que usaba en ese entonces la rusa María Sharapova.
En esa época, Emiliana también jugaba golf y practicaba equitación. Hacía de todo o, más bien, su mamá la ponía a hacer de todo para que gastara una energía que parecía inagotable. “Los médicos me recomendaron que le diera Ritalin porque no se quedaba quieta. Entonces la puse en clases de lo que se me ocurría. No estaba de acuerdo en medicarla”, recuerda Juliana, su mamá. Emiliana quiso ser veterinaria, pero cuando le dijeron que su trabajo sería ver a los animales enfermos, desistió. El propósito de ser golfista también duró poco. “Se le cruzaban los torneos de golf con los de tenis y ella prefería la raqueta. Y hasta ahí llegó el golf”, añade Juliana.
“Yo algún día voy a estar allá”, le decía Emiliana a su mamá cuando jugaba tenis, cuando veía tenis, cuando leía sobre tenis. De hecho, cuando hacían el Challenger de Medellín, Emiliana se la pasaba todo el día en la sede, se les acercaba a los jugadores, les hacía preguntas, iba conociendo de a poco un mundo que, con los años, terminaría siendo el suyo. Ahí conoció a Juan Sebastián Cabal y a Robert Farah (los mejores doblistas en la historia de Colombia), empezó a ver partidos profesionales y su sueño —como el de tantos— empezó: ser tenista profesional.
Emiliana Arango Foto:Camilo Rozo / Revista BOCAS
“Le dije: no vamos a preocuparnos ahora, vamos a hacerlo y, sobre todo, no vamos a renunciar”, le dijo Juliana a su hija de seis años. A esa edad rompió su primera raqueta y en vez de recibir un castigo, su mamá quiso entender qué sentía, el porqué lo hacía, cuál era el sentimiento de estar en una cancha. “Le dije a su entrenador que me enseñara a jugar porque quería experimentar esas sensaciones. En vez de ponerme furiosa con ella quería saber más. Y, bueno, aprendí tenis a los 36 años”, recuerda su mamá.
Arango fue mejorando y les ganaba con facilidad a las niñas de su edad, a tal punto que su mamá tuvo que mandar una carta a la Federación Colombiana de Tenis para que la dejaran competir en torneos de categorías superiores a las de ella, es decir, con niñas de 16 cuando ella tenía 11. En Bogotá ganó el primero. Y las victorias se fueron repitiendo, siempre contra niñas mayores. Ese, podríamos decir, es el hecho fundacional de lo que hoy es una exitosa carrera.
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En una ocasión, Emiliana, temperamental por ese entonces en la cancha —bueno, para ganar partidos hay que serlo—, rompió otra raqueta. Tenía un torneo en Pereira y su mamá la castigó.
—No te voy a comprar una raqueta.
—¿Y entonces cómo hago?
—Ya tú verás.
Eran necesarias dos raquetas, sobre todo para una jugadora que rompía cuerda más rápido que las demás (aún lo sigue haciendo). Entonces, Emiliana, siempre inquieta, empezó a negociar con todo el mundo para poder comprar otra: le ayudó a su papá a hacer cuentas, a su abuelo, por aquí, por allá, hasta que, empujando, reunió el dinero. Pero cuando fue a comprarla, su mamá no la dejó: “Tienes que aprender que uno no rompe las raquetas, uno se controla”. Ya como último recurso, Emiliana le pidió a su hermano que le prestara las de él. “No, se jodió. Quién le manda romper raquetas”, fue su respuesta lacónica.
Emiliana Arango Foto:Camilo Rozo / Revista BOCAS
“Al final, después de tanto insistirle, me prestó una. Bueno, creo que me tocó darle algo a cambio, pero no recuerdo qué. Y cuando llegué a Pereira me hice amiga del encordador del torneo para que, cuando reventara, me ayudara de una. Me fue bien, pero esa anécdota me ayudó a entender que ser tenista no era sólo pegarle a la pelota, que tenía que controlar mis emociones y ser más inteligente en la cancha”. La concepción de la raqueta —las raquetas— como herramienta de trabajo.
