¿en qué consiste su conexión?

Mario de la Piedra Walter eligió estudiar medicina por una razón que iba más allá de querer ayudar a la gente. Buscaba entender el cuerpo humano, encontrar las razones por las que existen los pensamientos, las percepciones, la conciencia. Cuando terminó la carrera, cursada en Ciudad de México —donde nació en 1991—, De la Piedra se dio cuenta de que muchos de los interrogantes que se había planteado seguían sin respuesta. “Me eché seis años y no tengo idea de las cuestiones por las que me metí a esta carrera”, pensó.
Decidió que una maestría en neurociencia podría resolver todos sus interrogantes y viajó a Bremen, Alemania, para hacerla. Al finalizarla, entendía mucho más sobre el funcionamiento del cerebro humano, pero todavía le faltaba. Optó por formarse también en neurología, enfocándose en la forma como las enfermedades pueden cambiar la percepción en las personas.
De la Piedra —que actualmente trabaja en el hospital UKB de Berlín— ha ido tomando un poco de cada área porque sabe que la mejor manera de comprender es aplicar una mirada panorámica. A la ciencia le ha sumado lo que recibe de la filosofía, la historia, el arte. Tras varios años de investigación, De la Piedra acaba de publicar Mentes geniales, un libro en el que se adentra en el cerebro de algunos de los más destacados artistas universales y analiza cómo sus obras pudieron estar marcadas por sus enfermedades o sus condiciones neurológicas.
Su libro se siente cercano a la obra del neurólogo Oliver Sacks, conocido por su particular forma de relacionar las enfermedades con otros ámbitos de la vida. ¿Para usted ha sido una influencia?
Sacks es una de las razones por las cuales me dediqué al estudio del cerebro, tanto desde la neurociencia como desde la neurología. Él tenía esa cualidad de irreverencia, de aproximarse a lo científico con una mirada holística. Siempre me ha parecido muy interesante la manera como el cerebro procesa la información, cómo va obteniendo pedacitos de realidad y los va juntando para formar algo con ellos. En un momento me hice la pregunta de si una enfermedad puede alterar ese procesamiento y, luego, transmitirse a la obra. Durante mi investigación busqué artistas en los que eso estuviera claro: cómo un cambio en su percepción del mundo termina por afectar su realidad.
Portada del libro de Mario de la Piedra. Foto:Archivo Particular
Uno de los que han sido objeto de su estudio es Jorge Luis Borges. Usted escribió un artículo en el que hizo un diagnóstico de la ceguera del escritor argentino por medio de su poesía…
Ese artículo fue trascendental en mi desarrollo personal y académico. Yo era un estudiante de medicina cuando se me ocurrió la idea. ¿Por qué se quedó ciego Borges? Yo buscaba y buscaba y no encontraba una explicación que me convenciera. Entonces pensé: tal vez puedo diagnosticarlo por medio de lo que él escribió en sus poemas, en sus libros, porque en muchos momentos se refirió a los síntomas que tenía. Borges dice: “Mi ceguera ha sido un lento ocaso que inició el día de mi nacimiento”. Eso ya me dio un dato. También dice: “Primero perdí el rojo, después el azul”. Ah, entonces hay una discromatopsia. Contó que su padre era ciego, que su abuela era ciega. Así que era algo genético. Fui uniendo los datos y viendo qué enfermedades se correlacionaban más con esos síntomas. Cuando terminé mi trabajo lo quise presentar en una conferencia en la universidad, pero no aceptaron: me dijeron que eso no tenía que ver con medicina, que era demasiado humanístico. Ciencia y arte no podían ir de la mano, mejor dicho. Para mí esa fue una primera decepción. Porque yo creía justo lo contrario. Afortunadamente me encontré con gente que lo apoyó y al final se publicó.
Antes de entrar en los casos de artistas, usted habla en el libro sobre el mundo paleolítico y las primeras manifestaciones artísticas del homo sapiens. ¿Por qué decidió tocar este tema?