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Emiliana se fue muy pequeña de Medellín. Su mamá, arquitecta, consiguió trabajo en Bogotá, donde Arango empezó a entrenar en la academia que tenía el extenista Mauricio Hadad (hasta ahora el único colombiano que ha ganado un torneo ATP) en el norte de la ciudad. Desde entonces han solidificado una relación que aún hoy continúa, un trabajo conjunto y un deseo cumplido para quien siempre ha tenido a María Sharapova como ejemplo del camino a recorrer (Hadad era el entrenador de la rusa cuando ganó Wimbledon en el 2004).
“Tiene la condición física ideal: estatura, brazos y piernas largas, un biotipo perfecto para el tenis moderno, un tenis en el que las jugadoras tienen que ser primero atletas. Su ética dentro de la cancha, más allá de su gran técnica, la hacen una tenista diferente”, dijo Hadad en el 2016.
Por ahí inicia este diálogo con BOCAS, por la relación con Hadad, que en el 2026 viajará con ella para cumplir con su calendario y para sostener los puntos que obtuvo en el 2025, una tarea complicada, pero no imposible. La coequipera de Hadad en esta nueva temporada será otra campeona: la cucuteña Fabiola Zuluaga.
En este año, Hadad volverá a viajar con usted durante todo el año. Y a su equipo de trabajo también llega la extenista Fabiola Zuluaga, la mejor tenista colombiana de todos los tiempos. ¿Qué significa eso para usted?
Es algo especial. Ha sido mi entrenador desde siempre y eso me llena el corazón. No sólo es parte de mi carrera, sino de mi vida. Y con Fabiola tengo una excelente relación y las veces que pude estar con ella, en la Billie Jean King Cup, lo disfruté mucho. Tiene mucha experiencia y una energía espectacular, así que para mí poder estar acompañada de ellos, dos grandes figuras de nuestro tenis, me hace muy feliz.
Volvamos atrás, al 2018, cuando recibe una invitación para jugar la Copa Colsanitas. Ahí obtiene su primera gran victoria como profesional con 18 años…
Un revoltijo de muchas sensaciones. Ahora que miro para atrás no sé cómo explicarlo.
¿Por qué?
Una semana antes estuvimos en Rionegro para poder aclimatarme a las condiciones de la altura. Y recuerdo que en uno de los entrenamientos me giro para impactar la bola y siento algo en la cadera. Un dolorcito, que después se hizo más intenso en el servicio. Mauricio me dijo: “tienes que tomar la decisión ya, porque si no vas a estar al 100 por ciento es mejor no aceptar ese Wild Card”.
Pero usted dijo que sí…
Es una oportunidad que no se rechaza. En el sorteo me tocó con la paraguaya Verónica Cepede (ocho años mayor) y recientemente habíamos jugado contra Paraguay en la Billie Jean King, entonces eso me dio confianza. Sabía cómo jugarle o, mejor, cómo ganarle.
¿Qué recuerda de ese partido?
La mente es muy poderosa. Entré muy bien a la cancha y se me olvidó la molestia que tenía. Tal fue la concentración que gané el primer set 6-0. Recuerdo que en el cambio de lado ella se va al baño, pasa el tiempo y cuando vuelve me gana el segundo por 6-2. La cancha se empezó a llenar, llegó mucha gente y el aliento del público me impulsó para ganar el tercero por 6-4. Fue muy emocionante.
Emiliana Arango Foto:Camilo Rozo / Revista BOCAS
En octavos de final le tocó con la italiana Jasmine Paolini, actual número ocho del mundo…
Fue muy duro. En ese entonces la WTA permitía que los entrenadores ingresaran a la cancha en el cambio de lado. Llamé a Mauricio y le dije que me dolía mucho la cadera, que no era capaz de concentrarme. Me dijo que me enfocara, que me olvidara del dolor. No sé cómo lo hice, pero olvidé esa sensación maluca y gané 7-6, 6-1.
Pero salió cojeando de la cancha…
Horrible. Después del partido con Paolini me dieron apenas una hora de descanso. Llamé al fisioterapeuta, pero la cosa era grave. Entré de nuevo a la cancha a jugar con la eslovaca Anna Karolina Schmiedlová, pero el dolor era incesante.
¿Qué le dijo Hadad desde la tribuna?
Que ya había hecho lo que tenía que hacer. Que me retirara, que era lo mejor. Y en el segundo set, cuando iba abajo 6-1, 1-0, digo no más. Fue un torneo en el que quedé con unas emociones muy raras porque había tenido mi mejor resultado, algo especial, sí, pero al mismo tiempo fue donde empezó todo el problema con la cadera.
Empieza el viacrucis con una lesión congénita, algo muy similar a lo que sacó de las canchas al brasileño Gustavo Kuerten. ¿Qué pasó después de esa Copa Colsanitas?
Me quedé en Bogotá para hacerme un montón de exámenes. Y me dieron malos diagnósticos, que fue lo que empeoró todo. El primero: que era solo un desgarro. Y que era solo cuestión de fisioterapia y ya. Después lo que tenía era una displasia de cadera. Recuerdo que el médico le dijo a mi mamá que, con el tiempo, yo iba a terminar con un reemplazo de cadera. Yo, con 17 años y tremenda noticia. Fue muy duro.
Vuelve a Estados Unidos a hacer el proceso de recuperación, pero las cosas no mejoran…
¡Nada! Hice toda la fisioterapia habida y por haber pensando en que era un desgarro muy adentro en la cadera. Fui muy juiciosa, pero no veía mejora. Salía, jugaba muy suave, pero seguía sintiendo esa molestia. No podía sacar, el dolor era insoportable. Mira, sin mentirte, duré dos meses haciendo fisioterapia, pero no avanzaba. Creía que era algo de tiempo, pero estaba tomando más de lo normal.
¿Y qué pasa en Pensilvania?
Acepté jugar un torneo sin estar al 100 por ciento. Estaba calentando para el primer partido, saqué y sentí un pinchazo. Fui y le entregué las bolas a Mauricio y le dije: “no voy más. Hasta aquí fue mi carrera”. Algo muy frustrante.
Y otra vez desde el principio…
Volvimos a casa y me hicieron una resonancia con contraste. Mi mamá se puso a investigar, a leer, a buscar y encontró un médico especialista y le mandó los resultados. El señor respondió y dijo que se trataba de algo muy severo y que era necesario operar lo más pronto posible.
¿Dónde la operaron?
En Colorado. Estuvimos una semana. En las mañanas hacía fisioterapia y en las tardes recorríamos el lugar, yo en silla de ruedas, mi mamá empujándola. Eso fue muy duro. Ya cuando regresamos a la Florida no quise quedarme quieta e iba al gimnasio a trabajar otros músculos del cuerpo. Al menos mantenía mi mente ocupada, no quería quedarme encerrada porque ahí empieza la pensadera. Yo quería que todo fuera rápido, quería jugar ya, pero uno aprende a tener paciencia y fe. Esa es la palabra: fe. Uno tan joven, con una carrera que apenas está empezando y va y te pasa esto. Necesitas tener fe; no queda de otra.
¿Pensó en el retiro?
Honestamente, no. Y creo que fue por la gente que tengo alrededor mío: mi mamá, mi tía, mi hermano, todos apoyándome y dándome fuerzas. Estando sola me habría desmoronado. Y ahí es donde te das cuenta de la importancia del apoyo que un tenista, o cualquier deportista, necesita fuera de la cancha. En realidad, es lo que te sostiene. Mi equipo me ayudó en momentos en los que me cuestionaba si había hecho algo mal. Ellos me siguieron empujando.
¿Hubo presiones externas?
Uno empieza a escuchar voces, y gente que decía que por qué quería seguir jugando, que buscara otro camino, que ir a la universidad. Pero, ¿sabes?, eso me enfocó más, me hizo madurar. Concentrarme en lo mío y en mi recuperación.
Emiliana Arango Foto:Camilo Rozo / Revista BOCAS
¿Y la universidad, el tenis universitario?
Las reglas han cambiado mucho y aunque no lo creas, cuando ya has jugado profesional no es así de simple conseguir una beca. Claro, si me preguntas, hoy en día es mejor empezar en la universidad porque te apoyan un montón, te patrocinan, te permiten hacer ambas cosas. Ese es el camino, no al revés.