En mi investigación me di cuenta de que el arte es la única ventana que tenemos para explorar la evolución cognitiva del ser humano, para entender su estar en el mundo y su deseo interpretarlo. Es muy interesante que, aunque existen registros fósiles de nosotros como especie —como homo sapiens— de 300 mil años atrás, tuvieron que pasar casi 200 mil años para que empezara a surgir el arte. Eso quiere decir que, si bien ya había un organismo biológico, los procesos cognitivos no se estaban dando. Tuvo que haber un chispazo, por llamarlo de alguna manera, que mucho tuvo que ver con la genética y que desencadenó nuestras capacidades cognitivas.
La obra de Warhol, según De la Piedra, pudo estar influenciada por el autismo que dicen que tenía. Foto:AFP
Usted explica la importancia, en este proceso, de una pequeñísima mutación del gen FOXP2…
Ese es un gen que solo está en los neandertales y en los seres humanos. Al parecer, un mínimo cambio de dos aminoácidos permitió muchas modificaciones metabólicas en la arquitectura del cerebro. Lo vemos hoy en enfermedades genéticas: si un niño nace con un déficit en ese gen, no solo va a tener problemas para hablar y comunicarse, sino para generar una teoría de la mente y generar empatía con el otro. El hecho de que encontremos este gen solo en seres humanos y neandertales —que es la única otra especie que llegó a hacer arte— es sumamente interesante. No es lo único, claro, pero ha sido uno de los grandes desencadenantes.
Hablemos ahora de algunos de los artistas sobre los que escribe en Mentes geniales. Respecto a Dostoievski, por ejemplo, explica cómo la epilepsia pudo influir su obra…
Es uno de los casos en los que la relación proceso creativo y enfermedad es más evidente. Desde pequeño, Dostoievski tuvo un tipo de epilepsia que, a falta de medicamentos y entendimiento en la época, se fue empeorando. Esa enfermedad tuvo mucho que ver en el desarrollo de su vida. El escritor ruso fue condenado a trabajos forzados en Siberia y, gracias a sus ataques epilépticos, pudo ser perdonado y regresar a su ciudad, donde siguió escribiendo. Muchos de los personajes de sus obras tienen epilepsia. Mediante la forma como describe los ataques que ellos sufren podemos interpretar el tipo de epilepsia que él tenía: se llama epilepsia extática, que comienza en una parte del lóbulo temporal y está muy involucrada con nuestra autopercepción. En muchas ocasiones, las personas que tienen este tipo de epilepsia narran que justo antes de que comience el ataque experimentan un momento de éxtasis, oyen voces, incluso llegan a hablar de Dios. Por supuesto sufren mucho durante el ataque, pero afirman que esos segundos previos de éxtasis valen la pena. Y ahí es cuando se vuelve interesante el caso de Dostoievski. El escritor ruso es el padre de la novela psicológica. Nadie como él explica los sentimientos humanos, y uno de los grandes motivos de su obra es que un instante de belleza vale toda una vida de miseria.
Borges dejó huellas de sus síntomas en sus poemas y sus cuentos. De la Piedra los descifró. Foto:Archivo EL TIEMPO
En relación con Franz Liszt, el gran compositor romántico, usted habla de la sinestesia, un fenómeno neurológico en la que al estimular un sentido se provoca una experiencia sensorial en otro. ¿Es frecuente ver esa condición entre los artistas?
La sinestesia es una condición fascinante. Podría decir que pertenece casi al campo de la ciencia ficción. Nos lleva a gente que ve la música, como fue el caso de Liszt o de Kandinski. Si uno observa con atención las obras de este pintor ruso puede notar que prácticamente está pintando los colores de las notas musicales. Lo mismo sucede con Liszt. Durante mucho tiempo esta condición no se estudió. Se pensaba que había un componente emocional, o que era solo una metáfora. Pero hoy sabemos que ese explica por un proceso de hiperactividad entre distintas áreas del cerebro. Es relativamente común, solo que hay diferentes tipos. Quizás, de alguna manera, todos tenemos un poco de sinestesia. Pero sí se ve en mayor nivel en el mundo de los artistas.