¿Cuál fue el primer torneo que jugó después de la operación?
Billie Jean Cup en Medellín. Fue duro porque me apresuré, mi cuerpo no estaba del todo listo y volví a lastimarme. Y otros dos meses de fisioterapia. Uno aprende dándose contra la pared. Así es la vida.
¿Y por qué aceptó?
Ahora que lo pienso, no sé. Uno siempre quiere representar a su país. Y en ese momento yo me decía “¿cómo no voy a jugar?” Y fui, lo hice, y qué mala decisión. Pero para eso son las malas experiencias, para saber cómo actuar si en la vida se te presentan situaciones similares más adelante.
¿En este último año qué cambios ha hecho en su juego? Pensando en el tema de evitar lesiones.
El saque. Es el golpe al que le hice un cambio sustancial en la técnica para pegarlo más cómoda y sin tener repercusiones en mi cuerpo. Y me he sentido muy bien. En cuanto a los otros golpes, he ajustado pequeños detalles; vas avanzando. Jugar tenis es como construir un edificio: no lo haces de la noche a la mañana.
Pero qué cambios…
Varios (risas). Uno tiene que buscar de dónde puede sacar más fuerza para pegarle mejor a la pelota, para hacerle más daño a la rival.
Emiliana Arango Foto:Camilo Rozo / Revista BOCAS
¿Y en la preparación física?
Los tenistas son atletas. Y los partidos cada vez son más largos. La pelota regresa más veces y siempre tienes que tener una respuesta. Si no te preparas, no aguantas. En eso soy muy juiciosa y por eso cumplo con mi plan de trabajo de manera santa. La cosa va más allá de sólo pegarle bien a la pelota.
¿Cómo le va con el tema de la alimentación?
Soy muy consciente de que tengo que comer bien, entonces no me pega tan duro como a otros deportistas. Y todo lo tengo monitoreado: sé cuándo puedo comer más azúcar y mi cuerpo lo va a tolerar mejor, y cuándo no. La comida marca mucho la diferencia a la hora de competir. Uno tiene que ser muy preciso con el metabolismo.
¿Cuál es su peso ideal?
Eso es lo que estamos analizando con mi preparador físico. Pierdo peso más bien fácil y tenemos que mirar la forma más saludable de recuperarlo. Te digo: me encanta el chocolate negro, entonces hay que tener cuidado (risas).
¿A qué le tiene miedo?
Después de esa lesión en la cadera a qué podría tenerle miedo…
¿Cuándo fue la última vez que se retiró de un partido?
Uy, la verdad que no recuerdo y, honestamente, no quiero pensar en eso.
Hablemos de Cancún y su primer título WTA. ¿Cómo fue ese torneo?
Llegamos dos días antes y yo iba con una chica de 16 años que entrena Mauricio Hadad. La pasamos muy bien, ella tuvo un acercamiento a lo que es estar en un gran evento WTA. Una semana perfecta. Me gusta jugar en Cancún, me acomodo muy bien a la cancha y por eso jugué un tenis increíble, pero todo el tema se trató de la confianza. Cuando creo en mí misma siento que puedo hacer grandes cosas en una cancha de tenis. Fue increíble, cometí muy pocos errores no forzados y fui muy agresiva, además de que saqué muy bien. Y ahora estoy trabajando para tener más de esas.
Y ese torneo le permitió meterse entre las 100 mejores jugadoras del mundo…
Es uno de los tantos sueños que tuve desde niña y que de a poco he ido cumpliendo. En el deporte, como en la vida, hay que ir dando pasos. No vale la pena apresurarse, todo llega a su tiempo, todo es el reflejo de la manera en la que trabajas. Y estar entre las mejores 100 del mundo me permitió obtener cupo directo a los cuadros principales de los grandes torneos.
Después llegó a la final del WTA 500 de Guadalajara y jugó con problemas estomacales contra la estadounidense Iva Jovic (perdió 6-4 y 6-1). ¿Qué fue lo que pasó?
Tuve una noche en la que no dormí nada. La verdad no quisiera entrar mucho en detalles (risas). Fue una de las peores noches de mi vida, no pude dormir nada, estuve en el baño todo el tiempo. Cuando me desperté traté de hacer todo lo posible con mi psicóloga para estar lista para el partido, no sabíamos si iba a poder salir a la cancha, pero al final decidí jugar. No se dio el resultado que quería, se hizo el intento. Fue un momento muy duro, la verdad.
Usted es la primera tenista colombiana en lograr dos finales de un evento WTA 500. En Mérida perdió con Emma Navarro, 10 del mundo en ese momento, 8 actual. ¿Cómo se sintió en esa final? Fue un 6-0, 6-0.
Me sentí muy cansada. Había jugado la clasificación y a la mitad del torneo me había enfermado muy mal. Llevaba muchas horas en la cancha. Me sentí un poco cansada y siento que la gran diferencia fue en lo físico. En ese momento ella sólo había jugado tres partidos y yo ya iba por el séptimo. Más allá del planteamiento, creo que fueron las circunstancias en las que llegué a ese partido.
El año pasado jugó con Iga Swiatek en el US Open. Y en el Arthur Ashe. ¿Cómo se sintió después del partido? Lo digo porque jugar a ese nivel da un panorama de lo que hay que mejorar en un futuro.
Estaba un poco triste (6-1 y 6-2) y bastante enojada por haber perdido así. Iga tiene un nivel muy alto, era una de las favoritas para ganar el torneo. Tenía la ilusión de que podía hacerle un mejor partido. No se dio, pero aprendí muchas cosas como, por ejemplo, qué estaba haciendo bien, qué tenía que mejorar. Es una experiencia muy importante para mí como persona, como jugadora. Jugué en uno de los estadios más grandes del mundo (el Arthur Ashe), algo muy especial. Un sueño que ahora es una realidad. Ahora tengo más ganas de seguir trabajando para poder volver y jugar de una mejor manera.
Emiliana Arango. Foto:Camilo Rozo / Revista BOCAS
¿Qué no le gusta de ser tenista? Bueno, si hay algo que no le guste…
Quizás la cantidad de horas que paso en los aeropuertos y en los aviones. Pero son cosas del oficio. De resto, me encanta todo. Lo que estoy viviendo ahora es con lo que he soñado toda mi vida.
¿Cuántas raquetas lleva a los torneos?
Normalmente llevo seis y dos tipos de cuerda, con dos rollos de cada una. Es decir: cuatro.
¿No son muchos rollos?
Ahora, en la gira asiática, me los acabé todos.
¿Cuántos torneos fueron en Asia?
Cinco en seis semanas (Beijing, Wuhan, Osaka, Tokio y Hong Kong). Frenético, pero muy interesante. Era mi primera vez en Asia y espero repetir.
Emiliana Arango Foto:Camilo Rozo / Revista BOCAS
En noviembre pasado cumplió 25 años. ¿Qué se regaló a sí misma luego de este gran 2025?
Un reloj que llevaba mucho tiempo mirando, pero que no me había atrevido a comprar. Jugar tenis es un tema bastante costoso, entonces siempre estoy pensando en guardar para pagar mis viajes, mis entrenadores, los hoteles, la comida. Todo eso sale ahora de mi bolsillo y antes del de mi mamá (risas). Y todo se me va en eso. No es sencillo conseguir grandes patrocinadores. Ahora que estuve en Barcelona, hablando con mi hermano que es financiero, me dijo: “ahora sí te lo puedes comprar, te puedes dar el gusto”. Y lo compré por el año tan bacano que tuve.
Solo cuatro colombianas en la historia han logrado estar en el top 50 y usted es una de ellas (Fabiola Zuluaga, Catalina Castaño y María Camila Osorio). ¿Qué metas tiene para la temporada que viene?
Son muchos detalles que tengo que seguir mejorando y que me gustaría potenciar más; no es uno solo, es un tema de conjunto. Mi meta clara para el 2026 es estar entre las mejores 30 del mundo y de ahí seguir subiendo. Claro, el nivel en el circuito es muy alto y hay que trabajar más. Pero, al final de cuentas, todo se trata de crecer como persona, que es lo más importante.