Respecto a Andy Warhol, usted dice que posiblemente tuvo autismo y relaciona esa condición con ciertas características de su obra pictórica…
Si Warhol tenía o no autismo es todavía una interpretación. Para mí, está relativamente claro. El espectro autista no es enfermedad, es una neurodivergencia, un modo distinto de interpretar la información. Son individuos muy introvertidos, que cuando se obsesionan con algo se dedican de lleno a ello. Necesitan refugiarse en experiencias repetitivas, tienen compulsión por el orden. Todo eso lo podemos ver en Warhol. Para él su condición es un catalizador, más que un impedimento. A través de repeticiones, de tocar los mismos temas y los mismos simbolismos, termina por generar lo que es hoy el pop art. Una de las formas de arte con mayor difusión.
En la obra de Kandinski pudo influir, dice De la Piedra, la condición de sinestesia que tenía. Foto:AFP
En el libro plantea la importancia de ver con otros ojos la neurodivergencia…
Porque vivimos en una sociedad neuronormativa, en el sentido de que tenemos que pensar de cierta forma para funcionar en este modelo capitalista en el cual hay que producir. Ante eso, todas las neurodivergencias caen por fuera del mundo que hemos formado. Pero ese es un problema que tenemos como sociedad, no de los neurodivergentes. Hay que olvidar la idea de que existe un “cerebro normal”. Si para el medioambiente es clave la biodiversidad, ¿por qué no va a ser importante para una sociedad tener una neurodiversidad? Ahí radica nuestra fuerza, en esas formas distintas de interpretar el mundo.
También está a favor de desmontar la idea del “genio atormentado”, esa creencia de que el artista que más sufre, sobre todo desde el punto de vista mental, hace mejor arte…
Aristóteles decía que no ha existido una mente brillante sin algo de locura. Es una conexión que viene de milenios atrás: locura y don creativo. Esa idea de que para ser genio hay que estar tocado por una fuerza superior y de que la locura causa estados donde puede haber creatividad. La verdad es que no es así. Si lo vemos estadísticamente, el hecho de padecer una enfermedad mental no te va a dar ninguna predisposición a ser un artista, sobre todo en enfermedades como la esquizofrenia o la depresión. Pero nos encantan esas historias trágicas. La de Frida Kahlo, la de Van Gogh. Porque nos gusta pensar en lo extraordinario de la genialidad. Sin embargo, es importante aclarar que las enfermedades mentales son alienantes. La mayoría de estos artistas fueron alienados por su condición y si se hubieran diagnosticado o atendido probablemente hubieran vivido más tiempo y seguido haciendo su obra. El sufrimiento no tiene que estar ligado al proceso artístico. Lo que sí es cierto es que familiares de personas con enfermedades psiquiátricas, pero que no tienen la enfermedad, tienden a ser más creativos. Algunos estudios han demostrado esa situación.
¿Encuentra mayor presencia de suicidio en el mundo artístico? Dedica parte del libro a casos como el de Virginia Woolf, Sylvia Plath o Anne Sexton…
Hay un juego de los dos lados. Vemos problemas psicológicos en el arte que tal vez no vengan de la persona, sino de su contexto. Eso es lo que intento mostrar en los casos de Woolf, Sexton o Plath. Pudieron haber sido escritoras con una predisposición a la depresión, pero si no hubieran vivido en un mundo patriarcal, si no hubieran sufrido abuso desde pequeñas, si no hubieran tenido ciertos esposos que las explotaban, en fin, probablemente no hubiera desarrollado esa depresión. Me gusta pensar que funcionamos según el contexto en el que nos movemos.
MARÍA PAULINA ORTIZ
Cronista de EL TIEMPO
Fuente de TenemosNoticias.com: www.eltiempo.com
En la sección: EL TIEMPO.COM -Cultura
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